SecuenciaSonar


-------------------------------------------------------------------------------


C O M U N I C A D O


A mi querido público de lectores y amigos todos, con este pequeño aviso, quisiera por favor que me disculpen pero por motivos estrictamente de tiempo y trabajo que lo necesitaría para terminar y concentrarme sólo en mi segunda novela, en mi blog Flujanz ya no publicaría más artículos ni trabajos literarios hasta durante un tiempo o mejor dicho nuevo aviso. Salvo las producciones musicales y vídeo-clips de SecuenciaSonar, que sí las seguiría divulgando y actualizando cada cierto tiempo en este mismo espacio, así como también en el siguiente link, www.reverbnation.com/secuenciasonar. Por otro lado, no se preocupen que, para todos mis amigos en Facebook y Twitter, seguiré también escribiéndoles como siempre.

En ese sentido, a todos mis fieles seguidores, amigos, lectores y conocidos todos, les pediría que durante este tiempo de ausencia tuvieran también algo de paciencia, que pronto, muy pronto estaría, como siempre, yo y mi excéntrico personaje Flujanz de nuevo con ustedes para seguir deleitando (a unos) o quizá aturdiendo (a otros) con más escritos y ocurrencias mías. Y, bueno, lo fundamental, de paso también ofrecerles, después de mi primera novela ¿Por qué a mí? que ya ha sido publicada también en dos ediciones (2003 y 2008, respectivamente), mi otro gran segundo intento de ficción literaria o, si quieren, llamémoslo una otra historia de esas entripadas mías.


FREDERIC LUJÁN ZEISLER


Alemania, miércoles, 20 de marzo de 2013

www.fredericlujan.com

www.flujanz.blogspot.com

www.reverbnation.com/secuenciasonar




Sunday, March 08, 2009

¿Qué tienes? ¿Te has vuelto loca?...



(Una muestra de lectura del capítulo V de la novela, ¿Por qué a mí?)

(...)

....“¿Qué tienes? ¿Te has vuelto loca? ... ¡Párala, párala, carajo!”, le gritaba, tratando de esquivar su boca.
Quería devorarme a besos, pero como no sabía besar, me lamía la cara como un perro, me mordía todo: labios, oreja, nariz, párpados, hasta el pelo.
“¡Te quiero, te quiero, Félix!” Sus ojos se le blanqueaban, estaba en otro mundo.
“Déjame besarte, papi. Ay, que rico hueles, me encanta tu olor.”
Yo no podía entender que mi propia alumna, mi hija putativa, sintiera tal pasión y amor por mí, y pensé: ¿o no vaya a ser que la coca que inhalé en la mañana tenga efectos alucinógenos retardados? Ella seguía insistiendo como canino. Me mordía toda la cara con sus besos sazonados con chocolate.
“Qué rico, déjame ser tuya, Félix. Te necesito, mi amor, te quiero, te quiero.”
Por sus movimientos inseguros y bruscos, moviendo la lengua sin experiencia, se le notaba que era virgen. Lo único que hacía era bañarme en saliva.
“Enséñame hacer el amor, mi maestrito, enséñame, enséñame, ¿sí?”
Había entrado como en trance, se encontraba en una nebulosa, no me escuchaba y yo muy preocupado pensaba: ¿o de repente no vaya a ser que ella también esté tomando drogas duras? Estaba salvaje. Me manoseaba las piernas, quería desabotonarme la camisa y halarme los pelos del pecho.
“Mua, mua, eres peludito, mi osito.” Zambullía su cabeza en mis pectorales. Palpaba todo el cuerpo “Ay, tus piernas, qué rico, están duritas. Te amo, Félix, bésame, bésame.”
En ese momento, justo delante de nosotros, pasaba una señora con su perro y al ver como Nuria gritaba excitada, forzando sus cariños, se detuvo con aires de madre mortificada y muy indignada me gritó:
“¡Oiga usted! ¿No le da vergüenza? Deje a la niña tranquila, por favor, que ahora llamo a la policía. ¡Qué tal lisura!”
El perro, que era un pastor alemán fornido, también se puso nervioso, me enseñaba sus gigantescos colmillos. Ladraba y halaba fuerte de la cuerda.
“¡Señora, señora! ... Calme a ese perro por favor, que me va hacer picadillo”, dije tartamudeando. Tenía el corazón en la garganta.
“Usted es un depravado sexual. Peor que el loco Perochena. Al panteón lo deberían mandar y morir fusilado sin compasión. ¡Pobrecita mi niña! Mírenla nomás, cómo la están tratando. ¡Socorro, socorro! ¡Policía, policía!”
La vieja seguía gritando. Por momentos parecía como si estuviese también ladrando igual que el perro. Con Nuria no era la cosa, más bien se concentraba en querer introducir su inexperta lengua en mi boca. Yo la esquivaba con movimientos bruscos. Por la forma como se había vestido: con trenzas y polo de Micky Mouse se le confundía fácil con la Chilindrina. Yo tenía dos grandes problemas: a la Chilindrina que me quería violar por amor y al pastor alemán rabioso, queriéndome morder la pierna. Pasaba por un momento de pánico extremo, era como una tortura endemoniada y no sé cómo, pero me armé de valor –igual como lo haría un soldado de guerra que grita en una trinchera para cuidarse del enemigo-, y exclamé:
“¡Basta, basta, carajo, Nuria! ... ¡Déjame en paz!” Y le tiré una cachetada para que saliera de su trance y con mis zapatos tamaño 47, le di un puntapié tan fuerte al perro que lo convertí en un inofensivo cuy.
Me quedé mirando a la vieja intrometida y furioso le advertí:
“Y usted, vieja, no me mire con esa cara de poto, ¿o quiere también que le tire una patada? ... ¡Lárguese de aquí!”...


