SecuenciaSonar


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C O M U N I C A D O


A mi querido público de lectores y amigos todos, con este pequeño aviso, quisiera por favor que me disculpen pero por motivos estrictamente de tiempo y trabajo que lo necesitaría para terminar y concentrarme sólo en mi segunda novela, en mi blog Flujanz ya no publicaría más artículos ni trabajos literarios hasta durante un tiempo o mejor dicho nuevo aviso. Salvo las producciones musicales y vídeo-clips de SecuenciaSonar, que sí las seguiría divulgando y actualizando cada cierto tiempo en este mismo espacio, así como también en el siguiente link, www.reverbnation.com/secuenciasonar. Por otro lado, no se preocupen que, para todos mis amigos en Facebook y Twitter, seguiré también escribiéndoles como siempre.

En ese sentido, a todos mis fieles seguidores, amigos, lectores y conocidos todos, les pediría que durante este tiempo de ausencia tuvieran también algo de paciencia, que pronto, muy pronto estaría, como siempre, yo y mi excéntrico personaje Flujanz de nuevo con ustedes para seguir deleitando (a unos) o quizá aturdiendo (a otros) con más escritos y ocurrencias mías. Y, bueno, lo fundamental, de paso también ofrecerles, después de mi primera novela ¿Por qué a mí? que ya ha sido publicada también en dos ediciones (2003 y 2008, respectivamente), mi otro gran segundo intento de ficción literaria o, si quieren, llamémoslo una otra historia de esas entripadas mías.


FREDERIC LUJÁN ZEISLER


Alemania, miércoles, 20 de marzo de 2013

www.fredericlujan.com

www.flujanz.blogspot.com

www.reverbnation.com/secuenciasonar




Tuesday, December 30, 2008

¿Qué tal pasaron la Nochebuena?



Queridos amigos todos, ¿qué tal pasaron la Nochebuena?... ¿Comieron su pavito relleno, o su patito desplumado con salsa de vinagre y orégano nomás?.... Ándele, cuéntenme pues con toda confianza, sobre ese día veinticuatro tan importante, por no decir mistificado, y donde dicen algunos (seguro que también drogados a punta de opio y marihuana), que una mujer que era virgen parió en una choza a un niño, o a quién más tarde sería el Poeta Hippy de las Naciones, perdón, digo el flower power y super dotado Jesus Christ Super Star, y en fin, si quieren, pónganle ustedes también la chapa que quieran. Yo en cambio, ¡Dios me libre!, esa noche me tiré tal empachada de chocolates que al día siguiente tuve que botar como cinco veces todos mis pecados en el excusado. Pero bueno, no se preocupen que mañana treinta y uno de diciembre, el último día del año, les prometo que de todas maneras brindaré por ustedes, siquiera con tecito, que carajo, todavía sigo botando mierda.

Con cariño para todos,

Flujanz



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Sunday, December 21, 2008

Mierda, otra Navidad más y siempre lo mismo...


Mis queridos lectores, esta vez tengo que confesarles algo: cuando veo, sobre todo en esta época de Navidad, como mi mujer, familia y amigos se alocan (como todos) para salir a comprar, o mejor dicho a gastar tontamente para regalarme correas, camisas, calzoncillos, ropa interior, medias, corbatas, perfumes, champú y todas esas cojudeces que en verdad no necesito porque me sobran, simplemente inclino la cabeza para reflexionar: “¡Mierda, otra Navidad más y siempre lo mismo!... Es que no entienden que lo que necesito en verdad es que me regalen SALUD y nada más que SALUD.” Pero bueno, como desgraciadamente no me la pueden regalar, tampoco me queda otra que bajarme el pantalón para probarme esos nuevos calzoncillos con elastán, que encima me ajustan tremendamente los testículos.

Feliz Navidad pues, mis queridos tramoyistas glotones, y, ya saben, cuidado con comer mucho panetón que eso atraca también los intestinos. (si quieren abran aquí )

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Por © Frederic Luján.

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Como complemento de mi escrito, me gustaría que lean también este controvertido articulo de Gabriel García Márquez que lo escribió en el año 1980, y en el cual yo también concuerdo plenamente:


Estas Navidades siniestras
Por Gabriel García Márquez
(EL PAÍS - Opinión - 24-12-1980)

Ya nadie se acuerda de Dios en Navidad. Hay tantos estruendos de cometas y fuegos de artificio, tantas guirnaldas de focos de colores, tantos pavos inocentes degollados y tantas angustias de dinero para quedar bien por encima de nuestros recursos reales que uno se pregunta si a alguien le queda un instante para darse cuenta de que semejante despelote es para celebrar el cumpleaños de un niño que nació hace 2.000 años en una caballeriza de miseria, a poca distancia de donde había nacido, unos mil años antes, el rey David. 954 millones de cristianos creen que ese niño era Dios encarnado, pero muchos lo celebran como si en realidad no lo creyeran. Lo celebran además muchos millones que no lo han creído nunca, pero les gusta la parranda, y muchos otros que estarían dispuestos a voltear el mundo al revés para que nadie lo siguiera creyendo. Sería interesante averiguar cuántos de ellos creen también en el fondo de su alma que la Navidad de ahora es una fiesta abominable, y no se atreven a decirlo por un prejuicio que ya no es religioso sino social. Lo más grave de todo es el desastre cultural que estas Navidades pervertidas están causando en América Latina. Antes, cuando sólo teníamos costumbres heredadas de España, los pesebres domésticos eran prodigios de imaginación familiar. El niño Dios era más grande que el buey, las casitas encaramadas en las colinas eran más grandes que la virgen, y nadie se fijaba en anacronismos: el paisaje de Belén era completado con un tren de cuerda, con un pato de peluche más grande que Un león que nadaba en el espejo de la sala, o con un agente de tránsito que dirigía un rebaño de corderos en una esquina de Jerusalén. Encima de todo se ponía una estrella de papel dorado con una bombilla en el centro, y un rayo de seda amarilla que había de indicar a los Reyes Magos el camino de la salvación. El resultado era más bien feo, pero se parecía a nosotros, y desde luego era mejor que tantos cuadros primitivos mal copiados del aduanero Rousseau.
La mistificación empezó con la costumbre de que los juguetes no los trajeran los Reyes Magos -como sucede en España con toda razón-, sino el niño Dios. Los niños nos acostábamos más temprano para que los regalos llegaran pronto, y éramos felices oyendo las mentiras poéticas de los adultos. Sin embargo, yo no tenía más de cinco años cuando alguien en mi casa decidió que ya era tiempo de revelarme la verdad. Fue una desilusión no sólo porque yo creía de veras que era el niño Dios quien traía los juguetes, sino también porque hubiera querido seguir creyéndolo. Además, por pura lógica de adulto, pensé entonces que también los otros misterios católicos eran inventados por los padres para entretener a los niños, y me quedé en el limbo. Aquel día como decían los maestros jesuitas en la escuela primaria- perdía la inocencia, pues descubrí que tampoco a los niños los traían las cigüeñas de París, que es algo que todavía me gustaría seguir creyendo para pensar más en el amor y menos en la píldora.
Todo aquello cambió en los últimos treinta años, mediante una operación comercial de proporciones mundiales que es al mismo tiempo una devastadora agresión cultural. El niño Dios fue destronado por el Santa Claus de los gringos y los ingleses, que es el mismo Papa Noél de los franceses, y a quienes todos conocemos demasiado. Nos llegó con todo: el trineo tirado por un alce, y el abeto cargado de juguetes bajo una fantástica tempestad de nieve. En realidad, este usurpador con nariz de cervecero no es otro que el buen san Nicolás, un santo al que yo quiero mucho porque es el de mi abuelo el coronel, pero que no tiene nada que ver con la Navidad, y mucho menos con la Nochebuena tropical de la América Latina. Según la leyenda nórdica, san Nicolás reconstruyó y revivió a varios escolares que un oso había descuartizado en la nieve, y por eso le proclamaron el patrón de los niños. Pero su fiesta se celebra el 6 de diciembre y no el 25. La leyenda se volvió institucional en las provincias germánicas del Norte a fines del siglo XVIII, junto con el árbol de los juguetes. y hace poco más de cien años pasó a Gran Bretaña y Francia. Luego pasó a Estados Unidos, y éstos nos lo mandaron para América Latina, con toda una cultura de contrabando: la nieve artificial, las candilejas de colores, el pavo relleno, y estos quince días de consumismo frenético al que muy pocos nos atrevemos a escapar. Con todo, tal vez lo más siniestro de estas Navidades de consumo sea la estética miserable que trajeron consigo: esas tarjetas postales indigentes, esas ristras de foquitos de colores, esas campanitas de vidrio, esas coronas de muérdago colgadas en el umbral, esas canciones de retrasados mentales que son los villancicos traducidos del inglés; y tantas otras estupideces gloriosas para las cuales ni siquiera valía la pena de haber inventado la electricidad. Todo eso, en torno a la fiesta más espantosa del año. Una noche infernal en que los niños no pueden dormir con la casa llena de borrachos que se equivocan de puerta buscando dónde desaguar, o persiguiendo a la esposa de otro que acaso tuvo la buena suerte de quedarse dormido en la sala. Mentira: no es una noche de paz y de amor, sino todo lo contrario. Es la ocasión solemne de la gente que no se quiere. La oportunidad providencial de salir por fin de los compromisos aplazados por indeseables: la invitación al pobre ciego que nadie invita, a la prima Isabel que se quedó viuda hace quince años, a la abuela paralítica que nadie se atreve a mostrar. Es la alegría por decreto, el cariño por lástima, el momento de regalar porque nos regalan, o para que nos regalen, y de llorar en público sin dar explicaciones. Es la hora feliz de que los invitados se beban todo lo que sobró de la Navidad anterior: la crema de menta, el licor de chocolate, el vino de plátano. No es raro, como sucede a menudo, que la fiesta termine a tiros. Ni es raro tampoco que los niños -viendo tantas cosas atroces- terminen por creer de veras que el niño Jesús no nació en Belén, sino en Estados Unidos.

Tuesday, December 02, 2008

Meme Neguito de Nicomedes de Santa Cruz - versión Flujanz



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Por © Frederic Luján

Así se aprende desde niño...



Dos niños juegan con sus patos de plástico en la piscina del club.
“Mi patito es más bonito que el tuyo, ya”, le dice el niño grande y fuerte al otro.
“No, que...”
“Que sí...”
“Que no... ”
El niño grande coge el pato del otro y lo zambulle al fondo de la piscina.
“Caca, malo, ahora ya no tienes patito.”

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Saturday, November 08, 2008

El cuestionamiento






Flujanz, esta vez más reflexivo de lo normal, se mira en el espejo de su baño y comienza a cuestionarse:

“¿Será acaso que con los cincuenta plus que acabo de cumplir y enfermo hasta las cangallas me haya vuelto desdichado? ... Porque, claro, aprovechando que la histérica y loca esa de mi mujer se ha ido de viaje, quizás podría ser más feliz si es que dejo de masturbarme siempre como un imbécil en el baño y en lugar de eso me tire de una vez a la cocinera esa que está buenísima; o, qué tal si, ahora que mi colesterol ha bajado siquiera un poco, me devorara yo solito una sabrosa pierna de cerdo a la brasa y refrescarme la garganta con un litro de cerveza al hilo. Pero no, mejor no, Flujancito, tú estás jodido. Piensa: esa felicidad o como mierda quieras llamarlo no existe. Termina en el momento en que empieza a manifestarse. Nunca llega a ser una situación continuada: cuando no tienes nada necesitas, cuando tienes algo, temes. ¡MIERDA, qué tal joda!”

