SecuenciaSonar


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C O M U N I C A D O


A mi querido público de lectores y amigos todos, con este pequeño aviso, quisiera por favor que me disculpen pero por motivos estrictamente de tiempo y trabajo que lo necesitaría para terminar y concentrarme sólo en mi segunda novela, en mi blog Flujanz ya no publicaría más artículos ni trabajos literarios hasta durante un tiempo o mejor dicho nuevo aviso. Salvo las producciones musicales y vídeo-clips de SecuenciaSonar, que sí las seguiría divulgando y actualizando cada cierto tiempo en este mismo espacio, así como también en el siguiente link, www.reverbnation.com/secuenciasonar. Por otro lado, no se preocupen que, para todos mis amigos en Facebook y Twitter, seguiré también escribiéndoles como siempre.

En ese sentido, a todos mis fieles seguidores, amigos, lectores y conocidos todos, les pediría que durante este tiempo de ausencia tuvieran también algo de paciencia, que pronto, muy pronto estaría, como siempre, yo y mi excéntrico personaje Flujanz de nuevo con ustedes para seguir deleitando (a unos) o quizá aturdiendo (a otros) con más escritos y ocurrencias mías. Y, bueno, lo fundamental, de paso también ofrecerles, después de mi primera novela ¿Por qué a mí? que ya ha sido publicada también en dos ediciones (2003 y 2008, respectivamente), mi otro gran segundo intento de ficción literaria o, si quieren, llamémoslo una otra historia de esas entripadas mías.


FREDERIC LUJÁN ZEISLER


Alemania, miércoles, 20 de marzo de 2013

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Friday, April 06, 2012

Pero si todo lo hago por ti, Alá


Hola amigos, como yo y probablemente muchos otros, nos preguntamos siempre...

¿POR QUÉ LOS TERRORISTAS ÁRABES, Y NO LOS DE OTRAS PARTES DEL MUNDO, ESTÁN SIEMPRE DISPUESTOS A SUICIDARSE POR SUS CONVICCIONES?...

Pues, me parece (al menos para mí) que esta gran interrogante ha quedo ya en algo más aclarada, gracias a las siguientes justificaciones (también muy comprensibles, por supuesto) que he recogido el otro día de una página Web, y que detallo más abajo con puntos y comas y en un resumido análisis causa-efecto o digo mejor causas, ya que el efecto es y será devastadoramente siempre el mismo y uno solo: o sea, el de esa intensa pasión, o si quieren, kick que tienen estos extremos deportistas extremistas (valga la redundancia) de volar siempre por los aires en pedazos; ahí, ¡BOOM!, fulminantemente, y diseminando su propia carne y la de otros (ya molida, por supuesto) en el ambiente:

No existen las putas; Tienen prohibido tomar bebidas alcohólicas; Están prohibidos los bares; Prohibido la televisión; Prohibido Internet; Prohibido los deportes, estadios, fiestas, etcétera... Prohibido tocar bocina; Prohibido comer carne de cerdo; Arena por todos lados y ni siquiera un Buggy para divertirse; ¿Alguna vez trataste de pescar en un oasis?; Sábanas en vez de ropa; Comer solamente con la mano derecha porque con la izquierda te limpias el culo; Gritos de agonía de tu vecino que está enfermo y no hay un médico para atenderlo; No se puede afeitar; No se puede duchar; Tienen prohibido la música extranjera; Tienen prohibido la radio; Las parrilladas son de carne de burro cocinadas sobre bosta de camello; Las mujeres tienen que usar vestidos que parecen bolsas, y velos todo el tiempo; No ven una teta ni por casualidad!!!; A tu esposa te la elige otro; Tu esposa se mantiene tan tapada que luego de seis meses te das cuenta que tiene barba... Y de pronto alguien te dice, en forma por demás convincente, que cuando te mueras irás al paraíso y tendrás todo lo que soñaste y no tuviste en la tierra... Ahora, de verdad... de verdad, dime: ¿NO TE COLGARÍAS TÚ TAMBIÉN UNA BOMBA PERO EN LOS HUEVOS?

Y bueno, como para concluir toda esta interesante lista de causas sobre por qué esta equivocada, por no decir estúpida gente (me disculpan, pero es que no encuentro otro calificativo) les encanta matar y matarse así, también se me ha ocurrido adjuntarles ahora este pasaje que escribió el mismo San Flujanz en su sagrado, sagradísimo Testamento:

“Por favor, y sin el afán de estigmatizar al resto de los árabes y todos los otros islamistas del mundo entero, que sí son buenos y felices y se agachan siempre en cuclillas cinco veces al día con dirección a la mismísima M..., este digo Meca, para rezarle a su papalindo Alá (Ah, pero eso sí, también tengo que advertirlo: como casi siempre te encuentras agachado atrás y con la nariz prácticamente pegada en el trasero del otro, con toda la porquería seca con frijoles que comen siempre, si él de adelante se tira un pedo, ¡carajo!... ahí sí que también sonaste), si resucitara por casualidad también el gran Abu l-Qasim Muhammad o, para muchos, simplemente el tío Mahoma, a la franca, por lo equivocadamente mal que interpretan siempre toda esa sarta de falsos feligreses, sectarios pesuñentos barbudos y encima machistas brutos acomplejados su sagrado librito, o sea, el Corán, seguro que le daría también un tremendo ataque de histeria y de pura frustración se inyectaría de un solo porrazo cinco litros de pasta de opio made in Afganistán, y, por supuesto, como para bajarla después un poco, su tecito bien concentrado con sus galletitas de un buen pasto turco.” (Hijos de mierda, según San Flujanz, capítulo III, versiculo sin acento 3)


Publicación Flujanz

Tuesday, March 13, 2012

Me mataré hoy



“Sí, hoy es el día... ¡Me mataré, me mataré, carajo!”, repetía decidido.

En verdad lo quería hacer desde hace tiempo, sólo que no había encontrado el momento propicio. Por su pesimismo y forma tan negativa de ver las cosas, la vida le parecía aburrida, tan aburrida que cada minuto que transcurría le parecía etéreo, sin sentido ni propósito. Todo lo que hacía o planificaba le salía mal: la desaprobación de sus nuevos proyectos de trabajo en la oficina; la ruma de memos que le llegaban casi todos los días del gerente general, advirtiéndole sobre el incumplimiento de sus metas; la astronómica deuda de impuestos que tenía que pagar al fisco; el lío amoroso que tuvo ahora último con la querida numero veinte (ninguna la aguantaba, a causa de su negatividad); el corto circuito que le quemó la mitad de la sala de su casa; las interminables peleas con los vecinos...

Con el único que se entendía era con Nabo –un viejo pastor alemán cruzado con lobo-, lo llamaba así porque tenía una cola mocha y pelada, igual que un nabo. Durante los últimos años había sido su única compañía. El perro respiraba agitadamente, sacando su lengua sudorosa; movía su colita mocha como si sospechara algo.

“Lo sé, y te entiendo, pero es que lo tengo que hacer de todas maneras, ya no aguanto más esta situación.” Hablaba al perro como si fuera una persona, pero en el fondo le remordía la conciencia tener que separarse de él. “Así es la vida, Nabo, ingrata, injusta, siempre todo me sale mal, y encima todos contra mí.”