(...)




* Puede pedir esta novela directamente en:

amazon.com , amazon.co.uk o amazon.de


© Frederic Luján, ¿Por qué a mí?, segunda edición 2008

Sunday, March 01, 2009

¡Me cago... qué crisis ni qué crisis!


Sentados cómodamente en el salón de un hotel, el director de un renombrado diario económico procede a entrevistar a Flujanz, para ello le lanza la primera pregunta de rigor:

“¿Y díganos, profesor Flujanz, qué opina usted a cerca de la crisis económica y financiera a escala mundial?”




Flujanz se ríe, mira hacia arriba, hacia abajo, a los costados, luego se jala la gorra, se acomoda los lentes oscuros como para que no le vean esos ojos inyectados por el porro de marihuana que se fumó hace media hora y le dice:

“¿Crisis? ¿Cuál crisis?... Mire, señor, aquí la única crisis es la del Midlife que sufro yo, usted, y todos los que ya han pasado la barrera del medio siglo, y nada más. ¿No sé si me entiende?... La cosa es bien sencilla de explicar: lo que pasa es que a nuestra edad queremos seguir actuando como si tuviéramos treinta, y es en ese instante cuando empezamos con nuestras majaderías de que por qué no me veo así o asá, o me gustaría esto o lo otro, y comenzamos tontamente a generar excesos y más excesos, hasta que ¡BUM!... Ya no entra ni sale nada y se desparrama toda la mierda, pues. ¿No sé si me explico? ...”

“¿Pero, profesor Flujanz, qué tiene que ver esto con la crisis financiera y la recesión a escala mundial?”

“Elemental, pues. Es que nosotros y el ser humano en general estamos insatisfechos mayormente con todo lo que hacemos y somos, por eso que con el afán de cubrir ese vacío se nos da también por consumir sólo cojudeces que en verdad no necesitamos. Toda esta psicosis que se vive ahora es igual que la de un “onanero” que machuca siempre a su muñeca de plástico, con tal de satisfacer sólo sus imaginaciones. ¿No sé si estoy siendo ahora más claro? ...”

El periodista se rasca la cabeza, tratando de buscar un punto coincidencia, pero nada, no entiende.

“Este, usted disculpe pero la verdad es que aún no le entiendo. ¿Cómo es eso, a ver, explíquese mejor?...”