Flujanz se baja el pantalón y comienza, como siempre.


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Por © Frederic Luján

Esto pasa cuando se miran en el espejo

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Por videosLegais.com.br

Friday, October 10, 2008

La carta




Carlos agonizaba, le quedaban pocas horas de vida. Estaba acompañado por la enfermera de turno en el cuarto de cuidados intensivos de la clínica. Su cuerpo se encontraba conectado a una máquina que controlaba las pulsaciones de su débil corazón. Al fondo en una esquina, la enfermera controlaba atentamente sus signos vitales en un monitor. Su respiración era lenta. Casi no sentía el dolor de su cuerpo –hace media hora le habían inyectado una doble dosis de morfina- pero su mente estaba todavía lucida, podía recordar todo como si fuera ayer. Eran sólo los órganos los que ya no le respondían. Carlos sentía como por sus venas, arterias y vasos capilares fluía esa sangre espesa, infectada con células malignas. Un tumor en el hígado había debilitado todo su sistema inmunológico y un carcinoma se propagaba agresivamente por todo el organismo. Encima del velador en un lugar visible había un sobre cerrado donde decía: Para mí hermano Julián; y junto a él, un número telefónico escrito con letra grande en un papel y pegado a la mesa con una cinta adhesiva. Dentro del sobre se encontraba una carta que él había escrito unos días antes con gran dificultad por los tubos que tenía inyectados en el brazo. En ella decía:


“Querido Hermano:

Quería comenzar esta carta llamándote a ti como lo hacíamos cuando estábamos juntos en el colegio, donde éramos verdaderos amigos o si me permites el denominador hermanos: Te decía Musculín, eso te gustaba... ¿Lo recuerdas? Desde pequeño te agradaba lucir tus músculos, tu fuerza corporal; y yo, cómo te envidiaba por tener esa anatomía, el Sansón, el Hércules de la familia. Yo fui siempre el escuálido, el de la sinusitis crónica, el de las infecciones bronquiales, neumonías y todo lo demás; siempre más enfermo y más débil que tú. ¿Y cómo es la vida, no?... pues parece que así moriré. Creo que el ácido desoxirribonucleico me salió medio defectuoso. A ti te gustaba mucho el deporte. Representabas al colegio en casi todas las disciplinas: natación, carreras de cien metros planos, vallas, salto alto, largo, triple, en triatlón, decatlón y todas las que terminaban en “ón” –es decir, un campeón olímpico nato. Qué tal entusiasmo y capacidad física tenías. Te clasificaste hasta en dos Bolivarianos de natación. Recuerdo que a mis padres también les diste una gran alegría, todos estábamos muy orgullosos de ti. Buena por eso, Musculín. ¿Practicas todavía tu joggen? Siempre te había gustado correr, jugar a la paleta, tenis y todo lo que sirva para mantener tu bello cuerpo de Goliat, bien formado. Dime mejor la verdad y nada más que la verdad, que eso quedará entre nosotros: ¿Te gustaba tu cuerpo, no? ¿Vivías para él, te complacía verte siempre en el espejo y apreciar como se desarrollaban tus fibras musculares, no era así? Y no me niegues porque te he visto; tampoco tiene nada de malo, cuántos quisieran tener esa estructura corpórea: esos paquetes musculares con esa composición de tendones, nervios y fibras. Eras toda una institución atlética, para mí la anatomía perfecta; creo que si hubieras vivido unos 450 años antes de Cristo, Mirón te hubiera contratado de inmediato como modelo para hacer sus esculturas: con esos brazos que parecían piernas y un abdomen más duro que el concreto. Sigue adelante, mi Musculín, y espero de todo corazón que no abandones nunca tus músculos, así te mantendrás siempre fuerte y sano. Cuánto no daría por tener un físico así. Discúlpame el atrevimiento de seguir llamándote Musculín, sé que ya han pasado varios años desde que nos vimos por última vez; me corroe la curiosidad de saber cómo se te ve ahora, pero no importa, así te guardaré siempre en el recuerdo, mi hermano fortachón.
Tú sabes que el deporte nunca me había gustado, prefería los libros: en una noche me podía comer una enciclopedia entera. Nunca olvidaré ese día en la clase de historia universal donde me había aprendido de memoria toda la historia de Sócrates con puntos y comas –tú también te debes de acordar, haz un esfuerzo-, me había identificado de tal manera con su vida que me imaginaba ser él mismo en persona. Los de la clase me miraban con envidia y rabia –igual que tú, mi hermano fortachón, y no lo niegues porque te decían: Oye Julián, ¿tu hermano se reencarnó en Sócrates o qué? ¡Chupa medias de profesores! ¡Saco largo! Al decir verdad y respetando el orden cronológico de la historia, admito que también había algo de cierto, porque claro, que después de Platón y Jenofonte, me hubiera gustado también ser discípulo de ese gran filósofo griego, maestro de todos los maestros. Quizás por eso adopté sin saber el método de la mayéutica cuando dictaba mis clases universitarias: me fascinaba instruir a los demás con preguntas inductivas. ¿Siempre fui así, no?... Gozaba luciéndome en el colegio y eso a ti nunca te gustó –¿Dime la verdad, te hacía sentir incómodo, me detestabas? ¡Confiésalo!; recuerdo que hasta nos pusieron en la misma sección, la “B”; querían hasta sentarnos juntos en la misma carpeta y tú te revelaste, fuiste malo, repulsivo y desconsiderado conmigo. Te juro, Musculín, nunca comprendí esa reacción tuya, ¿por qué tanta perturbación, si yo no mordía? ¿Qué era lo que no te gustaba de mí: mi estatura, cómo me vestía? Si yo –mansa paloma- nunca te había hecho nada, era tranquilo. ¿O será porque sentías envidia, rivalidad? Sí, eso debe haber sido: porque me gustaba el estudio y a ti no, verdad. Pero a pesar de eso tú eras mi brother. Aunque no lo creas, pero te admiraba mucho, muchísimo, claro que a mi manera, y tú no te dabas cuenta. ¿O a lo mejor te incomodaba mi presencia porque al cambiarnos de colegio tuviste que repetir un año y yo no? ¿Tenía razón? ¿Era eso lo que te molestaba?... Júralo, Musculín, que tampoco me voy a resentir. Habías tenido también problemas con tres cursos. Compréndeme por favor, y te lo escribo con toda la autenticidad del caso: quería simplemente demostrarte que yo también podía ser en algo tan bueno como tú, y nada más. Además, admítelo, tú nunca fuiste para el estudio ni menos para la lectura y los libros.
Los del colegio, recuerdas, eran también unos desgraciados, malos amigos, te tildaban de inepto, bruto, te apodaban: Cerebro de pajarito o Turtupilín. Jimmy y Toñín eran los que más te molestaban. Sin embargo, tú no eras el único, a mí también me fastidiaban, les gustaba poner sobrenombres a todos: a mí me decían Platanazo, Sacuara, Maguila el Gorila, Pasmarote –caminaba siempre colgando los brazos y doblando el tronco hacia delante-; y a las mujeres, les decían: Mandril, la Porky; había una que era un poquito sueltita con los hombres y la bautizaron con el nombre de Perra... Tú lo sabes bien, Julián; te la comiste un día en el quiosco durante el recreo largo: cerraste la puerta con candado, le bajaste la falda y... ¡bundungún!, le metiste tu pieza, la machucaste todita, gritaba de placer. La hiciste muy feliz, pendenciero. Todavía tuviste el descaro de contármelo con lujos de detalles en la casa. Eso sí, hay que reconocerlo que con las mujeres del colegio eras experto, vivían enamoradas de ti, se te derretían todas: ¿Te acuerdas de la gorda Magali, cuando te esperaba ansiosa durante los recreos y toda cariñosa te regalaba siempre chocolate el Cuzco –un dulce concentrado que se usaba sólo para la repostería-, hasta con dedicatoria y todo?... Haga usted memoria, hermano: terminabas con una diarrea monstruosa que bajaste de un porrazo cinco kilos. Solamente después de haber salido del colegio y te casaste, te tranquilizaste por completo; diste un vuelco de trescientos sesenta grados, mi hermano. Qué tal cambiazo que habías dado: ¿Cómo lo lograste? ¿Tuviste un encuentro con la Virgen María y te absolvió de todos tus pecados? ¿Visitaste a San Pedro? ¿Te convertiste en el Espíritu Santo? Qué te pasó don Juan, seductor irresistible de colegialas, campeón de tiro al blanco. Si tú habías sido quien me enseñó por primera vez a onanar, o como se dice vulgarmente: a correr la paja. Eso nunca lo olvidaré, y te lo digo con todo la consideración que te tengo: no debiste hacerlo, no debiste instruirme en esos placeres viriles, debiste dejarme así de inocente con la mano tranquila; porque más adelante terminó gustándome de tal manera, que me masturbaba cada hora; la mano se me volvió epiléptica; algunos pensaban que sufría hasta de Parkinson. Lo tengo bien presente como si fuera ayer: un día nos fuimos al baño juntos y yo todo inexperto te pregunté: ¿Cómo se hace el amor?, ¿por qué a veces en la mañana siento cosquillas en los genitales, crece y se me pone duro como palo?, ¿de qué tamaño la tienen los adultos?... etcétera, etcétera. Y tú, hombre viril, me demostraste con lecciones prácticas cómo es que se podía estirar más rápido, y me decías: “Qué cojudo eres, ven bájate el pantalón que te voy a enseñar primero a masturbarte. Mira, se hace así...” Así fue, te lo cuento ahora sin pudor: te bajaste también el pantalón sin vergüenza y le diste rienda suelta a tu mano, ejercitaste tu pieza flácida con movimientos tan sincronizados que se te puso al ratito como tronco y, luego disparaste ese líquido lechoso como metralleta. Así fue, hermano mío, y no me abochorna escribirlo: fuiste tú quien me enseñó por primera vez a copular, a ejercitar la bayoneta para hacer tiros al blanco; a eyacular los espermas y sentir la felicidad en su máximo esplendor. Hacíamos hasta competencia quién la daba más rápido y escupía la lechada más lejos. Esas cosas no se olvidan, hermano: disparábamos a todas las direcciones, y tú, te sorprendías porque a pesar de yo ser más flaco y débil, la tenía grande y gruesa. A partir de allí me tomabas siempre el pelo llamándome Jumbo. ¡Ayayay, qué tiempos aquellos, no!
Cambiando de tema y haciendo un poco de remembranza de cuando éramos aún unos niños que cruzábamos la primaria: Yo siempre quería ser más bajo, aborrecía mi prominente estatura y para aparentar menos, andaba siempre encorvado. Los de la clase me fastidiaban siempre y yo no sabía defenderme. Era tímido, retraído. Tú, en cambio, te mantenías valiente. Sí que te hacías respetar, me sacaba el sombrero ante ti: con tu fuerza granítica, agarrabas a quien te molestaba o te ponía sobrenombres, lo llevabas al baño y lo descuartizabas sin compasión. Por tus condiciones herculianas imponías siempre mucho respeto, cómo te envidiaba. A veces te extralimitabas un poquito, por no decir te pasabas de la raya, no medías tu devastadora fuerza gladiadora. Lo puedo recordar clarito: cada vez que jugabas fulbito con los de cuarto, tirabas tales cañonazos que le rompías los lentes a uno que le decían Huaco... ¡Pobre, Huaco! Con esos pelotazos le desfigurabas la cara y lo volvías más feo de lo que era. Eso no era justo, pues, mi Musculín. ¿Por qué le hacías eso? Si todos sabíamos que tú eras el mejor puntero del colegio, bastaba con sólo mirar tus piernas de rinoceronte. ¿Era necesario demostrar tanta agresividad? Cada semana escogías a una nueva víctima. Un día con tus puños de Trinitrotolueno, reventaste el estomago a Arturito solamente porque no te gustaba su forma amanerada de ser. ¿Qué culpa tenía el pobre de sufrir desequilibrios hormonales?; o a Chicho, con su voz de pito, le arrojabas siempre en plena clase y sin compasión todos los restos de las frutas que comías: cáscaras de plátanos, pepas de mango, medio melón. No, querido hermano, eso no se hace. Espero que te hayas calmado un poco. Te exaltabas con facilidad. Se te hacía difícil controlar tu temperamento volcánico. Más que respeto, te tenían miedo, terror, algunos hasta miccionaban por temor a que les hicieras algo. ¿De dónde sacabas tanta fuerza, si papá y mamá nos alimentaban siempre por igual –con avena Tres Ositos y bastante jugo vitaminizado? Te envidiaba por tener esa fuerza. ¿Dime la verdad, o es que le dabas también a los anabólicos?
Con las palabras eras igual de explosivo que con el cuerpo. Un día en la clase de castellano, después de jugar un disputado partido de fútbol en el recreo, apareciste en clase todo sudoroso, abanicándote de calor con el libro “Claves del Español” –el texto básico de enseñanza-, y la profesora te preguntó muy consternada por qué no prestabas atención, y tú inmediatamente, hombre valiente, temperamental, gladiador indomable, sin importarte nada ni a nadie le contestaste: ¡A usted qué carajo le importa! ¡Mona de mierda! Los cuarenta que estábamos en el salón nos habíamos quedado pasmados, con la boca abierta. Te juro que en ese momento no sabía dónde esconder la cara, sinceramente hubiera preferido no estar allí, me moría de vergüenza. Pero a pesar de ello y muy en el fondo te admiraba, a eso se llama tener cojones, carácter, porque yo nunca me hubiera atrevido a decirle semejante cosa –a pesar de que ganas no me faltaban.¡Bravo, mi Hércules!, te ganaste un nombre, salvaste el honor de nuestra clase, así se hace. La insultaste con tal seguridad y convicción, entonando aguerridamente los vocablos “carajo” y “mierda”, que nos dejó atónitos. Sin embargo, prométeme que para la próxima cuando quieras inferir a una persona no emplees esos vocablos ordinarios, vulgares. ¿Dónde está la educación que nos dieron papá y mamá? Fuiste siempre muy directo y crudo, y me decías: “al buen entendedor pocas palabras”; sólo que a veces escogías cada sustantivo, verbo o adjetivo, que horrorizabas a cualquiera.
Siempre te he tenido mucho respeto, pero, no sé por qué, también miedo, o mejor dicho pavor y todas sus posibles derivados. Eras imprevisible, hermano lindo. En algunas circunstancias también se me hacía muy difícil tratar contigo, tal vez porque nuestros caracteres no armonizaban. Me gustaría darte un consejo aunque venga de un conejo: cuándo sientas que se te suba la mermelada, acuérdate mejor de la Santa Paciencia y verás que te irá mejor. Hablando en serio: ¿No podías acaso controlarte? La verdad, hermano de mi corazón, a veces creo que mejor debiste haber nacido en otra época, luchando junto a Julio César, conquistando el imperio Romano con armadura de hierro y la espada bien desenvainada. En este tercer milenio globalizado, de gente civilizada y tecnócrata, donde más vale la maña que la fuerza, tanto exhibicionismo ya no vale. A veces conviene usar más la tutuma, retroceder un paso para luego avanzar dos. Y por favor, si por si acaso todavía no te has calmado, pues te pediría que te apacigües –controla esos instintos recios y no te exaltes ahora conmigo, reza dos Avemarías y la oración de la Serenidad. Pero es que te lo tengo que decir: ¡Fuiste un desgraciado conmigo! ¡Injusto, abusivo! ¡Un bravucón desalmado!... ¿Recuerdas cuando jugábamos ladrones y celadores en el jardín de la casa? Me ahorcaste sin compasión con tus manos que parecían un par de alicates; creo que ese día tomaste muy en serio el rol del celador en el juego, ¿o qué? ¡Qué barbaridad para triturarme el cogote! ¿Por qué lo hiciste, Musculín, contéstame, qué te tentó? ¿Si era sólo un juego? ¡Carajo!... Me dolió mucho, muchísimo. Pero no le dije nada a mamá, y sabes por qué, porque talvez allí sí hubieras terminado ahorcándome por completo y te hubieras quedado sin tu hermanito querido.
¿A ver, qué habría pasado, cómo habría quedado después tu conciencia, recapacita, ponte la mano en el corazón? Tus dedos se quedaron marcados en mi cuello como tatuajes. Recuerdo que demoré mucho días, semanas, en recuperarme del susto y perdonarte, pero te perdoné de todas maneras, hermano; y mejor no me preguntes por qué, pero lo hice –no soy rencoroso. Pero tú, insensible, seguías tratándome con ojos de celador, frío, sin sentimientos, como si ese juego no hubiera terminado nunca. ¿Por qué pues tanto rencor, tanta agresividad junta? ¡Confiésate! ¿O preferías verme muerto, no era así?
Discúlpame y lamento decírtelo, pero a partir de ahí mi miedo también aumentó, pero no te lo mostraba por temor a que te aprovecharas más de mi debilidad. Pero allí estaba, latente como esperando un día el desenlace final. A pesar de tu agresividad, te admiraba, tenías algo que me llamaba la atención, me gustaba tu forma jovial y abierta de ser, eras sincero, emotivo, dadivoso. Nunca te hacías problemas, vivías sólo el momento y disfrutabas de la vida. Tenías más cualidades positivas que negativas y muchas habilidades. Al pescar por ejemplo, eras todo un campeón sacando cangrejos, zambulléndote casi tres metros al fondo del mar; te introducías valientemente entre las peñas rocosas de las playas San Bartolo, La Tiza y Santa María. Qué agilidad, con qué destreza te trepabas sobre esos pedruscos resbaladizos, tenías tal dominio de tu cuerpo que yo mismo me sorprendía. Un temerario pescador. Hubieras podido ser la inspiración de Ernest Hemingway para su personaje principal en: “el Viejo y el Mar” –talvez le cambiaría el nombre por: “el Musculín y el Mar.” Te podías quedar horas y horas en la misma posición, esperando a que un pez picara tu anzuelo. ¡Carajo, y sí que lo lograbas! Lo que pescabas no eran peces sino cetáceos, esos animales eran gigantescos. Viniste un día a casa todo orgulloso y llenaste la tina de esos cangrejos inmensos. Traías otra veces pulpos y otras especies acuáticas raras. Te despertabas temprano (cinco de la madrugada o algo así), correteabas por toda la orilla y atrapabas los Lenguados con la mano con una presteza soberana. ¡Qué tal rapidez! Por un tiempo tu afición a la pesca fue tan grande que le dijiste a mi mamá un día que querías ser igual que Tumba –un pescador veterano que proveía siempre pescados frescos a los restaurantes más conocidos de la playa-; querías tener un barquito y perderte en el mar hasta que caiga el sol y regresar con todo un cargamento de animales oceánicos. A nosotros nos sorprendiste con tu propuesta, palabra que por un momento me pareció que hablabas en serio: lo dijiste con tal firmeza y convicción, que me dejaste más congelado que el océano Ártico.
Me hubiera gustado tener siquiera la tercera parte de todas tus cualidades. Nadie te podía ganar, para mí eras el mejor, tenías oro en tus manos. Pintabas también muy bonito, hasta ahora guardo los retratos que hiciste de papá y mamá en la casa, son hermosos; además, de todos los otros trabajos manuales que solías hacer, uno más ingenioso que el otro: la lámpara de cartón, esas cometas inmensas que podían volar tan alto, la mesa de madera que la usábamos para las parrillas, y muchas otras cosas más. Ojalá sigas con esas inclinaciones artísticas; uno nunca sabe, a lo mejor un día, a alguien se le ocurra hacer una subasta pública de todos tus trabajos y ahí sí... ¡Agárrate Catalina!, podrían valer mucho más de lo que te imaginas. Así que ya sabes, mi hermano artistón: a guardar bajo llave y con candado todos tus trabajos –¿me lo prometes, que hablo en serio?-; no todos tienen ese don que poseen tus manos.