Se encontraban debajo de un olivo viejo en el jardín interior de su casa. Era una noche ideal, soplaba un viento frío del norte, lúgubre, con el cielo cubierto de nubes y reflejado por la luz de una luna plateada. Perfecto, así me gusta, probaré esta vez la muerte”, pensaba. Actuaba fría, calculadamente. Nabo le lamía la mano, soltó dos ladridos fuertes.

“¿Qué?... ¿no me crees?...”, le respondió como retándole; conocía tan bien a su perro que podía leerle hasta los pensamientos. Las nubes se juntaban formado una masa densa, alzó la vista hacia el firmamento y pensó: Por fin me libraré de esta vida ingrata, injusta. Adiós deuda, mujeres, trabajo, y tú (pensaba en su jefe, el gerente), métete los memos mejor al culo... Je-je-je. Se reía aliviado, como si por fin hubiera encontrado la solución a todos sus problemas. Él era una persona que difícilmente aceptaba sus fracasos, por el contrario, pensaba más bien que todos los demás eran los principales culpables de sus desdichas. Y para que su perro se convenciera de que hablaba en serio, ejecutaba su plan rápido y decidido: le enseñó una soga, hizo un lazo, la pasó por el cuello, ajustó un poco; luego la amarró en una de las ramas del árbol, se subió al banquito que usaba para sacar aceitunas y le dijo:

“¿Y, convencido?... Te lo dije, cuando me prepongo algo lo cumplo. Pero no te preocupes que te dejo bastante comida en la cocina, de hambre no te vas a morir. Al menos hasta que alguien me descubra por el olor nauseabundo a muerto.”

Sintió pena por el perro.

“Hemos pasado momentos inolvidables y muy bonitos, verdad”, se le humedecían los ojos: “¿Te acuerdas cómo te desesperabas cazando mariposas? Eras todo un chiste, te parabas en dos patas y al final ya no podías más y terminabas clavando el hocico en la tierra. Te veías como todo un atleta. Cómo se alocaban las perras del barrio por ti, ¿lo recuerdas?... Pendenciero, te metías hasta con Chihuahuas, abusivo.” Se quedó un rato meditando y pensó: Bien hecho, hizo bien, yo debí también ser perro; y luego continuó: “Y yo te dejaba nomás: les olías el trasero, luego te trepabas encima de ellas con una agilidad increíble y ¡SUAS!... les metías toda tu zanahoria. La vecina Santos indignada me tocaba luego la puerta, quejándose insolentemente, que su perrita había salido nuevamente preñada: era un pudel negro, creo que se llamaba Susy. Has sido terrible, qué tales instintos, por favor. Un día con el afán de defenderte, le dije: << Pero, señora Santos, tranquilícese, si es sólo un machito, necesita desfogarse, pues. Además, no se me haga ahora la Santos, perdón, quiero decir santa, porque bien que le gusta también el cachirulo, sino, explíqueme: ¿Cómo es que entonces parió a ocho hijos?”>> Así es, tenía que hablarle en ese tono para que me dejara tranquilo. Ella me miró de arriba abajo como si tuviera lepra, y volteándome la cara me replicó: << ¡Cretino, insolente! >> Cómo nos divertíamos con esa vecinita, no.”

Nabo paraba atento sus orejas. Las nubes escondían cada vez más la luna.

“Ah, pero ese día que quisiste atrapar a esa mariposa amarilla, terminaste tan agotado que tuve que llevarte de urgencia al veterinario. Te mordiste la lengua, y tu corazón bombeaba fuertísimo, pobrecito mi Nabo.”

El perro se echó a un lado en el césped y escondió la cabeza, cruzando sus patas delanteras; gruñía como si quisiera decirle algo.

“Ay, Nabo, otra vez... ¿no me hagas sentir mal, por favor?” Lo miraba de reojo con la soga en el cuello, le temblaban los pies: “Verás que a lo mejor encontrarás a otro amo que te pueda dar más cosas, y comerás otra comida que no sea el engrudo de camote con arroz que te doy siempre; y si tienes suerte, de repente hasta conseguirás también a tu media naranja.” Se secaba una lágrima que le corría por la mejilla. “Bueno, ahora sí, dejémonos de melancolías y vayamos a la acción. Ah, y por si acaso te vuelvo a recordar: dejé tu comida en un recipiente de plástico, junto a la nevera, en tu esquina preferida en la cocina.”

De pronto desapareció la luz de la luna por completo y los densos nubarrones comenzaron a descargar su energía con lluvia, truenos y rayos, como si estuvieran anunciando su postrimería. No sé por qué, pero inmediatamente lo relacionó con los crucificados del Gólgota: Qué bien, ahora seremos cuatro, pensó, y observó a su perro desde la cima del banquito. Por su cuerpo corría una sangre fría, indiferente, como si lo que iba hacer fuese lo más normal del mundo. Y sin pensarlo mucho, verificó si la soga se encontraba bien amarrada, la templó un poco; clavó sus pupilas dilatadas con dirección hacia la terraza de la casa, el jardín, sus vecinos, como si los grabara por última vez en su memoria; irguió más el tronco, y antes que se arrepintiera, botó el banquito a un lado, y ¡SUACATE!... cayó al piso, igual que un saco de papas, con rama y todo, enlodazándose hasta el pelo con la tierra mojada. El hombre era tan pesado que la rama se había desprendido del tronco.

“¡Maldita sea, esto ya es el colmo, ni esto me resulta!”, exclamó, y escupió una lombriz gorda y larga que se había colado entre la veta que formaban sus labios, como si hubiera estado descubriendo algo que podía saciar su apetito. Se maldecía él mismo: ¡So gordo de mierda!... Claro, cómo no, con toda esta grasa que llevo encima, algo sospechaba que esto no iba a resultar tan fácil. Bueno, ya se me ocurrirá otra cosa.”

Aparte de pesimista, vivía acomplejado por su físico (con razón que en la oficina lo molestaban con el sobrenombre de Mondongo), todo adiposo y con los rollos de grasa que le colgaba por todas partes. Se frotaba el pie que se había dislocado, todo embarrado de lodo. Cómo habrá sido el peso de su masa corporal, que hasta el tronco del árbol de cuarenta centímetros de diámetro todavía se mecía, inclinándose ligeramente hacia delante.

Masajeó la marca roja que le había quedado en el cuello por la fricción de la soga. Se paró, raspó las escamas del barro seco que se habían pegado en su piel, se sacudió unas cuantas astillas de madera, cogió a su perro del collar y le dijo:

“Ya vez, te lo dije, es bueno que tú también te des cuenta cómo me condena el destino, que ni matarme puedo.” Nabo por supuesto que no le había entendido nada, y pensando más bien que se traba de una gracia, movía alegre su colita, ladrando eufóricamente. “¡Ya cállate, cállate! Es que no te das cuenta que quiero matarme, esto no es broma. Ven, acompáñame al baño...”, cojeaba mientras caminaba “Tengo un plan alternativo: me tomaré el frasco de ácido muriático que uso para desatorar el retrete. Me arderá un poco el esófago, pero qué se le va hacer, aguantaré nomás. Además, con esta úlcera sangrante que tengo y que no se me cura para nada, verás que el veneno se transportará rápido al intestino, hígado y luego llegará a las arterias y ¡BUM!, me moriré al toque.” El perro movía la colita, reclamándole cariño. “El otro día leí que los que mueren asfixiados mayormente se les hincha el esófago. Así que ya sabes, cuando me veas azul y con los labios inflados igual que el negro Mandinga, es porque ya me he muerto.”