“¡Caramba! Usted sí que es bien testa dura para entender, no. Me explico de esta otra manera: lo que pasa, y por favor no quiero esteriotipar, pero a los hombres a nuestra edad en general se les da casi siempre por ostentar poder y comienzan con sus masturbaciones de grandeza, comprándose carros cada vez más veloces, casas con piso de mármol y despilfarran tontamente su dinero en cosas suntuarias; aparte, claro, de llenarse también el buche en restaurantes de lujo y dormir en pomposos hoteles con una u otra querida que tiene por ahí escondida. Las mujeres, en cambio, son algo más refinadas, se les da por pintarrajearse la cara con toneladas de cosméticos (¡Carajo, que hasta parecen esas vírgenes guerreras del Amazonas!), o ponerse vestiditos de moda, o transplantarse plástico en las tetas para aparentar como quinceañeras y así tal vez les ligue un date con cualquier chibolo o estudiante de 25 años que encuentran por ahí. ¿No sé si ahora he sido un poco más claro, señor director?”

“Este, bueno, sí... un poco.”




Flujanz, impaciente como es, se para y se vuelve a sentar como si estuviera en su casa, y abre una bolsa de papitas fritas (costumbre que tiene cada vez que lo invitan a entrevistas) y sin ofrecerle siquiera a su interlocutor, se las devora de un porrazo todas y le habla mascullando:

“¿Un poco?... Caramba, ¿en qué idioma quiere entonces que le hable? Lo que pasa que ustedes los periodistas todo lo quieren masticadito y a su manera. Yo soy directo y pragmático, señor. Y a mí se me viene el vómito cuando me obligan a explicar las cosas con palabras rebuscadas, como estanflación, deflación, inflación, burbuja inmobiliaria, hipotecas subprime, paquetes de ayuda coyuntural, valores bursátiles, Bad Bank, efecto Jazz, Tequila, Caipirinha, y sabe Dios que otras cojudeces más. Este, usted disculpe...”



En ese momento, no sé si por la conversación, el porro de marihuana o las papitas fritas, pero igual, le vienen como arcadas a Flujanz y se tapa la boca con un pañuelo. El periodista al verlo así, nauseabundo, le dice muy preocupado:

“¡Profesor Flujanz, qué tiene!... ¿Se siente mal?”




Flujanz escupe un líquido amarillento en el pañuelo y, así mojado como está, se lo mete de nuevo al bolsillo, y le contesta como si nada hubiera pasado:

“Listo. No, no es nada. Ya me siento algo mejor... Mire, mister, la situación es bien sencilla: en este mundo de más seis mil millones de “onaneros” insatisfechos y golosos se consume en verdad mucho más de lo que en verdad se debería consumir, esa es la razón de todo. Por eso la gente se endeuda también hasta la coronilla con tal de hacer realidad todas su fantasías y encima se comparan tontamente con los demás, como diciendo: “Mira, compadre, yo tengo una casa con piscina y caballos y a mis hijos los tengo también en la Universidad de Oxford, y todavía bien vestiditos con su saco y corbata, ya... ¿Algún problema?” El hombre es un materialista compulsivo de primera. Aquí en Alemania y creo que también en cualquier otro país industrializado como Estados Unidos, Inglaterra o Francia, por ejemplo, ¿para qué se necesita producir tantos automóviles? Si con los buses, trenes, tranvías, y hasta con las bicicletas o en patines nos podríamos movilizar igualito. O cuando uno va a un supermercado para comprar una simple sopita en bolsa, uno se tiene que quedar como una hora frente a los estantes, mirando como retrasado mental, ya que por cada cosa que te has propuesto comprar te encuentras por lo menos con cincuenta productos diferentes o similares. Lo mismo sucede en las tiendas especializadas de muebles, artefactos eléctricos, tienda de perfumes, boutiques, casas de moda, y en fin, cualquier local o sitio en donde uno pueda ir a comprarse algo. ¿Y todo gracias a quién?... Nada más que a los codiciosos esos de los empresarios, que cada vez buscan expandirse más y más con sus productos, simplemente por querer demostrar que ellos pueden dominar los mercados y de paso llenarse cada vez más los bolsillos. Para qué entonces nos preocupamos tanto por la crisis, si hoy ya todo está estreñido por no decir saturado, señor, no entra ni sale nada. Un buen supositorio en el culo es lo que deberían de meterse, a ver si les sale también toda esa mierda que tienen atorada...”



Flujanz, como para calmarse un poco, toma un sorbo de una botellita de licor de hierbas que siempre trae consigo.