Yo me incliné por algo más concreto: el estudio, una carrera, seguir una profesión sólida para poder ganar dinero, mucho dinero y ser famoso. Quería demostrarte que yo también sabía hacer algo: y escogí la carrera de Administración de Empresas. Ambicionaba ser jefe, sí, eso quería ser, un gerente inquebrantable, que no se dejara influir por nadie –como dicen los americanos con sus palabritas de moda: un manager, to be the business-; quería tener bajo mi mando a muchas personas. Desde pequeño me gustaba que los otros hicieran los trabajos menores y que trabajaran solamente en pro de mis metas. Disfrutaba más organizando, planificando actividades con otros; los engañaba vilmente, porque les hacía creer que conmigo podrían alcanzar más fácilmente sus objetivos. Fui un falso líder, un reformador egoísta. Me extralimitaba con las órdenes de trabajo, exageraba con las metas –a veces inalcanzables- un soñador de cosas grandes, fama y éxito. Vivía ciego de la realidad, sin disfrutar nunca del momento. Y tú te dabas cuenta y comenzaste a despreciarme, a mirarme con malos ojos –igual que ese día cuando me trituraste el cogote jugando a los ladrones y celadores. Confiésalo, franquéate conmigo hermano, que ya no tengo nada que perder: ¿Era así, no? ¿No me engañes, mira que te escribo con el corazón? Tú habías sido siempre más conformista que yo, más sencillo: vivir la vida era tu lema. Qué curioso, después de todos estos años, y ahora que me encuentro tirado en esta maldita cama, esperando la muerte, puedo comprenderte mejor el verdadero porqué de tu forma de ser. Así es, recién ahora cuando ya no puedo hacer nada, me he dado cuenta de lo verdaderamente valioso en la vida. Ahora te digo con franqueza: ¡Caramba, hermano, tú sí que sabías aprovechar de tu existencia! Ahora te envidio más que nunca. ¡Mierda!... Me he dado cuenta muy tarde. Yo que te advertía todo orgulloso: “Ya verás que un día de éstos...” o “Cuándo logre ésto o lo otro...”; y tú me refutabas moviendo la cabeza: “Tú eres un idiota, no sabes vivir. Ay, Carlitos, ¿cuándo aprenderás?” Ahora aquí, postrado en este lecho de dolor, esperando que el cáncer termine de carcomerme el cuerpo y luego me devoren los gusanos, me pregunto: ¿Qué es lo que en verdad logré en la vida si nunca fui feliz? ¿Hice algo productivo para los demás aparte de sólo trabajar y ganar dinero? ¿Es eso vivir? ¿Es acaso tener éxito demostrar que uno sabe más que el otro sin aplicar a conciencia las cosas que uno divulga? Ahora pongo las cosas en una balanza y reflexiono: ¿De qué me valió el éxito si nunca lo compartí con nadie? ¿Adónde me llevó ese borrascoso camino que yo elegí y que ahora terminará? ¿Fui en verdad sincero conmigo mismo? ¿Escogí la ruta adecuada para ser alguien? ¿Qué ejemplo he dejado a los demás, cuáles han sido mis logros?... Pues me contestaré yo mismo: sólo un poco de dinero que tengo depositado en una cuenta corriente y que nadie lo puede tocar porque es intransferible, la póliza de un seguro de renta y un carro viejo que ahora espera a que un día alguien lo maneje o lo demuela como chatarra, y nada más. Eso es lo que he logrado en la vida, mi apreciado Julián. Si quieres, te puedes también quedar con todo. En pocas palabras, ¡no logré nada en estos puta años de existencia!¡Absolutamente nada! Moriré solo, vacío, solitario en este cuarto, sin amigos ni familia ni nadie quien me quiera. Talvez te reirás de mí e incluso te complacerá –la venganza es dulce-, y lo puedes hacer, que tampoco me molestaré. Yo sé que fui el único culpable de mi desdicha y nadie más. Fui un imbécil, sí, un pobre y triste imbécil, y no me avergüenzo ahora de decírtelo porque nunca viví el momento: esos minutos, horas, días, semanas, meses y años que se iban cada vez más rápidos y que no volverán nunca más. Mi ego cada día se inflaba más y más, parecía un globo aerostático, volaba sobre nubes. Nadie, pero absolutamente nadie podía saber más que yo; me consideraba el Dios de la sapiencia, el Sócrates del siglo veinte, un teórico omnipotente que nada practicaba. Asimilaba conocimientos de otros, aprendía de memoria libros. Ahora me pregunto golpeándome con piedras en el pecho: ¿para qué tanta teoría sino supe nunca aplicarla con sabiduría? Fui sólo un descarriado que andaba por un camino vacío, frío, lleno de vanidad y codicia. ¿Qué diferente éramos, no hermano? Te congratulo y a la vez de envidio porque ahora eres RICO; sí, y no te rías que hablo en serio, hasta te lo marcaría en el frente: posees ese gran tesoro llamado Paz y Alegría que yo nunca tuve. Enhorabuena, mi Musculín, te mereces un nuevo título académico: A nombre de la Nación, el Rector de la “Universidad de la Vida” otorga el título de “Doctor en Paz y Alegría” a don Julián Córdova García. ¿Qué tal? ¿Te gusta? Eres doctor, el Doctor Julián Córdova; te puedes sentir importante, ya que yo me quedé sólo con Licenciado. ¿De qué me valió ese rótulo si por adentro siempre fui vacío?
Me dio mucha pena que después de la muerte de mamá nuestra hermandad se haya resquebrajado por completo. Mamá había sido mi único consuelo y sustento emocional, la quería horrores. No sé por qué, pero tú siempre habías creído que ella me engreía sólo a mí, como si yo fuera su hijo mimado. Pues te equivocas rotundamente hermano, y pongo la mano sobre la sagrada Biblia: por el contrario, ella era capaz de dar su vida por nosotros, nos quería a los dos por igual. No olvides nunca que fue ella quien nos engendró y protegió en su vientre y nos hizo también grandes; sólo que yo desde chico siempre fui algo más débil que tú: el enfermo y raquítico. ¿O es que ya se te olvidó cuando me internaban siempre en la clínica cada vez que me venía la gripe? Podían freírme hasta huevos en la frente por las fiebres que me venían; ni los supositorios de elefante con vaselina que me ponía y que me irritaban el ano la podían bajar. Por eso es que mamá me protegía un poco más a mí. Tú en cambio siempre fuiste el toro de la familia, nunca te enfermabas. No lloré delante de ti cuando ella murió, simplemente para demostrarte que también podía ser tan fuerte como tú; luego en casa y a escondidas no aguanté más y explote en un llanto descontrolado, tenía ganas hasta de quitarme la vida; y tú, hermano aguantador y fuerte, por primera vez mostraste también tu lado débil: inundaste de llanto el velatorio delante de todo el mundo y me dijiste sin medir las consecuencias de tus palabras: que yo era un insensible, frío como el hielo, que ni llorar podía. Te juro que ese día me partiste el alma, me acusaste infundadamente, y yo te contesté con un nudo en la garganta: “Cómo es posible que me digas eso, si fui yo quien la acompañé siempre en su lecho de dolor, ayudándola en todo, en las buenas y en las malas.” Ese día fuiste muy injusto conmigo, te comportaste vilmente como si yo fuese un hombre sin corazón, un mal hijo que no quería a su madre. ¡No, Julián! ¡Eso sí que no! Yo también tengo mi corazoncito, quizás no tan grande como el tuyo, pero lo tengo. Ese día sufrí doblemente: uno por la muerte de mi madre, y otro por ti, porque me decepcionaste profundamente. Te perdoné muchas cosas en la vida pero eso de haberme llamado insensible ante la muerte de mi mamá, creo no te lo perdonaré ni aún después de muerto.
En esa época me esforzaba por querer ser una persona famosa, buscaba las relaciones con gente influyente, importante entre comillas; anhelaba ser como ellos, donde la notoriedad y el materialismo se encontraba en primer plano. Fue así como tú y yo casi ni nos veíamos. Fue el inicio del fin entre nosotros. ¡Lo sé!... y por favor no me digas ahora nada, lo puedo leer en tus pensamientos: eso nunca te había gustado, no comprendías mi forma egoísta y utilitaria de proceder. Y es también cierto que nunca me interesó tu opinión. Perdóname, Julián, lo único que yo quería era alcanzar a como de lugar mis objetivos y nadie, ni tú, podían impedirlo. Si quieres, ahora pégame a puñetazos, ven y mátame de una vez (me harías un gran favor), quítame de una vez la vida. Quería también hacerte de menos. Me deleitaba rebajándote: tú trabajabas en una agencia naviera haciendo trabajos menores, o qué sé yo, y yo, ya era jefe de un laboratorio transnacional y enseñaba en la universidad. Qué bien que me sentía así, viéndote abajo, disminuido, machacándote el orgullo, cómo si todo las cosas que yo hacía, hubieran sido lo más importante en la vida. Tú no me decías nada, más bien me ignorabas de una forma muy astuta, me observabas de lejos, siguiendo cada cosa que hacía y cómo me comportaba. Ignoraste siempre mis logros, y eso, ¡cómo me reventaba! –dime acaso que estoy equivocado-; lo notaba clarito, me amargaba tu indiferencia, menospreciabas mi esfuerzo y eso me dolía. Lo hacías a propósito para que sintiera las punzadas de mi falso orgullo. ¡Sí, eso había sido! Y no me digas ahora que es mentira, Julián. Tú no solamente has sido más fuerte físicamente, sino que además, demostraste ser más sabio, no te dejaste nunca afectar por mis malas intenciones. ¡Carajo!, cómo admiro tu vivacidad y esa forma siempre abierta y franca de ser. Créeme ahora estoy arrepentido. ¡Perdóname, perdóname, hermano de mi corazón! Yo el académico sabelotodo y tú el bruto, el menos capaz e incompetente; yo el jefe todopoderoso y tú el pobrecito empleadito de oficina, subordinado, dependiente. ¡Cómo he podido ser tan desalmado contigo! Sé que pequé y ojalá que el de arriba también me perdone, pero me regocijaba con esas comparaciones pecaminosas, deshonestas, endebles, falsas. Por más que tratabas de disimular se te notaba el malestar en la cara, te acalorabas con facilidad, y yo me divertía de lo lindo. Todo había sido una farsa, hermano, una ficción que ahora quisiera borrar: yo era en verdad el acomplejado; tú valías mucho más de lo que te imaginabas. Y te lo digo no porque ahora me estoy muriendo sino porque siempre lo he pensado así.
Recuerdo un día que me dijiste: Ya para de hacerte siempre el importante que vas a ganar sólo enemigos. A nadie le interesa tus éxitos. Qué sabias palabras, hermano, porque así fue verdaderamente, nunca pude vivir en paz, me gané de muchos enemigos; mi vida fue una constante lucha. Y tú me mirabas con una mezcla de sentimientos, creo que con más pena, que molestia. Te había desilusionando por completo. Estudié otras especialidades, quería hacerme más conocido en el ámbito profesional, buscaba sólo la fama, notoriedad, popularidad, me encantaba tomar la delantera en todo. Vendí mi alma al diablo, lo reconozco, y ahora te doy toda la razón. Tú seguiste trabajando en lo mismo durante un tiempo y te decidiste por algo muy inteligente: casarte para formar una familia. ¡Bravo hermano! Supiste escoger el camino indicado. Conociste a tu mujer en tu trabajo y como era también de esperar, a mí ella nunca me agradó –no nos podíamos ver ni en pintura. ¿De seguro que tu mujer también te hablaba pestes de mí? Claro, cómo no... si eran marido y mujer, vivían el uno para el otro, se amaban, se querían con pasión, como un par de tortolitos. ¡Cuñadita!... A usted sí que no la puedo tutear, si me permite, y con todo el respeto que le tengo, le escribo también estas líneas: Por favor, cuñadita... ¿No se amargue pues conmigo, cámbieme de cara, piense más bien en cosas positivas, en el amor que le tiene a su marido, vuelque toda su energía y conviértala en pasiones de amor, sí? ¿Le sigue preparando su plato preferido con frijoles: y espero que sean los canarios porque los negros, sí que lo hinchan a uno, qué tales flatulencias? ¿Julián ya debe tener barriguita, no? Carambas, cómo le engreía usted siempre con la comida. No tenga temor, métale nomás cuchara en la cocina, que a nuestra edad ya la pinta es lo de menos. Cuñadita, por favor, ya no me odie más, mire que estoy arrepentido de todos mis pecados veniales porque de los mortales, mejor ni le cuento, eso será tarea de San Pedro. Lo único que quisiera decirle es que tenga también misericordia con este pechito que está enfermito. Mire que me estoy muriendo, cuñadita, ¿no me tiene acaso pena?; tenga pues un poquito de compasión que tan malo no soy: quizás un poco mujeriego con inclinaciones algo livianas. ¿Qué? ¿No me cree?... Bueno, pues, o si quiere, llámelo con toda confianza: tendencias libidinosas, que tampoco me avergüenzo. Pero con usted nunca me he metido, ¡ni en pensamieto, por favor! –prefiero la rubias y con minifaldas (por si acaso es broma). ¿No me aborrezca, pues, cuñadita? Piense en los católicos, en Cristo que murió por nosotros los pecadores en la cruz (yo también lo haré, pero echado en esta maldita cama). ¿Quiere que le diga algo?... Usted se ha casado con el mejor marido del mundo: Julián es un esposo abnegado y muy fiel, incapaz de acostarse con mujeres intrusas y putañeras como yo; su corazón late solamente para usted, señora cuñadita, palabra de hermano; pongo hasta mi mano huesuda al fuego por él. Sí, sí, ya sé, usted se preguntará: ¿Y que fue de esa noche cuando llegó tarde oliendo a ese perfume penetrante Chanel Nr.5?... No se preocupe, cuñadita, estése tranquila que yo fui el culpable: lo tenté a que se acostara con Nani; es que la carne es débil, Usted compréndalo por favor, no sea rencorosa que Dios castiga; aprenda a perdonar. Sé que nunca debí hacerlo y Usted disculpe, pero Usted siempre me pareció una mujer muy seria, demasiado formal para mi hermano; quería solamente que se soltara un poquito esa noche. A Nani le gustaba también los tipos musculosos y bien formados: “¡Ayayay, qué guapo, me gané la lotería!”, exclamó ella toda caliente, y... ¡suácate!, se aventó a lenguazos a mi hermano. Felizmente que terminó en besuqueo nomás, yo mismo los separé y le dije a Julián: “Julián, contrólate un poco, la noche también hay que compartirla, ella es para mí. Cálmate que tú ya estás casado, reserva mejor tus municiones para tu mujer.” Eso fue todo, cuñadita. ¿Ya ve que no había pasado nada? Así que le pediría encarecidamente que en este momento, sea buena, acérquese donde su marido y demuéstrele ese gran amor que le tiene: béselo, mímelo, cocine sus frijoles flatulentos y dígale lo mucho que le quiere. ¿Me lo promete? Mire que pronto yo le estaré también vigilando desde arriba o desde el infierno, no importa.
Y tú, mi querido hermano, también no me mires ahora con mala cara, sabes perfectamente que nunca he podido con mi espíritu mujeriego: un día con Pocha y otro con Chichi, etcétera, etcétera; nunca nada fijo; conviviendo sólo con putas refinadas, probando conchas peludas, culos y tetas. No, hermano, tú eras muy diferente: amabas verdaderamente a tu mujer, dabas todo por ella, se te notaba en los ojos. Tus sentimientos eran honrados. Quién como tú porque yo nunca había amado a nadie, más que a mí mismo: prefería los amores de una noche –y mejor ni me preguntes con cuántas porque ni me acuerdo. La única relación que duró un poco más de los nueve meses fue con Karina, pero que luego la mandé al diablo porque me estaba estorbando: Yo viajaba mucho a provincias y eso me estresaba. ¡Ay, hermano, si te contara!... Por esa época yo era un jodido de mierda, un juerguero insoportable, quedó hasta escrito en los anales de la historia del vicio y perdición limeña: mi pinga se revoloteaba como culebra, nadie podía frenarme; me creía un supermacho, hacía lo que me daba la gana.
Sin embargo, hermano, y por más que casi ni nos veíamos, nunca podía olvidarte, te tenía siempre muy presente. Te admiraba no sólo por tú forma de ser, sino porque, además, vivías con una mujer que te amaba, igual que tú a ella; compartían juntos los momentos buenos y malos de la vida. Querías formar un hogar temprano, te gustaba la vida familiar y les dijiste a mis padres que te mudarías a un departamento más grande como para preparar la cría. Tenías otras metas en la vida, querías tener hijos para poder brindarles una adecuada educación, afecto y mucho cariño; formar un hogar con calor humano, transparente. Mi hermano, te trazaste los objetivos más nobles y que darían un verdadero sentido a tu vida: La Familia. No como yo que terminé solo, sin nadie, viviendo del recuerdo, frustrado y enfermo. Recién cuando tus dos hijos se hicieron grandes, pude también comprender por qué es que le habías dado siempre más importancia a la familia: tus hijos Julián Jr. y Enriquito, habían sido tus mejores logros –un par de muchachos fuertes, sanos, bien educados y muy inteligentes. ¡Bravo, hermano, así se hace! Cuánto me gustaría ahora abrazarte y decirte: “Musculín, tú eres un hombre de pundonor, un ejemplo de padre y esposo abnegado.” ¿Por qué no pude ser como tú, si crecimos juntos, bajo las mismas condiciones, con los mejores padres del mundo y que nos querían a los dos por igual? ¿Por qué, por qué, Julián? ¿Por qué malgasté tontamente mi energía en cosas superfluas, sin sentido? Ahora, desgraciadamente ya es tarde, todo se oscurece. ¡Me estoy muriendo, hermano! Sí, ya pronto me iré... ¿De repente cuando termine esta carta, o dentro de una hora, en esta noche, o talvez mañana? Me marcharé para siempre; entregaré mi cuerpo y voluntad al Todopoderoso; porque eso sí Julián, habré sido un mal hermano, desconsiderado, egoísta y putañero, pero la fe en Dios nunca la he perdido, me hicieron católico y moriré como tal. Como último deseo me gustaría que llegado el momento, me bendijera un cura con los santos óleos y me dieran también cristiana sepultura. Eso sería todo. ¿Por qué es que nos separamos y comenzamos a odiarnos, hermano, si en el fondo, en lo más profundo de mi ser quería ser siempre como tú? ¿Por qué es que recién después de cincuenta años me doy cuenta cómo he desperdiciado tontamente mi vida? Si tan sólo te hubiera hecho caso y hubiera aprendido de mis errores, todo habría sido mucho más fácil. ¿Ahora a dónde me iré? ¿Qué vendrá después?... No lo sé, ni tampoco me interesa. Lo único que deseo en este momento es estar bien con mi alma, por eso que te escribo esta carta; y te lo afirmo por última vez, aunque seguro que no me lo creas: tú eres y serás siempre mi ADMIRADO HERMANO.