Acarició su pelaje –o mejor dicho de lo que quedaba de él, porque a sus trece años se le caía por mechones-, y lo dejó esperando en la entrada del baño.

Buscaba el frasco desesperadamente:

“Y ahora, dónde lo he puesto...”, rebuscaba en cada rincón; se agachaba con dificultad por el pie que le dolía: abría aquí, arrimaba allá; sacaba cuantos frascos, pomos, que encontraba en los armarios y sin ni siquiera verificar el contenido: “¿Por qué tendré esa mala costumbre de no dejar siempre las cosas en su sitio: seguro que la tengo de mi madre? Con razón que papá se separó de ella. ¡Ajá, acá está, lo encontré!...”, dijo emocionado. Despertó a Nabo que se había quedado dormido debajo del umbral de la puerta: “¡Mira, mira! lo encontré, todavía está verdecito y efervescente. Qué bien, ahora sí me mataré.” El perro prefirió hacerse el desentendido, cerraba los ojos, manteniendo una oreja parada y la otra caída.

Echó una última mirada a su alrededor, respiró profundamente tres veces, se sentó en el escusado, abrió el pomo y se tomó todo el líquido hasta la última gota. Luego se echó en el piso para que se dispersara mejor el veneno entre sus vísceras y tuviera una muerte rápida y segura: medía su pulso, concentrándose en la respiración; ajustaba y aflojaba el abdomen con movimientos sincronizados. Pero por el contrario, sintió como un sabor dulzón a mentol que en vez de quemarle la garganta, la refrescaba.

“¡Qué raro, esto no parece ácido!..., se sorprendió, paladeando la emulsión; la enjuagaba entre los dientes; escupió una flema espesa, verdusca, que más parecía un escupitajo de vicuña. Se quedaba mirando frente al espejo, esperanzado a que sus facciones se parecieran también a la de un muerto (como le gustaba las películas de terror, se imaginaba el rostro demacrado del protagonista principal de la película, La muerte a la luz de la luna, que había visto hace poco); comparaba la tonalidad de sus ojos sin vida; miraba si tenía las mejillas hundidas con pómulos ahuesados, úlceras color púrpura en la piel y fisuras en los labios; saltaba cambiando de pie y alzando los brazos como si estuviera jugando mundo, solo para comprobar si ya no podía mantenerse en equilibrio; cerraba los ojos, quedándose tieso como estatua y girando en círculos la cabeza, deteniéndola a ratos en seco, solamente para evidenciar que no podía conservarse de pie; incrustaba con fuerza los dedos en la boca del estómago, ilusionado a que por lo menos algo –el duodeno, el páncreas, o cualquier otra víscera o tripa-, se hubiera reventado adentro; lamía y relamía sus labios como si estuviera brotándole por la boca el sabor salado metálico de su sangre. Pero luego se dio cuenta que todo era inútil porque se había tomado todo el Broncopulmin –un jarabe de tos que usaba cuando le venía la convulsiva.

Lo único que sintió fue un nudo que le congelaba la garganta y le provocaba somnolencia. El aroma mentolado era tan intenso que sus ojos lagrimeaban. La nube de olor a medicamento despertó por completo a Nabo, estiró sus patas, y después de bostezar comenzó a halar el pantalón de su amo con el hocico.

Comenzó a sentirse algo mareado.

“¡Carajo!, esto es peor que la tranca que me tiré por año nuevo”, se tocaba la frente, le dolía la cabeza. “¡La puta que te parió! ¿Por qué será tan difícil quitarse la vida? Quiero morir de una vez, fenecer, expirar, agonizar, y no respirar ni ver ni sentir nada nunca más. Ya lo decía, siempre es así, mientras más planifico menos me resultan las cosas. Madrecita querida, discúlpame, no vayas a pensar que tengo algo contra ti, es que lo tengo que soltar... ¡Por qué mierda me engendraste!”

Claro, por supuesto que todo lo planificaba, sólo que esta vez, como se había perdido la tapa del frasco del jarabe, había vaciado todo el medicamento en la botella vacía del ácido que sí tenía tapa.

El perro insistía para ir a jugar afuera, le clavaba los colmillos en el pantalón: entre halada y halada le había volado un buen trozo de tela.

“¡Ya SAFA-SAFA, Nabo!... Tú siempre tan juguetón.”, lo empujaba con la rodilla.

Pero al ver como se divertía, le entró la nostalgia de los buenos momentos que habían pasado juntos, suspiró y moviendo la cabeza comenzó a jugar con él, revolcándose en el piso como en los viejos tiempos: le metía el codo entre los colmillos; el perro le mordía las manos, brazos, piernas; ladraba eufórico, moviendo la colita, lamiéndole aquí y allá. Hasta que se acordó que tenía que continuar con lo que se había propuesto.

“Ya basta por favor de mimos.” Se pasaba la mano por la boca para limpiarse la baba de sus lamidas. “Te olvidaste que hoy tengo que matarme. Mejor borra de tu mente este momento, porque no es más que una pequeña gota de miel que se disuelve en un inmenso océano de agua salada.” Su abatimiento y desilusión de las cosas que hacía era tal, que llegó hasta odiar cada momento que transcurría de su vida; fijaba la vista en su perro para que éste le prestara más atención: “Es el tiempo que nos esclaviza y enferma, porque nos supedita siempre a sus minutos, horas, días, semanas, meses, años que pasan y pasan y nuca más vuelven. Así es mi querido Nabo, la vida es así, somos unos perdidos, todos somos unos perdidos: sólo servimos para sufrir y correr y correr sin saber en verdad hacia dónde.”

Se aguantaba para no llorar, se acordaba de todo lo que había perdido o tenía y que ahora las detestaba, porque se sentía solo y abandonado. Sobre todo desde que tuvo su última desilusión amorosa, se hundía constantemente en depresiones: "Para qué tanto alarde y exhibición si de todas maneras ya nadie me quiere.” Repetía sollozando, mirando a su único amigo, su perro. Al escuchar el ensordecedor ruido del carro que salía del garaje del vecino, contuvo por un momento sus lágrimas, y exclamó abruptamente:

“¡EL GARAJE!... Claro, eso es, me mataré con el monóxido de carbono del carro. Caramba, cómo no se me ocurrió antes.” Se prendía de su perro, incrustaba los dedos en su pelaje. Sus reacciones eran lentas, torpes, por momentos hablaba como borracho: “Me do-do-rrrmiré innn-to-xi-caaaado para si-si-siemmmpre.” Se bamboleaba de un lado a otro, ajustándose la frente con una mano. “Ah, pero eso sí, tú no entras al ga-ga-raje ni ca-ca-gaaando”, tartamudeaba.

Después de haber buscado como media hora la llave del carro, bajó torpemente las escaleras del segundo piso con dirección al garaje: abrió la puerta corrediza metálica, entró e inmediatamente, para que el perro no pudiera entrar, la cerró, desarmó rápido el catalizador de su carro a modo de intensificar mejor la intoxicación, prendió el motor, y se sentó atrás a la altura de la salida del tubo de escape a esperar la muerte por tercera vez. Su pie dislocado se había hinchado como una sandía, no podía sostener la cabeza porque sentía que le daba vueltas igual que una licuadora.

“Cómo me odio, me detesto, abomino esta vida. Soy un pobre diablo que tiene que lamer la porquería del suelo para sobrevivir. Existencia desgraciada, injusta, odiosa.”

En ese momento, ni la educación religiosa que había recibido de chico, con agüita santa en la frente, bautizándolo como católico, le servía de consuelo.