“¡Mmm, qué rico está este licorcito, mister!... Es que hay que enjuagar pues siempre el paladar con algo, señor. Este, bueno, ¿en dónde estábamos?... ¡Ah, sí, ya me acordé! Hoy en día, para mí el problema central no es la crisis financiera ni económica, sino ese descontento y gula que tiene todo el mundo por tener cada vez más, ya que nada les parece suficiente, señor. El negro quiere ser blanco y el blanco negro, o el flaco gordo y el gordo flaco. Así de sencilla está la cosa. El mismo problema lo tiene en la familia, en el trabajo, y hasta con la profesión que sea. El colapso, o lo que usted menciona como crisis económica, aparece más bien cuando el consumidor (el único y principal culpable en este fatal desenlace) encima ya no le puede devolver también el dinero a los prestamistas, vale decir, a esos bancos o instituciones financieras, y que prefiero llamarlos sanguijuelas, ya que no hacen más que aprovecharse vilmente del dinero de otros, invirtiéndolo en compras de otros bienes, y así obtener ávidamente mejores márgenes de ganancias. Sí, así es... y digo ávidamente porque éstos hijos de puta no se contentan con ganarse alguito en dos ni en cinco años. ¡No qué va!... Sino más bien millones en tres a seis meses, y rapidito nomás, por favor, ya que también hay que mandarlos al toque a Suiza o Liechtenstein. Las empresas, como unidades productoras, se aprovechan de nosotros (los cojudos consumidores) para lavarnos también el cerebro con sus estrategias publicitarias, y así pues caer estúpidamente en su trampa y comprarles todo lo que nos ofrecen, hasta basura en lata, o esa comida sintética fast food de marca americana; los empresarios buscan que el consumidor arrase con cualquier producto nuevo que aparece en los autoservicios o centros comerciales. Sin ir muy lejos, mi primo Chacho, a quien con cariño prefiero llamarlo mejor Chancho, ya que es una sola masa de carne y grasa, en vez de alimentarse normalmente con verdurita y plátano, como lo harían nuestros ancestros los monos, prefiere mil veces ir a un McDonald y llenarse los intestinos con hamburguesas y esas comidas de carne artificial. ¡Qué horror, no! Imagínese, hoy, el pobre tiene tanta grasa en su cuerpo que, ni la carpa de lona que yo uso para salir de campamento, le alcanza siquiera para cubrirle como bata semejante organismo. ¡Ah, sí!...¿Y qué me dice también sobre toda esa ropa y vestiditos que nos ponemos de esos modistas amanerados que se les churretea el culo, sólo para lucirnos y nada más? La luxus lady de mi mujer, por ejemplo, es una de ellas. Un día que estuvimos paseando en un centro comercial por Frankfurt, ella toda cariñosa se me acercó y con su mirada de mujer que sabe siempre lo que quiere, me dijo: “Ay, mi amor, ¿no crees que esta linda cartera de cuero de lagarto Armani se vería también linda con este par de zapatos amarillos Coco Chanel que me acabo de comprar?” Lógicamente casi le digo: “¿Cartera?... Tú estás loca, mujer, ¿a quién quieres impresionar? Pero si ésta sería la décima bolsa de cuero que te compras en dos meses, aparte, claro, de los cien pares de zapatos que ya tienes en el closet...”



Flujanz saca su sexta botellita y se la toma al hilo, casi sin respirar. Luego, ya casi con los ojos bizcos, Flujanz saborea el líquido, mira el envase y le comenta al señor periodista, digamos, que ya más relajado:

“¡Caracho, mire usted!... ¿La verdad que no sé de que material hacen el envase de estas botellitas que, caramba, el contenido se conserva siempre muy bien?... ¡Mmm, está buenazo! Este, bueno.... como le decía, por otro lado, y aquí creo que tampoco me quedo corto, estamos también acostumbrados en tener un televisor para cada cuarto (por si acaso, él de las empleadas domésticas es aparte);radios estéreo con ecualizador y power blaster en el baño, como si al cagar con música la evacuación fuera también más placentera, habría que preguntarles más bien qué música escuchan cuando se les viene una de esas diarreas agudas, ¿quizás una de Haevy Metal?; computadoras multifuncionales y todos esos cachivaches con nomenclaturas en inglés que no los entiende pero ni un puta, como: MP3 Player con iPod, iphone, Digital-Camera DSC-W80HDPR, DVDx ultra digital DTS, teléfono celular touchscreen TMC, y cosas por el estilo. Y como si todo esto fuera poco, hasta con los estudios y capacitación profesional somos unos exagerados: ingenieros en composición con medios electroacústicos, en automatización y control industrial, telemática, informática, telecomunicación, bioingeniería, nano técnica, ciencias del ambiente, ingeniería de alimentos, de económica, etcétera. Como verá, ya todo se ha especializado, o sea, nos hemos llenado más que de súper genios y cerebros de unos buenos para nada; cuando en verdad lo que necesitamos es bajar de las nubes y pisar más la realidad como los naturistas que sí saben hacer de todo un poco, y aprenden más bien a vivir sólo con lo que la Señora Naturaleza nos provee. ¡Me cago... qué crisis ni qué crisis!”

“Pero seguro que usted se está refiriendo solamente a una minoría, la pudiente y la que puede comprar de todo. No hay que olvidar que casi las dos terceras partes de la población mundial vive en la pobreza, aunque asuste decirlo extrema.”

“Sí, efectivamente y a eso quiero llegar. Gracias a esa tercera parte de consumidores trogloditas es que se arrasa también con el resto de las reservas que en verdad sirven para alimentar a poblaciones como África y Latinoamérica, por ejemplo. Como siga esta situación de despilfarro les juro que ya ni el Diosito de arriba nos salvará, y nos quedaremos sin agua, carbón, minerales, plantas, petróleo y todo lo que se necesite para generar más energía en el mundo. ¡Ah, sí!... Y a propósito de Diosito, cómo seremos de estúpidos e ignorantes hasta con todas las religiones y creencias que practicamos, creo que en ese tema nunca nos pondremos de acuerdo cuando en verdad el único principio y dogma es que existe sólo un Dios para todos y punto.”

“¡Interesante! ¿O sea, usted cree que toda la crisis se debe más a un problema de insatisfacción y de exceso en el consumo?... ¿Y qué nos podría decir de Barack Obama, cree que él nos podría salvar?”

“Vayamos mejor por partes. Antes de decirle algo sobre ése negrito buena gente yes we can y con orejas de Dumbo, le responderé una vez más lo que ya le había mencionado anteriormente: Sí. Claro que el problema se debe principalmente a la insatisfacción y exceso, diría casi compulsivo en el consumo y nada más. A mí no me van a meter el cuento de que la crisis económica, financiera, o como quieran llamarla, proviene sólo de los Estados Unidos o se debe a los altos precios de las materias primas, la inflación, crisis crediticia, inmobiliaria, hipotecaria o desconfianza en los mercados. ¡Pamplinas! Esas son más que historias de los economistas pagados por las empresas, para que los omnipotentes de arriba reciban aún más dinero subvencionado por el papá Estado. Eso es todo. ¡Increíble!... Sólo cinco billones, sí... así como lo escucha, CINCO BILLONES de dólares es lo que necesitarían bombear todos los países en el mercado financiero mundial, como para frenar siquiera en algo toda esa ola de insolvencias y bancarrotas. Y mire, ¿qué coincidencia, no?... Justamente los países industrializados que más tienen, son los que más lloran. ¿Por qué será, no? Por ejemplo, aquí en Alemania, una poderosa empresa transnacional cuyo nombre prefiero no decir porque sino me cortan los huevos, después de haber recibido una sustanciosa ayuda financiera por parte del Estado, ¿qué es lo que hace?... En vez de utilizar la subvención para pagar primero a su personal y así salvar su existencia, lo que hacen estos conchasumadres es repartirse primero entre los accionistas los jugosos dividendos, ah, sí... y los pagos de las bonificaciones de seis cifras para el manager son manejados encima en otras cuentas separadas; aducen además cretinamente que el año pasado los estados financieros han arrojado desgraciadamente una ligera pérdida de dos puntos. ¡Si serán conchudos! Y como en todas partes también se cuecen habas, lo mismo sucede en los otros países con los bancos y las inmobiliarias.
Y bueno, ahora sí en lo que respecta a Barack Obama, ¿no cree acaso que es demasiado prematuro como para estar hablando ahora algo sobre ese Cristo Morado?... ¿O cree que sólo porque es negrito (perdón, en verdad café con leche porque su madre es blanca de Kansas) con cara de Fray Martín de Porras y habla bonito, salvará a Estados Unidos y al Mundo entero de esta situación? ¡Absurdo, totalmente absurdo! Lo único que le podría decir de él, y ojo no lo digo yo sino su mujer Michelle que tampoco tiene pelos en la lengua, que cuando se levanta en las mañanas le apesta tremendamente la boca a chivo; sino, obsérvelo nomás en sus discursos como cierra la boca y pasa saliva, seguro que para disimular esa hedionda pestilencia suya; ha contado también su mujer que cuando se va de la casa para asistir a sus reuniones, casi siempre deja también el inodoro desbordado y las toallas en el piso. Así que, por favor, tan perfecto creo que no es.”