Cuídate mucho Musculín, y no cambies nunca. Tú hermano que te quiere, Carlos.”

La enfermera vio en la pantalla de control que las pulsaciones de su corazón eran irregulares: sus curvas marcaban picos altos y bajos con gran frecuencia y en intervalos muy cortos. Eran ya los síntomas irremediables de la muerte que se avecinaba. Se paró y atinó a llamar rápido a ese teléfono que Carlos había escrito en el papel.
“Aló... ¿quién habla?”, contestó una voz ronca. Por suerte era Julián.
“¿Es usted pariente del señor Carlos Córdova García?”
Silencio en la línea, se demoró en captar de qué se trataba. Y se acordó que tenía un hermano.
“Sí, soy su hermano”, balbuceó sorprendido. Pasó saliva. Hace como quince años que no habían establecido contacto. Se veían esporádicamente.
“Venga por favor rápido a la Clínica Americana, sala de cuidados intensivos, segundo piso, cuarto número 201 B. Su hermano está muy mal, está agonizando.”
A los veinte minutos apareció Julián solo, muy nervioso, el corazón le latía fuerte. En el cuarto, a pesar de ser más que un lecho de dolor y de espera a la muerte, se percibía paz, tranquilidad. Eran las diez de la mañana, afuera resplandecía el sol.
Julián se acercó a él sin saber que decirle, cómo comportarse. A él le remordía también la conciencia. Revivió por un instante todas las cosas buenas y malas que habían hecho juntos. Carlos se encontraba muy demacrado, el carcinoma le había deformado la cara. Tenía los ojos cerrados, como si estuviera durmiendo. Se sentó junto a su delgado cuerpo, agarró su mano todavía tibia y, vio el sobre que estaba con su nombre encima de la mesita. Lo abrió desesperado. Cuando terminó de leer la última línea de la carta, Carlos inhaló fuerte una bocanada de aire, abrió sus ojos y le sonrió. De pronto el monitor dibujó una línea recta continua con un chillido agudo. Julián lo sacudió, sintió en ese momento una mezcla de emociones que no podía controlar: quería reconciliarse nuevamente con su hermano y decirle lo mucho que también lo quería. Explotó en llanto, lloró, lloró mucho, pero ya era tarde, había muerto.
Música de Alex Campos - Sueño de morir:
Publica Flujanz

Monday, September 08, 2008

La caca de elefante



Prologo:

Flujanz me pide escribir algo para su blog. Uno de los 120 millones de blogs publicados en la red, con la de que cada día se crean 120.000 más. ¡Cómo si fuera poco! Piense no más que en 1998 el número de blogs en la red, llegaba solamente a 20 y que este crecimiento asombroso se ha dado en 10 años!
Mi incontinencia verbal tendía a decir “No, Flujans, yo no voy a hacer esa pendejada... ¿Qué puede decir un@ cristian@ cualquiera como yo, para ameritar ser leid@ en medio de semejante bololó de letras ...? No soy ni pendeja, ni hebefrénica, condiciones sine qua non para andar por ahí tirando botellas al mar del Internet...”
Como si fuera poco, mi amigo Flujanz tan mordaz, directo, irreverente, cumplido, insensible, benévolo, cínico, sincero, saleroso, alegre, sádico, oscuro, pervertido, brutal, bondadoso, demonio, dios, misántropo, realista y charlatán, para caracterizarlo en pocos adjetivos, no sea que mi hipotétic@ lector@ se mame antes de empezar, me pone una condición: “Escribe sobre cualquier cosa, menos sobre política”... Condición inaceptable para mí, que soy una “animala política”, y digo animala, no por lo bruta para el análisis, NO, aunque también...... sino por llevarle la contraria a la monja machista de filosofía que me enseñó en el elitista pensionado Biffi de Cartagena, que “El hombre es una animal político“, monja que quizás, por no tener el insidioso problema de la @, nunca se preguntó si la mujer también. Sería de por si condición inaceptable, digo, sino fuera el pedido de un dechado de virtudes como ya he descrito, en sus propias palabras, claro, a Flujanz.
Condenada entonces, a complacer al perverso polimorfo, que tan amablemente me hospedaría en su blog, empecé a preguntarme como llenar media hojita con dos ideas, que sin ser políticas, tuvieran la fuerza de inmortalizarme en la conspicua blogsfera. Lo logré y quedaron atrapadas, para la posteridad, como abajo aparecen.



La caca de elefante (1)


¿Se imagina usted una esquela de amor, escrita a mano, con sus mejores trazos y el deseo de impresionar, no desde un frígido email, sino con una pastoral, desde un nostálgico, remoto y romántico lugar de una era pasada, a ese ser que le mueve el piso, escrito nada más ni nada menos que en papel de caca de elefante ...? Pues haga el ejercicio de imaginarlo, pues a eso se dedica Máximus, una empresa srilandesa especializada en el reciclaje de excremento de elefante para convertirlo en papel
La empresa trata dos toneladas de excremento de paquidermo al día, con lo cual logra atender la demanda de Japón, Europa y los Estados Unidos, con este papel compuesto en un 75% de la materia prima animal y en un 15% de cartón reciclado.
Entre los compradores “prominentes” de Máximus, están el presidente de Estados Unidos George Bush, su mujer Laura y Colin Powell ( y espero que las comillas que rodean a la palabra prominentes... no le parezcan a Flujanz un comentario político...)
"Cuando se da una tarjeta de visita impresa en papel a base de caca, la primera reacción es llevársela a la nariz. Eso rompe el hielo", asegura Thusitha Ranasinghe, líder de la empresa Máximus, pero el papel desodorizado no tiene perfume. Lo que no obsta para que un especialista pueda, si se realiza un examen de las fibras del papel, decir lo que el elefante “propietario” de tan particular materia, comió en los últimos días.
La idea puede no oler muy bien pero los negocios marchan. Lanzada en 1997, Máximus ha pasado de 7 a 122 empleados y su volumen de negocios llega ya a19 millones de rupias (338.000 euros) No es un aumento tan espectacular como el crecimiento de la blogsfera, pero de que va, va.
Si a estas optimistas cifras se le agrega que, el acceso a la materia prima es fácil por estar localizada la empresa cerca de un orfelinato estatal para elefantes, donde viven unos 60 animales, las perspectivas son aún más alentadoras.
Y para que mi amable, pero sobre todo hipotétic@ lector@, tenga una idea de las proporciones, que pueden perderse fácilmente tratándose de elefantes, déjenme decirles que diez kilos de sus excrementos, del de los elefantes, digo,
producen aproximadamente 650 hojas en formato A4, lo cual no es poco.