“Y tú, Dios de las alturas, Oh todo poderoso, a ver, dime: ¿Si me mato, adónde me iré? ¿Me pondrás al lado de los buenos, de los puros, limpios de pecados?... ¿O de repente porque incumpliré el mandamiento de no matar, o matarse, en fin, tú ya me entiendes, me mandarás junto a los quemados por el fuego de Satán? Pues para tu información, no creo en nada de esas huevadas y cosas estúpidas, porque hasta ahora nunca me has ayudado ni nunca lo harás. Hablemos mejor claro: ¿Por qué no en vez de que te cuiden esos angelitos con alas, con cuerpo de niños, todos calatos, rollizos y ensebados, haces que te asistan mejor chanchos con cabeza humana y alas de buitre? Si quieres puedes llamarlos también cerdos voladores, puercos-buitres, marranos-rastreros, gallinazos con cuerpo de gorrinos, igual me da... Piénsalo bien, no sería una mala idea, porque al menos, aquí, en esta tierra, los hay de sobra, abundan. ¿Y no te me hagas el loco porque sabes perfectamente a quienes me refiero?”

Inhalaba fuerte el monóxido que salía del carro, dilatando sus aletas nasales y abriendo bien la boca. Su cara parecía peor que la de un obrero de una mina de carbón: negra y con la piel toda irritada; empezaba a tener una tos seca; las manchas negras de los vasos capilares de sus ojos se confundían con las pupilas, le ardían a morir.

“¡AU-AU, cómo duele!... ¡Arde, arde!” Se quejaba, pero allí seguía respirando el veneno. Nabo, como sospechando que algo malo estaba sucediendo, raspaba con sus garras el metal de la puerta; olfateaba desesperadamente a su dueño.“Ven, ven de una vez, qué esperas...” le decía a la muerte.

Acercó la boca al tubo para inhalar más el veneno; el gas tóxico iba ocupando lentamente todo su sistema respiratorio: sentía una sustancia gaseosa, amarga, que fluía primero por su boca, nariz, le bajaba por la faringe, tráquea, bronquios y se depositaba en sus pulmones; todavía lo saboreaba con la poca saliva que le quedaba.

Su cuerpo perdía sensibilidad, no podía juntar las manos, el estomago se retorcía: le vino una diarrea madre y con la vejiga que también se le había soltado, terminó embarrado en medio de un charco de deyecciones con orín. Hasta el perro sentía asco y retiró el hocico de la puerta. En ese mismo momento el motor comenzaba a tartamudear –como que quería apagarse-, no pasaron ni cinco minutos y se apagó por completo: se le había acabado la gasolina.

Él ya se sentía que había muerto, por sus venas corría más que una sangre fría, impasible, sus rodillas y extremidades ya casi ni le respondían de lo anestesiadas que estaban; hablaba más que incongruencias, dirigiéndose a Dios:

“Mira que por tu culpa mandé al diablo la vida para casarme con la muerte. Ahora viviré feliz bien abrigadito en el infierno, me alimentaré de pecados, y tendré bastantes diablitos. Si quieres, te hago testigo de matrimonio junto con Lucifer... Je, je, je”, se reía totalmente drogado por las toxinas: “Sí, sí, ya sé, lo que pasa es que quieres que primero me refresque un poco, limpiándome de los pecados, allá arriba, en tu castillo de nubes azules, ¿verdad? ¿Cómo me dijiste que se llama eso: purgar, purificar, depurar, limpiar?... ¡Pamplinas, todo es más que pamplinas! Yo viviré solamente con Lucifer, mi testigo, el sobrino de Satán, él me protegerá”...

No hilaba bien los pensamientos, se dirigía a Dios irónicamente:

“¿Y?... ¿dónde estás pues, rey de las alturas, déjate ver siquiera para la despedida?” le dio un ataque de risa: “Ja-ja-ja... Jo-jo-jo... Je-je-je...”, empezó a cantar boleros: “Acaricia el ensueño, el suave murmullo de tu suspirar... Yo tengo una casita en la playa y un nido hecho para soñar...”

Dentro de su delirio sintió como un vacío, le faltaba la compañía de su perro; miraba por todas partes, gritando contra las paredes como si pudieran también hablar:

“¡Nabo, Nabo, dónde estás!... Ven y sube conmigo en esta nube. ¿Por qué no ladras que quiero escucharte?...”

Quiso pararse pero estaba tan débil que su cuerpo ya no le respondía, y cayó golpeándose la cabeza con el filo del tapabarro del carro. Al sentir el sabor salobre de su propia sangre, que corría desde su frente herida y bajaba lentamente hasta mojarle los labios, recién allí se dio cuenta que no había muerto. Eran los latidos de su corazón –que a ratos los sentía como si fuera algo lejano, ajeno a su cuerpo-, que le permitía volver a su realidad nuevamente.

Al darse cuenta del estado abominable en que se encontraba, se asustó de tal manera, que sintió vergüenza, mucha vergüenza, arrepintiéndose profundamente de todo lo que había hecho o dicho. Pensaba en su perro y de lo feliz que se sentía cuando le acariciaba sin pedir nunca nada a cambio; recapacitaba penitente: Si mis simples caricias hacen tan feliz a un perro, ¿por qué no intento hacer lo mismo en mi oficina, con el vecino, mi enamorada, y en fin, con todos aquellos que tengan que ver conmigo? ¿De repente comprendiendo un poquito más a los demás, me sentiría más feliz, al igual que lo que siento por Nabo?... Dudas todas que le brotaban del corazón y que le llenaban optimismo y deseo de, a pesar de todo, seguir viviendo.

Intentó pararse para abrir la puerta, y justo cuando había logrado dar un paso adelante para halar la manijuela, un escuadrón de veinte policías armados con metralletas, alertados por los vecinos, irrumpió escandalosamente el recinto (pensaron que se trataba de Pichuzo: el ladrón más buscado, temido y sanguinario de la ciudad), disparando a quemarropa una ráfaga de balas que lo dejaron como colador. Cayó al piso agonizando y sonriendo a Nabo como para no preocuparlo (el animal temblaba, metiendo su colita entre las patas, lamiéndole las heridas), sólo alcanzó a decirle con pena:

“Nabo, perdóname, me creerías si te digo que ya no quería morir.”


Publicación Flujanz

Por Frederic Luján Z.


Monday, February 20, 2012

La instrucción trece



“¿Mi amor, cuándo vienes?...”, le decía a su marido por teléfono.

Se quedaba mirando un retrato de él que tenía de dieciocho por veintitrés centímetros, a todo color sobre el velador; posaba achinando sus ojos desviados y con los iris de diferentes colores –uno pardo y él otro medio amarillo-; se hacía el gracioso, sacando una lengua desproporcionada, cochina, que le cubría todo el mentón.


“Es que te quiero mucho, extraño tus caricias, te necesito, te necesito, mi Ojitos.

“Yo también a ti, y mucho, mi Cuqui (La llamaba así para no decirle Cuco pues los dos competían en fealdad.) Te amo mi cielo, corazoncito de melón, caramelito de canela”, le contestaba el marido, sentado en su oficina. Abrió su billetera y sacó también una foto de ella en la que sonreía, tenía unos lentes ya pasados de moda; una verruga negra, asquerosa, le cubría la tercera parte de la nariz, y el diente incisivo central superior necrosado. La contemplaba y contemplaba, enamoradísimo: “Ya pronto termino y me voy volando, sí.” Pasaba el dedo índice sobre la foto, recordando todo lo que habían hecho las doce noches anteriores.