“Muchos autores consideran que no se trata de una verdadera crisis, dado que el término crisis carece de definición técnica precisa y que más bien está vinculada a una profunda recesión; es más, algunos hasta dicen que podría finalizar también el año 2010... ¿Qué nos podría decir al respecto?”




“Sabe qué señor, poco a poco usted ya me está sacando de las casillas. ¿O quiere que le vomite esta vez sí en la cara? ¿Cómo quiere que se lo explique?... A ver, usted nomás como director de este distinguido diario y con esa pinta de pituco bien vestido y bisoñé seguro que también elaborado con pelo procesado de uno a quién le han rapado la cabeza en la India, bien que lo he visto también manejar varias veces con dos carros distintos. ¿Seguro que la limusina Mercedes E 200 CDI de seis metros de largo y lunas polarizadas esa que tiene es de la firma, y el otro, el italiano ese descapotable con llantas anchas, apuesto que lo utiliza solamente para salir a pasear los domingos con su ternito blanco y su buen puro Montecristo en la boca? ¿O qué me va a decir de esos dos mil quinientos Euros que recibió del Estado a cambio de cambiar el Renault viejo de su mujer y comprarle una linda carroza VW Phaeton 4.2 V8 de dos toneladas? Ya ve... eso es para mí la única crisis, así que, por favor, no me insinúe cosas como que la crisis no es crisis y de que más bien se trata de una recesión; no me pida tampoco que empiece ahora a pedirle milagros al Fray Obama, Mandinga o a Pichinga. Yo sé que aquí en Alemania, por ejemplo, prefieren mil veces apoyar a la industria automotriz en vez de ayudar a las familias necesitadas para que puedan alimentar dignamente a sus hijos. ¡Para qué pues tanto alarde y pompa! ¡Hoy ya no se construyen edificios sino rascacielos, señor!... ¿No sé si me entiende la metáfora? O si se abre un McDonald en una esquina, inmediatamente aparece al frente y a cincuenta metros otra tanda de fast food’s como Bembos, Pizza Hut, Burger King, y cosas por el estilo. Las Firmas, o mejor dicho los grandes consorcios automotores, farmacéuticos, de energía, grupos financieros, industria alimenticia, metal mecánicas, compañías inmobiliarias y aseguradoras, se amparan con la maldita globalización esa para expandirse cada vez más como ratas, invadiendo terrenos ajenos, la naturaleza, fauna y flora, y explotando personal, sólo para empacharnos con más y más de sus productos. Es lógico, pues, que todo este globo flatulento explote y que nosotros, los únicos imbéciles y principales actores en este escenario, terminemos todos indigestos y abombados, tirándonos pedos entre nosotros de tantos extraños productos que consumimos.”

Al director del diario, lógicamente muy indignado y acalorado por las insolencias de su interlocutor, se le pone la cara roja como tomate y justo cuando pretende ventilarle la última pregunta, se le deslizan unas cuantas gotas de sudor que resbalan a ambos lados del bisoñé y le caen encima de la frente.

“¡Pero... por favor, profesor Flujanz!... ¿Por qué no guarda un poco más de respeto? Además, antes de terminar y plantearnos su solución, quisiera que también retirara todo lo que ha mencionado sobre mi persona.”