(1) - ¿De qué, sino de caca, escribir cuando te vetan los temas políticos...? ¿No es acaso, lo más parecido?
Publica Flujanz
Por © Lina Arregocés

Thursday, August 07, 2008

Carta a mi lectora



Querida Tula, te cuento que ayer tuve un sueño fantástico. Sí, así es, y contigo. Soñé que tú, después de tanto espera y espera las correcciones de mi manuscrito “la misión de Flujanz”, por fin le habías incrustado tus lindas letras con jeroglíficos de maestra a esas dos hojas tamaño A4, y que encima le decías a Flujanz, o sea a mí:

“Oye, por qué no tratas de ser menos abstracto con la elección de tus palabras y cambia mejor pobreza por indigencia o penuria; hasta te aceptaría escasez, inopia, miseria, estrechez. Y en vez de pecador para el hombre (vocablo muy vago), ponle mejor condenado, sí, pero de mierda. Además, ese adjetivo que escribes ahí de “fuliginoso”, no lo entiende pero ningún puta; me contentaría mejor con ennegrecido, sucio, humeante. Acuérdate que quieres dejar también un ejemplo a ese ente que, según tú, aparecerá de nuevo en la tierra. ¡Ah!... ¿Y el inventario que dices que haces en la casa después de ver por la ventana cómo se deshace todo?... ¿Adónde has dejado pues tu musa, Flujancito? A ver, inspírate un poco más y sustenta mejor tus observaciones. Escribe por ejemplo que has visto encima de la mesa del comedor, la Bild Zeitung con los titulares gigantes de Pares Hilton, fresquita recién salida de la cárcel y sacándole el poto a la justicia; y junto a ese periódico, ya que te gusta escribir mas que desvaríos, un billete de cincuenta euros enrollado con restos de la blancanieves (ojo, insinúo esto sólo para que el lector deduzca que ese día te habías tirado también una coqueada pero de las buenazas) Muy importante es también que demuestres que has sido un buen hijo y padre, incluyendo en el escrito que has visto también los retratos de tu familia que cuelgan en la pared: papá, mamá, abuelitos, además, de la docena de hijos de todas esas joyitas que has tenido de mujeres; ah, y por supuesto que también la Biblia abierta en el capítulo del mensaje de las siete trompetas (página 1983) y donde tú, por la alucinada cocainómana que has tenido, inmediatamente lo has asociado con el fin del mundo.”

Pero eso no es nada, mi querida Tula, el sueño no termina allí. Como tus comentarios puestos en esos dos folios se multiplicaban cada vez más, y, todavía con una criptografía en letra gótica de tinta azul que se fusionaba como larvas entre las comas y los puntos, a Flujanz le había dado como una paranoia y comenzaba a sudar frío, imaginándose más bien que se sumergía dentro de su propia escritura, adquiriendo la forma de un inmenso crucigrama, y que dentro de cada cuadrito, tenía que luchar encima para desenredarse de los gusanos más gruesos y aceitosos: tus correcciones gramaticales y ortográficas. Pobre Flujanz, en su interior volvió a escuchar tu voz pero ya algo más metálica y todavía riéndote:

“Ja, ja, ja... Vas por buen camino, Flujancito. Sin embargo, te falta cultivar más ese talento de canalla que tienes. No permitas que ese poco de sentimental que llevas adentro te intoxique. Sácale la mierda y bota a la basura esa influencia de poetas románticos y de narradores sensibles, como la del Principito, el peregrino de Compostela, la Cenicienta, y concéntrate mejor con los atomizados de Kerouac, Burroughs, Corso, Ginsberg. Sigue escribiendo, escribe, escribe pero con ají, mucho ají, para que pique hasta en el cu... Ja, ja,ja”

Así están pues las cosas, Tula. Felizmente que esa noche el zumbido de un zancudo, que terminó con un cachetadón que yo mismo me pegué en la cara para matarlo, me había despertado. Pero bueno, qué se le va hacer, paciencia le dijo la tortuga a la liebre, que todavía no pierdo la esperanza de que tal vez un día, semana, mes o año me entregues también la misión de Flujanz ya corregido. ¿O, no? ... ¿di algo pues Tula?

Bueno y para cambiar un poco de tema, ese articulito acre, "Machu Picchu: una de las siete maravillas mundiales", que escribí el otro día para mi blog literario, no vayas ahora a pensar que lo he escrito con la mente turbia o algo soltada de tuercas. ¡Por favor! Solamente que ojalá entiendan que detrás de esas líneas ácidas se esconde también un contenido tremendamente metafórico y de un profundo punto de vista humano. Ya que el hombre, como animal racional-pensante que es, el único monumento pasado, presente y futuro que en verdad debería preservar y premiar, y por qué no, hasta venerar, es la naturaleza (y ojo que la menciono en el buen sentido de la palabra) de la Tierra, nuestra tierra que nos da la vida y donde también conviven miles, millones de otros animales. Lo demás, como esas megas construcciones creadas por el hombre y que se han mantenido erguidas durante años como si se trataran de record de Guiness, no son más que puro fetichismo. O si quieres lo podrías ver de esta otra manera: una buen pajaso mental, mirando tal vez como a los americanos se les levanta (¿o levantan?) otro imponente falo habitacional de puro cemento y fierro, mucho más grande, grandísimo, gigantesco, en honor a las ex Twin Tower. Seguro que también otra maravilla mundial más.

Un fuerte abrazo, tu incorregible,
Flujanz

Posdata : Aquí te adjunto, por si aún no te ha llegado, nuevamente mi articulito de Pincho Macho, Machu Picchu, bueno, igual da.


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La noticia





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Por © Frederic Luján

Tuesday, July 08, 2008

La potencia sexual masculina

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Por elRellano.com

¿Quién nos ha metido ese cuento de que hay que erradicar el mal en el mundo?...







Por eso es que Flujanz sigue pensando, mientras mira el mapamundi, allí, bien agachado en el suelo y con la lupa en la mano:
“¡Bobadas! Por el contrario, deberíamos mejor institucionalizarlo. Sí, así es, porque siguiendo los cánones de la globalización, al mal se lo podría organizar perfectamente en filiales a lo largo de los cinco continentes: a ver, por qué no nos aliamos con los fundamentalistas rebeldes del Asia, los corruptos y traficantes de América, los tecnócratas oportunistas de Europa, los pisados come tierra del África, y los relajados de Oceanía; algo se podría hacer también en el Antártico, aunque creo que no valdría la pena ya que ahí ya todo es hielo.”
Y clava eufóricamente en el mapamundi cinco agujas grandes con cabezas rojas, justo en el centro de cada continente y otras más pequeñas con banderitas para algunos países como, Estados Unidos, Inglaterra, Alemania, Francia, Italia, Rusia, Japón y Canadá:
“Se podrían instituir en cada país centros autogestionarios del mal, fundando instituciones altamente especializadas que funcionarían como focos de formación, cosa que a los corruptos se les enseñaría también a ser más y mejores corruptos; construir grandes teatros con verbenas, para que todos los políticos del mundo pudieran exhibir con más arte todas sus farsas; a los niños se les prohibiría terminantemente jugar con muñecas y carritos de plástico, a cambio de entretenerse mejor con pistolitas de perdigones y armas de fogueo; por supuesto que se les fomentaría también ya desde temprana edad la ratería y el escamoteo; se organizarían escuelas subvencionadas por empresas del sector privado para adiestrar a los ejecutivos júnior en la correcta manera de explotar mejor el recurso humano (ojo que se le entregaría también a cada participante un certificado respaldado por la Oficina Internacional del Trabajo OIT); por tratarse de una fuente bastante lucrativa de ingresos, se podría legalizar de inmediato el tráfico de drogas y armamento, aparte de los secuestros, chantajes y apropiaciones ilícitas, por supuesto; indistintamente al tipo de condena que se le haya imputado al procesado, su tiempo de reclusión máximo en las cárcel no sería de más de tres días (¿No dicen acaso que hay que saber también perdonar?, es lo que piensa Flujanz en voz alta); habría que crear centros de esparcimiento y desfogue para violadores, pedofílicos, sodómicos, zoofílicos, catadónicos, onanistas, parricidas, criminosos, místicos, apabullados y pichicateros; ya no existiría el documento nacional de identidad DNI, sino más bien cuando apenas nazca uno, se le tatuarían todos sus datos personales con una plancha caliente al rojo vivo en el culo, o mejor, específicamente en la nalga derecha; se organizaría con los lobistas de la industria del armamento, y claro, también en coordinación con ciertos organismos internacionales como la OTAN, por ejemplo, para que se popularicen las guerras, guerrillas, terrorismo, y en fin, cualquier acto de amenazas o coacciones bélicas; y en vez de sembrar árboles y plantitas en los campos para que se vean más verdes (¡Qué desperdicio, por Dios!, piensa Flujanz, arrugando la frente), se diseminarían minas explosivas, sí, así es, muchas minas; se promovería, en combinación con las empresas tabacaleras y embotelladoras de bebidas alcohólicas, para que cada infante que ya haya cumplido los trece años –requisito obligatorio: el niño o niña deberá bajarse primero el pantalón para mostrar sus datos personales tatuados en la nalga-, pueda consumir por lo menos una cajetilla de cigarrillos ligth a la semana, así como seis latas de cerveza mix endulzada.”
Flujanz mira el amuleto que lleva siempre colgado en el cuello, mueve la cabeza, se concentra nuevamente en el mapa, y clava en Europa y Asia otras tantas agujas, pero esta vez con cabecitas negras en forma de calavera y con dos huesos cruzados en el medio:
“Ah, sí, y por supuesto que ya no habría ni islamistas, budistas, hinduistas, hebraístas, católicos ni protestantes, ya que todos amarían solamente a Satán. Las liturgias serían negras y se practicarían una vez al año, ofrendando, también en honor al día en que Caín le zampó la quijada de burro en la cabeza a Abel, el cadáver de un ser querido a la parrilla y sazonado con incienso de amapola con bastante cánabis. Ojo que, en caso de escasez de ofrendas, cosa que en verdad no creo que suceda, también se podría adquirir un muertito fresco en cualquiera de los depósitos de la morgue central, cerca al distrito de donde viven, y, por supuesto durante los días en que sólo haya luna llena y aúllen también los lobos.”
Ya cansado de pensar tanto, Flujanz clava la única aguja con cabeza verde que tiene en el mapa donde aparece una pequeña, casi desconocida isla, llamada Esperanza, y la marca con la siguiente nota: para continuar mejor mañana.