Era viernes, quería complacerle con otro regalo y le dijo:

“¿Quieres que para hoy te traiga otra diferente?” Hoy día les tocaba aprenderse la instrucción trece. Por cada instrucción nueva él le sorprendía con un regalo.

“Ay, sí, mi Ojitos. Tú siempre tan cariñoso y pensando en mí.”

Ojitos complacido por los halagos de su mujer, le contestaba con una voz dulce:

“Tú sabes perfectamente, Cuqui, que soy capaz de complacerte en todo lo que quieras. ¿Cómo la quieres esta vez: trenzada y elástica, o simple, como la que te regalé ayer?... Dime, dime, pues cariño, que estoy para engreírte.” Volvió a mirar el retrato de su mujer: la verruga, era lo que más le atraía.

“Como quieras, mi Ojitos, tú sabes que tenemos los mismos gustos. Pero ya que insistes, te doy una pequeña pista: búscame una más larga y áspera. ¡Qué emoción! Mi corazón palpita de deseo, ladra por ti. ¡Huau- HUAU!...” Imitaba ladridos de perro.

Al marido le gustaba que emulara a animales.

“Qué bien lo haces, ¿a ver, otra vez?...”, pegaba el auricular en la oreja.

“¡Huau, Huau!... ¡RRR, RRR!... ¡HUAU, HUAU!”

Ella hubiera querido tenerlo cerca, muy cerca, oler su cuerpo de hombre maduro, sentirlo en acción; percibir como corría esa energía de sentimientos sin barreras ni límites por los conductos de su cuerpo y piel; marcándola con unas huellas imborrables, perpetuas, imperecederas. Se fue al dormitorio y comenzó a acomodar las cosas como a él le gustaban: El cojín de cuero blando rellenado con plumas de ganso en una esquina, pegado a la ventana y junto a un florero de girasoles secos; las pieles de cebra y tigres de bengala, al pie de la cama; las persianas de bambú y la cortina de seda color rojo vino; la cabeza de un mono disecada junto a una lámpara de bronce al estilo barroco; prendió unos palillos de incienso hindú con olor a clavo de olor; acomodó una mesita con bocaditos de queso con cecina y aceitunas verdes y unos panes cortados en triángulos; y en otro tablerito redondo, junto a tres velas, puso un plato lleno de jazmines secos aromatizados y el libro de instrucciones forrado con un cuero seco, viejo, escrito con metáforas y lleno de códigos metafísicos; encima de los cuatro metros cuadrado de hamaca bordada al estilo del Manto de Paracas de la cultura Incaica –era lo que usaban como cama-, extendió también su juego de pijama preferido: un camisón fucsia con puntitos celestes donde la manga izquierda le quedaba casi al hombro, y la otra le colgaba hasta el piso; con un pantalón corto también del mismo estampado, con cierre adelante y una abertura con botones atrás y, por supuesto, su inseparable gorrita roja de tela, igual que la de Papa Noel –él decía siempre: mientras más extravagante se acueste uno, mejor son los sueños.

Después de haber acomodado todo, ella aprovechó para ponerse una provocante ropa interior transparente color carne y arreglarse el peinado. Mientras se miraba en un gran espejo ovalado enmarcado en pan de oro, ojeaba también cada rincón del cuarto, por si se habría olvidado de algo.

¡Listo, creo que ya terminé! Hablaba sola y en voz alta; estiraba los pliegues de su calzón transparente.

“¡Ay, pero si soy idiota!...”, exclamó, golpeándose suave la frente con la palma de la mano: “Me olvidé de lo más importante... Faltan las argollas y los ganchos.”

Abrió un armario, sacó unas herramientas metálicas grandes y pesadas, y las atornillo en los cuatro orificios que habían en la pared a un metro sesenta del suelo. Volvió a cerciorarse, ajustándolas para que estuvieran seguras.

“Listo, ahora sí, todo está perfecto. ¡Ay!, cómo extraño sus manos, sus caricias tan delicadas, tiernas, tan suyas, con esos brazos tan fuertes.”

Miraba a cada rato el reloj; faltaban como diez minutos para que él llegara.

“¿Qué más puedo arreglar? ¿Qué más, qué más?...”, se preguntaba una y otra vez, quería estar bella para él: “Quiero que todo esté a tu gusto, mi Ojitos. Eres tan especial conmigo. Ojalá que te agrade también este calzoncito con huequitos (Su pubis era tan frondoso de pelos que le salían como maleza por los costados) Hoy en día los modistas hacen cosas fabulosas con el elastán...”, hablaba como si él estuviera presente: “Éste, por ejemplo, es de Joop, ¿o se dice Jup?... Ay, por qué seré tan bruta pronunciando nombres extranjeros.” Probaba la calidad de la prenda: estiraba, raspaba, halaba el material “Bueno, no importa, lo importante es que te guste, mi Ojitos, hace buen contraste con esta manchita que me ha salido junto a la ingle.” Se tocaba el moretón.

La piel de su cuerpo se encontraba toda magullada y con cicatrices abultadas. Giró un poco su tronco para mirarse mejor la espalda en el espejo: la tenía maltratada y con un corte profundo de cinco centímetros sin cicatrizar; tocaba la herida con la mano.

“¡Au-Au!... duele un poquito. Cuando sane, ojalá se quede amarilla como las otras y no morada como la que tengo aquí, en el cuello”, ahora se miraba el cuello. Y así contabilizaba cada mancha, marca, huella, contusión, herida que veía en el cuerpo.

Escuchó el golpe seco de la puerta principal de la casa que se cerraba. Era él, el Ojitos de su vida.

“Hola, Cuqui... ¡Sorpresa, sorpresa!”, le dijo el marido sonriendo, la miraba complacido. Le mostraba una caja envuelta en papel blanco con dibujos de corazoncitos y amarrada con un lazo de seda rojo.

“¿Es mi regalo?”, preguntó conmocionada “¡Qué alegría, me lo trajiste de veras! Hoy probaremos algo nuevo, dámelo, dámelo, que lo quiero ver...”, sus manos temblaban de pura felicidad.”

“Todavía no, Cuqui, cálmate, cálmate, que la noche recién empieza, sí”, le advertía, moviendo la cabeza como un profesor que amonesta a una niña de cinco años; hizo una mueca rara con la boca y le preguntó: “¿Y has preparado todo de acuerdo a la instrucción?”

“Sí, sí, todo, cómo a ti te gusta... y ahora dámelo que lo quiero ver.”

Los pelos de la cabeza que los tenía siempre revueltos, de pura impaciencia se le paraban aún más.

“Anda pues, Ojitos, no me hagas sufrir. Ven, vamos al cuarto de una vez, que quiero que veas cómo acomodé la cabeza del mono y muchas otras cosas más, sí. Ha quedado precioso”, le halaba el brazo impaciente.

Él la calmaba besándole la nariz. Le hablaba dulcemente, con palabras bonitas y mirándola no a los ojos, sino a esa verruga negra asquerosa que tenía en la nariz.

“Mi amor, qué linda verruga tienes, mi tulipán de primavera, terroncito de azúcar, te he extrañado mucho en la oficina. Te confieso que si no hubieras tenido esa verruga, creo que nunca me hubiera fijado en ti”, le acariciaba la carnosidad “En la oficina miraba tu foto a cada rato, eres bellísima, mi amor. Hoy te haré muy pero muy feliz, ya verás.”