Flujanz, ya prácticamente zampado de tantas botellitas que se ha tomado, se para tambaleándose, mete los envases vacíos en su bolsillo, se acomoda la gorra y antes de retirase agrega:

“¿Que le retire?… ¿Qué cosa quiere que le retire si yo mismo estoy también metido en la mermelada? Ah, sí, y por favor, no me llame profesor que me parece huachafo. Más bien le sugiero, señor director, y con todo el respeto que le tengo, que mejor use ese bisoñé como felpudo ya que se le está churreteando hacia un lado. Y bueno, ya que usted me pide una solución, la única que le podría dar es que mejor cambiemos todos de actitud. Sí, eso es, cambiar de actitud, a ver si un día se nos ocurre ser también más humildes, pero en todo... ¿O es que acaso no ha escuchado hablar de que no hay persona pobre con una vida espiritual rica?”

Pasaron como diez años desde esa entrevista y Flujanz, como era de esperar, renunció a todo hasta a su mujer, para irse a vivir calato a una isla casi deshabitada en Polinesia y compartir con los nativos perdón, creo que más con las nativas exóticas y bien despachadas, como le gustan a él, todas las bellas bondades que sólo le puede brindar la naturaleza.


Publica Flujanz

Tuesday, February 03, 2009

En homenaje a mi padre

Mis amigos lectores, como diría el gran Rubén Blades en su preciosa canción de “Tiempos” que también la he incluido más abajo en este post, que para todo hay un tiempo, hasta para morir, esta vez le tocó el tiempo de partir también a mi querido padre, para ir a juntarse seguramente con mi madre allá, al otro lado. Y bueno, por eso que para mí sería también un gran honor compartir ese sentimiento de perdida y dolor que ahora siento por él con ustedes, regalándoles esta vez un emotivo pasaje de mi novela "¿Por qué a mí?”, que escribí en el año 2003 y que ha sido editada también por segunda vez y traducida al alemán, el año pasado.


----------------------------------------------------------------------------------








¿Por qué a mí?

(ISBN 978-3-8370-4938-1; BOD, segunda edición /2008, 340 pag.)


(...)

Fue la Navidad más bonita de mi vida y probablemente también la última con ellos. Podía sentir la emoción de mi madre cuando le cambiaba la ropa, le daba las pastillitas, le echaba talquito en el cuerpo adolorido y dormía junto a ella tal como lo hacía Filo. Podía escuchar sin que me dijese una sola palabra: gracias hijo, cómo me gusta que me atiendas, estoy orgullosa de ti. A mi padre en cambio le ayudé en la noche a levantarse de la silla, para que pudiera acostarse en la cama; le acomodé en la bacinilla para que pudiera también hacer sus necesidades. Todo me daba una satisfacción indescriptible que nunca antes había sentido y muy diferente a las que hasta ahora había experimentado. Cuando cenamos los tres solos, no sentía necesidad de estar con nadie más. Comimos pavo y luego brindamos con un vino chileno bien añejo, a mi padre le encantaba el buen vino; pusimos villancicos navideños y nos repartíamos los regalos, que no eran gran cosa: un par de medias, ropa de dormir para mi madre, una colonia de afeitar para mi padre, un shampoo para Toribia, unos cuantos dulces y una botella de un buen vino francés para las enfermeras.
Esa noche estaba tan pendiente de querer ayudarlos y de que pasaran un momento feliz conmigo que había olvidado mis mortificaciones por completo. Me sentía bien, sin la presión del tiempo o el qué dirán los demás, sin preocuparme de cosas que aún no habían sucedido. Sentía que las vivencias con mis padres esa noche me llenaban de energía positiva. Era algo que llegaba al fondo y se quedaba, permanecía allí, no como las otras experiencias de placeres vagos y mundanos, donde Arévalo, que eran pasajeras.