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Por © Frederic Luján






Tuesday, June 17, 2008

Queridos latinos, todo eso está muy bien, pero...

... tomando como referencia lo que me ha escrito en su último mail una amiga mía, ahora que ha vuelto de Chile, segura que toda oronda y fresquita de ilusiones, acerca de cómo ha encontrado Lima de impecable y ordenada, sobre todo en estos días del V encuentro encumbrado de mandatarios de América Latina, el Caribe y la Unión Europea - ALC-UE, Dios quiera que ojalá todo esto se mantenga y que el teatro de besitos y risitas a doble cachete de Alan García con la Angela (alias Angi) Merkel y otros distinguidos personajes de la UE, tenga verdaderamente sus frutos. Porque eso sí, algo tengo que decirles: no se confundan por las apariencias, por favor. El Perú no es únicamente Lima, ni es tampoco el único representante de América Latina que implora dinero e inversión para demostrar que recién ahí podría también producir más y ser más ordenado y limpio, en el buen sentido de la palabra. El problema más bien es otro y que me parece inconcebiblemente alarmante, de que cómo es posible que en el Perú, de cada dos ciudadanos uno es pobre, y de ese cincuenta por ciento, el 20 % vive prácticamente en extrema pobreza, vale decir, en la miseria, comiendo mas que inmundicia. Y ojo, que esto tampoco no lo he calculado yo sino el propio Instituto Nacional de Estadística e Investigación - INEI de ese país.
Si lo vemos sólo desde el punto de vista de la cumbre ALC-UE, y analizando su situación bajo la perspectiva exclusivamente macro económica, está muy bien que el PBI de América Latina llegue a casi 2 trillones de dólares, un tercio de la producción del Tercer Mundo, y más de lo que produce la China, la India y hasta la Rusia juntas; por supuesto que aquí también incluyo a Brasil, México y Argentina. Cómo es posible entonces, y esto es lo alarmante, que América Latina sea el continente de mayor desigualdad social en el planeta. A ver, ustedes, los que viven en el Perú y de los cuales ya muchos también tienen sus propias empresas y viven, digamos, que no mal, dándose también a veces unos pequeños lujos: ¿por qué no me comentan algo y me dicen cómo solucionarían este mal, ya que todo esto me parece más serio que la polineuropatía distrófica que sufro yo? Analizando nomás el grado de concentración de la riqueza en cada país de América Latina, el 10% más rico de la población gana 30 veces más que el 20% más pobre. En Brasil, Venezuela, Ecuador, Guatemala o Argentina la brecha es aún mayor. En esas condiciones, la bonanza económica no necesariamente se refleja en una mejora en las condiciones de vida de los menos favorecidos. Grávense mejor eso bien en la cabeza.
El problema de fondo, creo yo, mis queridos amigos latinos pollos gordos, no es solamente hacer que las calles se vean siempre limpias y ordenadas y con supermercados y hoteles de cristales con lucecitas sicodélicas en cada esquina, sino lograr más bien una verdadera y auténtica COHESIÓN SOCIAL. Sí, así es, C-O-H-E-S-I-Ó-N S-O-C-I-A-L, y prefiero repetirlo, deletreando cada palabra. Y eso dependerá también en gran parte del interés y conciencia que le pongamos cada uno de nosotros, los latinos, en ayudar a esos que también se esfuerzan noblemente con trabajo honrado pero que, a pesar de todo, se mueren también de hambre, porque casi ni se alimentan y se bañan en aguas con caca. Vale decir, hacer que esa brecha que existe entre el rico y el pobre, el pudiente y el no pudiente, entre un pituco, hijito de papá y un comecaca, más bien disminuya en vez de que aumente, como se puede apreciar perfectamente en la realidad.

Por ejemplo, en Lima, la capital mundial de la hipocresía y del pantallazo, como diría un escritor por ahí, esas marcadas diferencias y discriminaciones las tenemos ahí nomás y a la vuelta de nuestras propias casas (¿o se dice narices?); creo que hasta un ciego lo podría también ver. Sí, así es señores, y no miento porque yo también he vivido ahí y sé de qué hablo. ¡Hasta cuando pues, carajo! O se ponen la pilas los latinos y se ayudan todos entre ellos para que todos sean más bien ricos, felices y exitosos y disminuya así la lista de indigentes en ese continente, o no hacen nada (como siempre) y esperan a que esa grieta de disconformidad y pobreza se separe cada vez más y terminemos un día cayéndonos todos al abismo, sin excepción.

A ver, dejo esta inquietud abierta para ver qué opina el resto, que a lo mejor, de repente, quién sabe, unos de ustedes nos aportaría también algo interesante.
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Sunday, June 08, 2008

El coqueteo

Flujanz, con el afán de escapar siquiera por unos minutos de su recargada agenda como ejecutivo y relajarse un poquito, se sentó a tomar un café en un restaurante, pero, como no podía con su genio, no tardó mucho en volver de nuevo a su rutina, poniéndose a estudiar esta vez los informes bursátiles de un diario. Mientras se sumergía con sus pensamientos, analizando cifras, cuadros y situaciones, justo frente a él y a tan sólo dos metros de distancia, una mujer elegantemente vestida y con porte, digamos que algo dudoso, le tiraba el ojo, coqueteándole atrevidamente.
“Ay, pero si es un bombón...”, pensaba la mujer y prendió un cigarrillo. “Con ese perfil griego, todo canosito y... pero, qué raro, ¿por qué pondrá así sus labios?”
Así era él, cada vez que hojea algo que le interesa, tiene ese espantoso tic de poner siempre labios en forma de culo.
“¡Maldita sea, lo sabía, me chasquearon!” Se decía absorto mientras leía el diario. “Cambiaré mañana mismo a ese asesor financiero. Con la compra que hice el año pasado de ese paquete hueso de acciones inmobiliarias a favor de guarderías infantiles me estoy yendo a pique. Claro, como no, si cada vez nacen menos criaturas en esta Alemania; ya ni con el slogan de papá y mamá feliz que propicia este gobierno creo que salvará a estos teutones. Sí, así es, por cada cincuenta o más vejestorios que deambulan siempre por las calles, no se ve más que un solo pequeñuelo paseándose con su madre por ahí.” Fruncía la frente, contrayendo más los labios. “Mierda, esta vez me guiaré mejor por mi intuición e invertiré nomás en pro de esos vetustos voyeuristas a quienes les gusta la cosa pero que no pueden porque ya ni se les para. Caramba, sería un magnífico nicho de mercado. Además, con tanta comida vitaminizada y terapias anti-aging que les dan, ya hasta les hacen también la competencia en longevidad a las tortugas esas de Galápagos.”
Pasaba el dedo índice sobre el periódico, como subrayando mentalmente su nueva idea.
“¡Ni hablar! Pero si aquí también está, lo dicen las cifras: última cotización por acción al 31.03.08: 25,35 Euros, tendencia sube...” Parpadeaba, se frotaba los ojos “Compraré entonces solamente acciones de Quimofarma AG: esos productos de potencia sexual en base al esperma de cachalote se están vendiendo tan bien, que ya hasta han desplazado al Viagra en dos puntos. Ah, pero eso no es nada, ahí tienen también a su otro producto estrella, los preservativos long live de pellejo de tripas de chancho (creo que la misma tripa la usan también para fabricar las salchichas Frankfurter Würstchen), y que se vendieron este último año ni más ni menos que en veinte millones de unidades. Una barbaridad, más del diez por ciento con respecto al año 2006”
Mientras Flujanz argumentaba mentalmente mejor sus ideas con cálculos de recurso de capital y riesgo, la doña que se había sentado al frente lo miraba más que animada.
“¿Y si a lo mejor es banquero, corredor de bolsa, o algo por el estilo?... ¡Qué tal mina! Tan atractivo que es y encima seguro que con plata...” Se decía la mujer. Fumaba botando argollas; tenía el antebrazo derecho doblado y el codo apoyado en la palma de su mano izquierda. “Sólo que sus cejas me parecen algo pobladas. Sí, demasiado pobladas para esa cara perfilada con nariz de heleno, igualitas a las de ese presidente ruso Brézhnev. Ay, no, felizmente que éste no tiene esa cara de sapo, ni es gordo ni se maneja esa papada. ¿Cómo se llamaba, cómo se llamaba?... Creo que Leoni, Leonid, Leonino, o algo por el estilo.”
La mujer comenzaba también a excitarse.
“¡Noooo, ni hablar!... Tú, mi Leoni II, sí que eres lindo, todo dulce y cremosito...” Lamía con la puntita de la lengua la crema que se había quedado en el borde de la taza de café “Ni me importa tampoco que te manejes esas cejas de escobilla, igual me derretiría encima de tu cuerpo, con esos pectorales todos grandotes y seguro que también peluditos. ¡Qué rico! Mira... ya hasta se me está haciendo agüita, aquí abajo.” Inclinó su trasero ligeramente hacia un lado para acomodarse la faldita; la jalaba a propósito un poco más hacia arriba para que Flujanz le viera mejor las piernas.
Para él, ya todo estaba claro, había que redactar cuanto antes dos cartas: una, diciéndole a ese asesor hijo de puta que mejor se fuera a vender papas en la plaza; ya que cómo era posible que le hiciera gastar treinta mil Euros en guarderías, sabiendo, sobre todo, que en esta tierra de germanos veteranos, hay más ancianos que jóvenes, además, de que también prefieren mil veces cuidar más a los perros, gatos, conejos, cuyes, o sabe Dios que otro animal vertebrado mamífero más, antes de tener que criar a un niño; y la segunda, al grupo financiero ProInvest para comunicarles que mejor anularan todas las operaciones anteriores e iniciaran, si fuera posible mañana mismo, las transacciones para la compra de esas dos mil acciones que Quimofarma AG venía ofreciendo en la bolsa de valores.
No sé, quizá por la sugestión de esa nueva idea suya que le rondaba por la cabeza, o, quien sabe, tal vez por el efecto de esa pipa de agua que se había fumado con un cliente turco antes de venir, pero Flujanz se sentía en ese momento como si estuviera en otra dimensión, otro espacio, o mejor dicho, en su propia oficina y al frente suyo, cómodamente sentada –sólo que algo más caderona y con la cara pintada peor que un apache- su fiel y empeñosa secretaria Pelusa. Se sacó los lentes y mirándola sin mirarla, por supuesto, siguió ahí, estático, como hechizado.
“¡Qué emoción, te sacaste los lentes!... ¡Me estás mirando, me estás mirando!...” Pensaba la mujer, ilusionada. “Y todavía con esos ojitos color verde marino. A ver, separaré un poco más las rodillas que a lo mejor mi cejudito ucraniano me invita también un trago como para salir de este soponcio.” Se secaba el sudor de la frente con un pañuelo bañado en perfume Jilsander Nr.4
La mujer había separado de tal manera sus rodillas que hasta se le podía ver el color amarillo patito de su prenda íntima.
“¿Y?... ¿Qué me dices ahora? Muévete, pues, Leoni II, di algo, ¿o es que no te gusta mi cuerpo? Mira, así, así...” Poco a poco se estaba también impacientando. Se toqueteaba los muslos, las piernas, se lamía los labios, achinaba los ojos, se acomodaba los pechos, jalaba aquí, allá, su escote, que nuevamente la faldita, pero nada, Flujanz seguía ahí, tieso como muñeco de torta “¡Pucha, qué macana!... ¿Será acaso marica?”, pensó la mujer.
Flujanz la tazaba nomás, ladeando su cabeza ligeramente hacia la izquierda y mordiendo el gancho de su gafa, como si se tratara de una musa; abría sus ojos como lechuza, levantando sus tupidas cejas.
“Ajá, interesante, interesante, el margin trading que le pagaría a ProInvest podría registrarlo también como gasto de operaciones en un shareholders’ funds –cuando se trataba de finanzas le gustaba pensar mejor en inglés-, cosa que así el ratio de mis ahorros por costo entre el capital invertido superaría lejos el punto y medio... ¡Excelente! Qué buena idea, pero...”
De pronto, su cara cambió de fisonomía, se puso de nuevo los lentes, apuntó rápido esperma de cachalote y preservativos long live de tripas de chancho en una servilleta, y, juntando sus labios en señal de firmeza, le entregó el papel a la doña esa, diciéndole:
“Pelusa, toma... antes de elaborar las cartas quiero que primero me averigües todo lo que sabes sobre estos dos productos, ¿de acuerdo?”
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Friday, May 09, 2008