Ella se sonrojaba mirando el suelo, se retraía, encogía hombros, jugaba con sus dedos como una criatura.

“Ay, gracias, mi Ojitos. Ji, ji, ji...”, se reía posando en forma inocente, tímidamente, enseñando su dentadura toda necrosada.

Él tiró su maletín de trabajo a un lado, se despojó de la corbata, la chaqueta, camisa, zapatos, medias, pantalón, la abrazó y le volvió a preguntar:

“¿Este, pero estás segura que todo está listo?... ¿Mi pijama fucsia con puntitos, por ejemplo?”

“Sí, no te preocupes, también te puse tu pijamita fucsia con puntitos que tanto te gusta, pantaloncito corto y gorrita de Papa Noel... ¡Todo, todo, mi amor!”

“¿Y bien lavada y planchada, no?”, insistió él.

“Sí, sí, por supuesto, limpiecita, limpiecita. Y ahora vamos de una vez, sí, que ya no aguanto más”, le acariciaba sus espaciosos pectorales. Y él como tenía la vista desviada, magnificaba sus visiones: veía como si le acariciaran cuatro, seis, a veces hasta ocho manos.

“Mi amor, tienes las mejores manos del mundo”, le decía excitado y con los ojos que le brillaban.

“Te he comprado también tu cecina serrana con aceitunas españolas que tanto te gustan.” Sabía cómo engreír a su marido.

Pero ni con esas, seguía dudando:

“¿Y el incienso de clavo de olor, supongo que es de Jaipur, no?”, le insinuó.

“Sí, cariño, sí, y del más fino. Además, he atornillado las argollas y ganchos en la pared, puse la lámpara barroca en la mesita que me indicaste, el libro de instrucciones, peiné la cabeza del mono, aspiré las pieles de tus animales, colgué la persiana de bambú, la cortina roja... ¡Todo, pero todo te lo preparé!”

“Hmm... bien, bien, así me gusta, Cuqui. Porque como tú sabes, todo tiene que ir de acuerdo a las instrucciones. Eres una mujer encantadora, qué haría sin ti.” Y le dio un beso directamente en la verruga; le lamilla también sus mejillas con una lengua toda llena de saburra.

Su mujer quiso sorprenderlo con algo más y le dijo:

“Ah, y por si acaso puse también unas hojas secas de jazmín en un plato, como para combinar los aromas del ambiente. Acuérdate de lo que hemos aprendido en la instrucción once: Es importante que el incienso se mezcle siempre con otros olores.”

“Perfecto, perfecto. Buda y todos los dioses del oriente un día te lo agradecerán. Je, je, je...”, se reía; terminó de despojarse todo las prendas.

Se abrazaban eufóricamente.

“Bueno, entonces empecemos de una vez”, dijo casi desnudo. “Ah, pero eso sí, no te molestes, ¿me dejas entrar a mí primero?... Es que quiero entregarte el regalo a mi manera, eso es todo, mi Cuqui... Je, je, je”, volvió a soltar su risita. Sus ojos brillaban tanto que parecían un par de focos de luz, los torcía de tal manera que por momento sus iris desaparecían por completo.

“Bueno, mi amor, entonces cerraré la puerta y te esperaré aquí afuera. ¡Ay!, tú siempre con tus sorpresas, tan lindo y cariñoso. He esperado todo el día para que por fin llegue este momento.”

El marido entró solo al cuarto, cerró la puerta, y revisó todo tal como decía la instrucción. Se puso el pijama con cierre adelante y botones atrás, acomodó su gorra de Papa Noel, se colocó los lentes correctores para ver mejor, abrió su libro de instrucciones en la página 83, clavó el dedo índice en el segundo párrafo y dijo:

“Aquí está, por fin, la instrucción trece: APRENDA LOS PLACERS OCULTOS DEL DOLOR”, y comentaba en voz alta: Magnífico, magnífico. No hay cómo practicar el Kamasutra pero de esta manera, sin Tantras ni Mantras, porque la verdad no entiendo eso de que dicen que hay que buscar la armonía entre el agua y el fuego, todas son más que huevadas, actuaré nomas a lo bruto y como dice la regla.”

Abrió en seguida el regalo: un látigo de cuatro metros de largo con púas y bañado con extracto de ortiga para que le arda y duela rico; lo hizo sonar como escopeta y, relamiéndose los labios, llamó a su mujer:

“Ya puedes entrar, Cuqui...”



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Por © Frederic Luján




Thursday, January 26, 2012

SecuenciaSonar



En este nuevo espacio audiovisual mío llamado, SecuenciaSonar, los invito pues para que escuchen y disfruten siempre toda mi lista de hits y novedades musicales y, por supuesto, también de mi repertorio de sketch, irreverencias y otras locuras más.

SecuenciaSonar ha sido diseñado especialmente para que puedan escuchar y usar (libre de derecho de autor) siempre todos mis grooves, beats, loops, phrases, samples y rhythmic sounds, que toco y produzco con mis instrumentos básicamente de percusión. Por eso y sólo como referencia, casi todas o al menos la mayoría de estas producciones musicales, las he categorizado para los charts internacionales y locales también dentro del rubro de música alternativa y de mundo.

Lo único que tendrían que hacer es simplemente sintonizar siempre con su ratón uno de los dos music players que se encuentran ubicados en mi blog. El player más pequeño, por ejemplo, lo podrían encontrar siempre al final de cada post y debajo a la altura de mi firma como autor; y el otro más grande y detallado, lo encontrarían siempre al margen derecho superior de este blog, justo debajo de "La frase del día" y antes de mi biografía.

Sólo para este post y en calidad de primicia, les he etiquetado ahora adicionalmente también un player mucho más completo de SecuenciaSonar, para que puedan escuchar y rastrear en forma mucho más precisa toda la información de este novedoso espacio, así como mis producciones audiovisuales más importantes.



Press kits


Publicación Flujanz
Por © Frederic Luján


Monday, January 02, 2012

Terapia para un enfermo



Hola, amigos flujanófilos. En este nuevo espacio de mi blog que lo he categorizado con el prefijo de SecuenciaSonar... y basado principalmente en sucesiones repetitivas armónicas y acompasadas de sonidos de percusión, inicio también para ustedes, en este tercer día del año dos mil doce, mi primera sesión musical rítmica-terapéutica que la he denominado Secuencia Uno. En este espacio, para variar, tocaré de nuevo algo con mis instrumentos de percusión pero siguiendo esta vez siempre una secuencia rítmica, como en este caso: con un drum (o tambor) de mi batería eléctrica, las cuatro congas, lip blocks, cawbell, clave y maracas.

Por otro lado, y para aquellos que aún no lo saben, como desgraciadamente ya hace un par de años que me han detectado una rara variante de la esclerosis múltiple y encima acompañada de una irreversible y letal inmunopatía con una marcada deficiencia de inmunoglobulina del tipo G (Es curioso, hasta algunos galenos
estudiosos ya también me han vaticinado que en cualquier momento podría explotar, hacer boom, kaput, finito, se acabó la fiesta...), todos estos movimientos epilépticos rítmicos-sonoros que practico siempre con las manos e instrumentos de percusión, me sirve también como una magnífica terapia para sentirme, digamos que no sano, pero siquiera algo fresquito y renovado por un par de horas. Adicionalmente a eso, a Dios gracias que también me desfogo con la literatura y todo esos esperpentos que ustedes ya saben que vomito siempre en mi blog y libros, ya que me sirve mejor que cualquier purgante medicinal que me pudieran dar los médicos para eliminar todas esas toxinas que se me acumulan siempre adentro. Palabra que sí.

Sí, así es amigos, aunque no lo crean, pero así es pues mi realidad y no quiero decir triste ni desdichada, ya que felizmente soy optimista, alegre, o como se dice, me cago
hasta también en la nota de mi propia enfermedad. Por eso que, además, procuro sacarle a este mal siempre el mejor provecho posible; como, por ejemplo, y esto va principalmente a todos mis parroquianos que ya también me han leído mi primera novela ¿Por qué a mí? : Ya estoy también trabajando actualmente con el borrador del quinto capítulo de mi segunda gran obra novelesca y que la he llamado tentativamente, Mórbida fascinación. ¿Cómo la ven?... Caramba, ojalá que el supremo de arriba me dé nomas la suficiente fuerza para terminarla.

Y bueno, mejor vuelvo ahora sobre lo que les estaba contando al comienzo... Sí, justamente por eso y al margen de todos los internamientos ya contados en mi haber en los nosocomios, infusiones, sueros, análisis, pastillas multicolores y hasta supositorios de todo tamaño que me zampan en el culo y que tengo que tomar siempre, pero en especial gracias a todos esos tambores, cajones, latas e instrumentos que toco siempre como loco, que me ayudan también mucho para frenar siquiera en algo esa incurable enfermedad. ¡Es increíble!, deben de ser pues esas frecuencias sonoras que emiten esos instrumentos u objetos, con sus diferentes ondas cíclicas, presión de aire, vibraciones, o sabe Dios qué, y que me perforan el oído a través de los huesecillos auditivos y la endolinfa hasta el cerebro, que automáticamente me produce también ese increíble efecto terapéutico y me mantiene y devuelve el balance interno. Como que me neutralizan, siquiera por un corto espacio, toda esa mierda de dolores y malestares, atrofias, distrofias y adormecimientos, que me va corroyendo poco a poco todo el cuerpo y me debilitan cada vez más. Con decirles que a veces hasta me siento tan eufórico,
in, stone, que, ¡carajo!, no me extrañaría de que me vea yo mismo también un día, ahí, bien sentado encima de una nube, proclamando la salvación del mundo.

Por eso amigos y aunque seguro para algunos esta historia mía les parezca ahora quizá algo patética, por no decir dramática, o piensen tal vez que sea otra flujanada mía de esas más, igual les digo que para los que se sientan malucos o sufran de una enfermedad crónica igual que yo, procuren hacer ustedes también
siempre lo mismo, es decir: Tocar rítmicamente siempre algo. Y no importa que sea para empezar solo la olla de la cocina con una cuchara de sopa; o, bueno, quizá para los más avezados, hasta podrían golpearle también el popis o trasero a su pareja con un objeto blando (con un matamoscas o un periódico enrollado, por ejemplo). ¡Ah, porque eso sí!... hacerlo solamente con la mano creo que ya sería también una mañosería, ¿o no? Ah, sí, y otra cosa, no olviden por favor que los golpes, para que den el resultado terapéutico apropiado, tienen que ser también siempre sincronizados y armoniosamente controlados. Muy importante.

Y ahora, como ejemplo, les invito pues para que vean en este vídeo como golpeo no el poto a mi mujer, pero si a las congas:








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Por
© Frederic Luján Z.

Friday, December 02, 2011

Ritmo, ritmo y más ritmo...


Ritmo, ritmo y más ritmo... Según lo que comentan por ahí, no en vano dicen también de que se trata mas bien de un flujo de movimientos controlados o medidos, sonoros o visuales, generalmente producidos por una ordenación de diferentes elementos según el medio en que te desarrolles o desenvuelvas. Interesante, verdad. Por eso tal vez creo que también todo, pero casi todo lo que se hace en esta vida, inclusive hasta para trabajar, dormir, hacer deporte, comer, divertirse y, para algunos, hasta para robar (actividad que está últimamente también muy en boga), se gobierna por procesos inteligentemente ordenados y repetitivos.

En mi caso específico, prefiero aplicar con gran ahínco esa simetría o digamos que cadencia mejor en la literatura y percusión (mis dos grandes aficiones) Como, por ejemplo, sobre todo cuando construyo mis escritos o narraciones, equilibrando siempre mis historias con un impulso rítmico determinado y dosificado con una mixtura muy especial de diálogos, resúmenes, descripciones y acciones de mis personajes ficticios y que marcan –como muchos ya también se habrán dado cuenta-, también mi propio estilo. Lo mismo podríamos decir con la música o mejor dicho específicamente con la percusión que tanto me entusiasma. Sólo que en este caso ese impulso rítmico ya no lo construyo con estructuras oracionales ni disposición de palabras, sino más bien a través de golpes repetitivos que les doy a mis tambores o a cualquier otro instrumento musical de percusión, ya sea en forma abierta o cerrada, con sonidos altos y bajos, fuertes y débiles, largos y breves; y cuidando siempre, por supuesto, mis propios acentos y figuras musicales que más adelante determinarían también la melodía.

Y bueno, como para demostrar todo esto, les regalo pues ahora este otro combinado rítmico mío hecho con la batería y mis congas.







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Por © Frederic Luján Z.

Tuesday, November 01, 2011

Maldiciendo a mi alter ego Flujanz


¡ADVERTENCIA: POR EL FUERTE CONTENIDO DE LISURAS, ESTE VÍDEO NO SE RECOMIENDA A MENORES NI A PERSONAS RECATADAS!

Sí, es cierto que algunas palabras fuertes como decir improperios, ofensas y, bueno, toda una otra lista de vocablos ásperos malsonantes y chocantes que uno lanza a veces sin querer o intencionalmente a un ser querido, amigos, o simplemente a otra persona que uno casi ni conoce, podrían causar discordia, destruir una vida, provocar odio, desunión, romper un afecto, dolor, y, porqué no, hasta provocar también desbarajustes fisiológicos.

Empero, en cambio, si esos mismos improperios o disonancias vulgares te los dices mejor tú mismo (Tal como yo lo hago a veces también con mi alter ego Flujanz, sin pensarlo mucho, como si se tratara mas bien de una válvula de escape que ahora hay que abrirla de muy adentro, sin vergüenza, ni cobardía), paradójicamente, tendría un efecto más terapéutico y que serviría mas bien como para deshinchar también ese Yo”; ya que, sin querer, a veces a mí también se me infla como un globo y podría un día hasta reventar allá por las alturas y ahí sí que me jodería, ya que me incrustaría igual que un avión kamikaze en la tierra.







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Por © Frederic Luján.Z.

Monday, October 03, 2011

Un arreglo con congas


Por favor, no vayan a pensar de que se trata mas bien de un rito vudú o de santería, o cosa por el estilo. ¡No, no, nada que ver! Lo que pasa, amigos, cuando se trata de bombos, tambores, cajas o cualquier otro instrumento que sirve para pegarle con las manos, como que me excito, me pongo eufórico, eléctrico, vibrante. Eso es todo.