Cuando se remueve el lado oculto




Cuando leemos a veces algo que nos choca o repudia, es porque el lector (o sea, nosotros todos los que leemos), en verdad se encuentra con su otro lado, el que no quiere aceptar ni ver, el oculto, furtivo y, por qué no, hasta niño, burlón, cruel, cochino, perverso y degenerado que existe en cada uno de nosotros. Por eso que, cuando un escritor escribe cosas fuertes, directas, digamos que algo subidas de tono, independientemente del género, estructura, registros y estilo que emplee, más cómodo es para el lector, como mecanismos de defensa de su propio Yo, rechazar esa otra cara que existe de la moneda, prejuzgando automáticamente al autor de malo, trastornado y fuera de foco. Y por favor, no me gustaría esteriotipar, pero así somos desgraciadamente todos nosotros. Es curioso, no en vano dicen que el lenguaje es un instrumento con el que los escritores se buscan a sí mismos (aunque muchos, diría la mayoría no lo quieren también aceptar), y una vez que se encuentran hacen lo posible por no ser ellos sino por parecerse al rostro de la humanidad, vale decir: fingidores, charlatanes y tramoyistas.

Generalmente cuando alguien opina o critica sobre algo que ha escrito otro, no lo hace en verdad pensando en los otros ni en la comunidad de sus lectores-seguidores, sino mas bien para protegerse él mismo de su otro Yo que lleva siempre adentro: el indecente, obsceno, directo y el que nunca miente. Ese... sí, ese al que mantenemos siempre castigado, encerrado con candado y que nos implora con su voz: “Sí, sí, por favor, déjame salir, que a mí también me gustaría hacer lo que ha escrito Frederic (por decir nomás un ejemplo), perdón, digo ese escritor, de lamerle la concha y meterle luego la pinga por el culo a la Lolita esa que está buenísima; del mismo modo, colgaría también calato a mi jefe de los huevos –como diría, Frederic, caramba... disculpen, que se me fue otra vez, digo él-, ya que ese, ese sí que es una mierda de no subirle a su gente el sueldo hace como cinco años; por otro lado, y en esto creo que ya no hay nada más que decir: ¡Hijo de puta!, cómo me puedes desear Feliz Navidad si sabes que no tengo ni para comprar un kilo de arroz, ¿eres huevón o te haces?...” Y cosas por el estilo. Pero, no... ¡qué horror, puajjjjj, qué insolencia, como escribe esas cochinadas ese escritor! Escondamos mejor nuestras apariencias y adecuemos la piel de nuestros escritos a como está el medio ambiente, igual que el camaleón, ¿no es así?

Ah, no, felizmente yo ya hace rato que me he librado de ese síndrome, o digámoslo de esta otra manera, falsa careta. Gracias a ese pasatiempo que me da la escritura, puedo ahora afirmar que he aceptado con alegría y humor a mi otro Yo. Por eso cuando escribo, no pienso en el lector, ni me dejo tampoco influenciar por sus opiniones (salvo que las solicite, claro); ¿para qué?, sé que me estaría engañando a mí mismo. Prefiero mil veces abrirme yo de alma, y soltar de vez en cuando esa musa, juguetona, irreverente, sucia, perversa y hasta indecente que mora dentro de mí para que sea ella junto con mi conciencia quien me dicte lo que debo escribir. Después de todo, no son mas que ficciones, solamente.




Nota: Les recomiendo que echen una miradita en las obras de, Bukowski, Kerouac, Cortázar( Un tal Lucas; Cronopios), Pedro Gutiérrez, Bayly, Truman Capote, Herman Hesse, Henry Miller, Céline, Bryce Echenique, Fernando Vallejo.




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Por © Frederic Luján



Monday, April 07, 2008

Originalidad




“Tenemos un defecto: nos falta originalidad. Sí, y estoy seguro de que no me equivoco porque casi todo lo que hacemos o decidimos hacer está copiado o nos lo copian.” Es lo que pensaba Flujanz, mientras caminaba por una calle del pueblo donde vivía.


Y para constatar su hipótesis se prendió de un poste de alumbrado público, todo tieso, y con la mano en la boca fingiendo asombro, comenzó a mirar fijamente hacia arriba con dirección a la bombilla del farol, como si nunca en su vida hubiera visto algo semejante. En medio de ese teatro de contemplación, Flujanz arrugaba el ceño, quebraba el cogote y arqueaba el tronco a propósito, levantando su pierna izquierda y doblando ligeramente la rodilla derecha, tal como seguro lo haría un trastornado en sus momentos de delirio. Sin embargo, su mente y sentidos estaban en otra:

“Ya vez, ¿no tengo acaso razón? Y yo que pensaba que éstos al menos iban a ser más originales. Todos una sarta de eunucos metales y fanfarrones, siempre imitando y haciendo lo que hacen los demás sin saber porque.” Se decía al notar que un grupo de transeúntes que paseaban justo en ese momento por la otra acera también lo copiaban mirando embobados el farol; algunos hasta lo imitaban, tratando de levantar también la patita.

Esto ya comenzaba a gustarle a Flujanz, porque al poco rato y como a quince metros delante de él se le cuadró una familia que por la cantidad de hijos que tenía, hasta podían integrar suave un equipo de fútbol. Todos no hacían otra cosa más que observar extrañados la bombilla como si se tratara de la lámpara de Aladino. El grupo de transeúntes de la acera de en frente de tanto que mirar y mirar sin pestañar ya les estaba dando hasta tortícolis.
Flujanz, ñato de risa, más bien se aguantaba para no desternillarse y sin cambiar de posición, como si se tratara de una versión modernizada del Pensador de Rodin y mordiéndose los dedos de la mano para que no se dieran cuenta, se prendió aún más fuerte del poste de cemento. A los cinco minutos ya no eran solamente veinte ni treinta ni cuarenta personas las que lo seguían con la mirada, sino todos los que vivían en la cuadra; y claro, por supuesto que también el medio centenar de viejitos del asilo de ancianos de al lado.

Pero como Flujanz sabía que de continuar en esta posición tan cojuda, tarde o temprano le iba a dar también un calambre madre desde la nuca hasta los pies, cambió de plano bruscamente tal como lo hacen los reptiles después de unas horas de asoleada y les dijo:

“Discúlpenme pero esto ya me llegó, ¿si ustedes gustan pueden seguir mirando?”






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Correo erótico

La querida de Flujanz, conocedora de las inclinaciones pervertidas de su amado, se encontraba, digamos que algo excitada y decidió escribirle también unas cuantas líneas calientes a su correo electrónico:

“Mi amor, qué falta me haces. Estoy sudando por ti. Te cuento que me he puesto una faldita de esas que te gustan, bien al cuete para que me veas el potito, todo duro y paradito. Ahora que estoy sentada en el borde de mi cama, ay, no tienes una idea de cuánto deseo que me chupetees. Amo tus besos, tus caricias. Ven, mi Cuchicuchi, que me estoy derritiendo, siénteme, manoséame por aquí y los muslos con tus manos recias. ¡Así, así!... ¡Ay, qué rico! Ahora bájame el calzoncito y sóbame la chuchita, ¿sí? ¿Te gusta, mi amor?... Huélemela ahora y dime a qué sabe, ah. ¿Quieres que abra más las piernas? Mmm, cómo siento tu lengua en mi clítoris, muerde mi campanita, tilín, tilín. Así, así, no pares... ¡Ay!¡Au! Suave, despacito, mira que se ha puesto rosadita y puntiagudita, como a ti te gusta, ding, dong, tilín, tilín. Pasaré ahora mi mano por tu pantalón, ¿ya?¿Pero qué cosa tenemos aquí? Está durito y crece, a ver, a ver... ¡Dios me libre!, pero si se te ha puesto enorme, bella. ¡Tremendo pichulón! ¿Te la voy a chupar, sí?... Amor, por favor, escríbeme cuanto antes, ya. Te quiero, tu Lolita.”

Seguidamente, Flujanz leyó también el correo de su jefa, la Doctora Pudor Recato: una mujer de casi setenta años de edad, extremadamente conservadora y devota a propagar siempre las buenas costumbres entre su personal.

“Estimado señor Flujanz:
Usted que siempre escribe tan bien, no sé si nos podría ayudar con la redacción de un pequeño articulito, cortito nomás (no más de 400 palabras), sobre ética para nuestro mural de la cafetería. Cualquier duda o consulta que tenga le pediría por favor que me llame nomás. Agradezco de antemano su valiosa colaboración, mis cordiales saludos,
Doctora Pudor Recato
Gerente General”


Flujanz, como era de esperar, escribió primero la respuesta a su amada:

“Oye, mi perrita, así me gusta que me escribas. Por ti soy capaz hasta de corrérmela ahora mismo. ¡Mmm, qué rico!... Ya me estoy imaginando oler esa rica conchita tuya. Claro que me gustaría meterte la mano, y no solamente eso, cariño, te la metería también por el culo hasta con caquita. Ya vas a ver, jadearás de placer. ¡Uy, qué delicia!, sobándote la campanita de tu chuchita, toda rosadita y lamiéndote esa zorra peluda hasta sacarte todo el juguito. ¿Si quieres te orino también encima? Mi amor, te juro que en este momento se me ha puesto palo. No en serio, espérame entonces calatita en la cama a las seis y con las piernas bien abiertas. Tu esclavo Cuchicuchi.”

Por infortunio, en un momento de confusión y desorden, Flujanz envío por equivocación este mensaje no a su acalorada amante, sino a su jefa, la doctora Pudor Recato. Una hora después, recibió la siguiente contestación:

“Señor:
¡Qué atrevimiento!¡Con quién cree que está usted tratando!... Insolente, porque para escribir semejantes asquerosidades pornográficas hay que ser verdaderamente enfermos. Es usted un desequilibrado, un monstruo. En este momento queda usted despedido y, por favor, no quiero que nunca más pise el recinto de esta digna oficina. ¿Me entendió? Mi abogado ya le enviará los papeles a su domicilio. Un consejo: visite mejor a un psiquiatra.

Doctora Pudor Recato
Gerente General”
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