Y que el señor Mat Marino –autor, en verdad, de ese bello título musical de ambiente, Into the deep-, también mejor me perdone, pero es que al escuchar ese bajo y punteo de guitarra casi afrodisíaco suyo y acompañado con ese sensacional juego de notas en el keybord, como que se me ha subido la endorfina y la tentación de ponerle algo más de sabor y calor a su cancioncita ha sido tan grande, que no se me ha ocurrido mejor cosa que introducir pues ahí nomás y de a poquito –como diría también el gran Cantinflas- mis propias variaciones, pegándole eufóricamente como epiléptico –o digamos que mejor como un mono eléctrico- a mis lip blocks y al cuero de las congas.

Afortunadamente, este tipo de música instrumental minimalista de ambientes tipo lounge y que es usada también como música de fondo en muchos salones de hoteles, restaurantes, bares, supermercados, estudios de ejercicios aeróbicos, salones de masajes o de otras aulas, aposentos o cuartos donde se practican también otro tipo de fricciones corporales, este... creo que mejor ya no sigo detallando, se encuentra también libre de derechos de autor. De lo contrario, creo que no solamente me meterían directo a la jaula por incumplir con la ley, sino que, además, ese tal Mat Marino seguro que me masacraría a punta de palazos, por haber tenido la osadía de haberle deformado deliberadamente con otros sonidos esa bella y tan relajada cancioncita ambiental suya.





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Por © Frederic Luján.Z.

Thursday, September 15, 2011

Manos cadenciosas


Como algunos seguramente ya han podido notar, el ritmo y la percusión es algo que lo llevo en la sangre, aparte, claro, de que me sirve, antes de sentarme a escribir con el teclado de la computadora, también como perfecta calistenia matutina para las manos. Por eso, amigos, en este siguiente enlace, me gustaría invitarlos ahora a que vean y escuchen pues en que consiste este otro ejercicio rítmico mío, pero usando esta vez ese magnífico instrumento de percusión idiófono y oriundo del gran Perú (esa linda tierra que también me ha visto crecer) que es el cajón o simplemente caja.








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Por © Frederic Luján Z.

Friday, September 02, 2011

El fideo


La verdad que yo no soy muy seguidor de humoristas alemanes, salvo el de Vicco von Bülow, alias Loriot (1923-2011), para mí uno de los pioneros, por no decir el mejor en cuanto a lo que al humor seco se refiere. En especial, si se trata de representar o, mejor dicho, de parodiar con una sutil ironía las cosas que suceden en la vida cotidiana y esas rigideces de una sociedad lacónica y tan fría como es la alemana.

Uno de sus legendarios episodios o sketch televisivos y que desgraciadamente no ha sido hasta ahora escenificado ni tampoco traducido en texto –al menos en castellano- por nadie, es: el fideo. En ese sketch, por ejemplo, se ve como Loriot (Vicco von Bülow) le declara a su único gran amor Hildegard (Evelyn Hamann, otra gran artista alemana que ya falleció), importunándole por un fideo que va desplazando involuntariamente con su servilleta por el rostro y que le imposibilita todo intento romántico.

Así que ahora les regalo, como algo único y extraordinario, esta siguiente escena en texto que yo mismo también la he traducido y, claro, siempre con mi propio toque de estilo, por supuesto:



Loriot y Hildegard, una pareja de alemanes chapados a la antigua, ambos muy refinados y recatados, cenan ahora en un distinguido restaurante italiano en Frankfurt. Al terminar de comer lo que han pedido –ella, una lasaña de verduras y él un cremoso plato de fettuccine-, Loriot no puede esconder más sus intenciones y es así como nace también esta graciosa escena:

Loriot se acomoda primero bien en su silla, pone los cubiertos encima del plato, y mira en forma cautiva a Hildegard que se encuentra al frente suyo, en el otro extremo de la mesa; luego se limpia la boca con una servilleta y, sin darse cuenta que se le ha quedado pegado ahora a la altura de su labio inferior y el mentón un grasoso fideo en salsa crema de cuatro centímetros, le dice en un tono sinuoso y muy serio:

“Hildegard, ¿sabía que nos conocemos ya casi un año?”

“Sí...”

Es lo único que le contesta ella, y mira sin parpadear sólo ese repulsivo, por no decir asqueroso fideo que se le resbala cada vez más por la boca con dirección hacia el mentón.

“¿Y sabía también, Hildegard, que esta sería como la segunda vez que la invito también a cenar?...”

“Sí, lo sé...”

Dice ahora perpleja y con la cara como paralizada de asco. El fideo sigue desplazándose igual que una lombriz cada vez más hacia el centro de su mentón. Hildegard entreabre más la boca de pura repulsión, torciendo las comisuras de sus labios hacia abajo.

“Hildegard, me gustaría decirle también otra cosa. Me gustaría decirle que yo por usted siento mucho pero mucho más que una mera simpatía, o, no sé... hasta infinitamente más que una simple amistad. Sí, por eso, por eso mismo, Hildegard, yo quisiera ahora también...”

“Usted tiene un...”

Le dice ella ahora y sin haber terminado aún la frase. Como a Loriot, esa esporádica y fugaz intervención de ella le ha parecido mas un complemento, él se pone ahora algo nervioso y continúa hablándole sin dejar siquiera a que termine su frase.

“No, Hildegard, por favor, no me diga mejor ahora nada...” Pestañea tres veces “Antes de que me diga algo, quiero decirle que también hay momentos en la vida como éste, en que, a veces, me basta tan sólo una mirada o una simple contemplación suya para también entenderla.”

“Usted tiene un...”

Insiste ella. Y Loriot, nada. Muy seguro de que los pensamientos de ella también coinciden perfectamente con sus pretensiones, él ni caso le hace y continúa.

“Sí, sí, ya lo sé... y, por favor, no es necesario que insista, ya que estoy casi seguro que en este momento tan importante usted también siente, percibe, exactamente lo mismo que yo.” Loriot vuelve a enderezarse y toma más aire “Hildegard...”

“Usted tiene un..., o, este, perdón, quiero decir que algo se le ha quedado pegado en la boca.”

Abochornado, Loriot coge inmediatamente la servilleta y frota la mitad izquierda de su boca.

“No, no... en el otro lado, más a su derecha”

Loriot vuelve a refregarse pero esta vez toda la boca.

“¿Y?... ¿está todavía?”

“No, ya no está”

Le dice Hildegard por fin aliviada.

Loriot coge ahora su vaso de vino con la mano derecha y se lo toma no quiero decir que en forma pausada, pero sí acompasada; luego saborea el líquido, humedeciendo decentemente sus labios con la punta de la lengua. Mientras que seduce de nuevo a Hildegard con la mirada, se seca bien la boca con la servilleta, sólo que ahora, por desgracia suya, vuelve a aparecer otra vez y sin que él se dé cuenta ese fideo más apachurrado y viscoso que nunca, en el labio superior derecho, casi a la altura de su orificio nasal.

“Hildegard... ¡Míreme, por favor! Pero, ¿por qué no me mira ahora directamente a los ojos? He esperado tanto pero tanto este momento para decírselo y hoy, por fin hoy, creo que ha llegado ese hoy, este, perdón... quiero decir ese, ¡no, hombre!, qué estoy diciendo, digo día. ¡Hildegard, por favor, míreme, míreme bien la cara que quiero decirle también algo muy importante! Deme su mano..."

Loriot arrastra temerosamente sus manos sobre la mesa y acaricia con mucha ternura las manos de Hildegrad. Pero ella, por supuesto, otra vez estática como una momia, mirándole solamente ese horrible fideo, ya casi amarillo y todo aplastado en su boca.


Publicación Flujanz

Por © Frederic Luján Z.