La hora cero había llegado y tenía que despedirme de ellos. Fui primero al cuarto de mi madre, me senté junto a ella, la miré, me aguanté para no llorar y dije:
“Mutti, te voy a echar de menos.”
No me salían las palabras. Ella no podía hablar, pero sus ojos decían todo, brillaban de alegría, como si fuera una criatura a quien le hubieran hecho el mejor regalo. Me agarró fuerte con la mano que todavía podía mover y me entregó una foto de aquella bella rosa que una vez había plantado para mí y que la había bautizado con mi nombre. Se veía esplendorosa. En el dorso había escrito: “para la felicidad eterna de mi hijo.” Al verla me acordé inmediatamente de lo último que me dijo Alberto aquel día cuando yo estaba dispuesto a quitarme la vida: “y ahora sé optimista y no olvides que entre las espinas también crecen las rosas.” Esa rosa me daba como mensaje que después de un sacrificio obtendría una satisfacción. Ahora me sentía triste, pero al mismo tiempo contento porque sabía que a mi madre le había brindado esa noche el calor de mi cuidado, haciéndola muy feliz. La besé en la frente y se volteó, quería dormir y mientras la veía con los ojos cerrados, le decía despacito:
“Gracias Mutti, por todo. Y ahora sueña, sueña mucho, que siempre estaré contigo.” La acomodé un poco, halé las frazadas y le apagué la luz de la mesita de noche.
Mi padre estaba en la sala esperándome. Se hacía el fuerte emocionalmente, siempre gracioso y espontáneo en sus cosas, pero yo sabía que también le invadía una profunda pena.
“Pensé que te habías quedado dormido, hijo. ¿Y? ¿Cómo la has encontrado?”
“Me he emocionado mucho, Papi. Mira, me regaló la foto de su rosa preferida, la que teníamos en la otra casa, ¿lo recuerdas?”
“Cómo no, si a mí me tenía loco con el abono. Había que echarle siempre Guano de la Isla, creo que era de gallinazo porque apestaba a demonios. Pero valió la pena, lástima que no se podía transplantar. ¿Cómo estará ahora, la pobre? ...”
Miraba la foto. Le hacía recordar los buenos tiempos de cuando la Mutti estaba sana y él todavía podía caminar.
“Qué buenos tiempos eran aquellos y ahora fíjate nomás como estamos”, decía él. Movía la cabeza, hacía ruidos con la boca. “En fin, qué se le va hacer, así es la vida, pues.”
Comenzó con su carraspera.
“¡Hum, hum! ¡Hem, hem! ¡Toribia! ...”, gritaba “Alcánzame por favor un vaso de agua.”
“No, no hay necesidad, deja a Toribia tranquila que yo te lo alcanzo.”
“Bueno, gracias hijo, gracias ... ¡Hem, hem!”
De tanto que tosía soltó también una flatulencia bien sonora. Por lo que se movía poco, se le acumulaban también los gases. Hablaba solo, miraba la foto. Le preparé una jarra de limonada. Yo me había comprado unas cervezas.
“Ten cuidado con el trago, no me tomes mucho, ya. Eso te va a fregar la salud”, me advertía.
Pero ni el cigarrillo ni el trago lo podía dejar. Felizmente no tenía plata, sino hubiera estado también dándole a la coca. Había momentos en que me provocaba, pero no me había enviciado.
“Los voy a extrañar mucho. Detesto a esos NAZIS, allí no me siento a gusto”, le dije.
“No hables tan mal de ellos, que gracias a ese país has podido hacer también tu proyecto OMP, TMP, o como se llame.”
“Ya pues, Papi, no hables así de mi proyecto. Se dice TMC.”
“Bueno, bueno, yo no entiendo de esas cosas, lo único que sé es que más que de mejoramiento ha sido un proyecto de empeoramiento continuo, porque ahora estás más destruido que después de un bombardeo, ... ¡Ja, ja, ja!”
Su apreciación no me causó gracia y él se dio cuenta.
“Discúlpame, Félix, ha sido sólo una broma, ¿me perdonas?” Me acariciaba la mano.
“No, sigue nomás, creo que tienes razón, todo mi esfuerzo de nada valió. Ahora soy un Don Nadie.”
“Qué dices, hombre, tú vales mucho. Fíjate, yo, por mi distrofia, tuve que colgar mi uniforme de aviador y ahora lo único que manejo es mi silla de ruedas y tal vez no por mucho tiempo, porque las manos están también que me joden.” Tosió de nuevo, tomó la limonada. “Si acaso ahora me fuera al más allá, qué sería de mi Mutti, así que mejor me dedico a cuidar mi saludcita.”
Admiraba el coraje de mi padre. El amor que le tenía a mi madre le impulsaba a seguir siempre adelante con optimismo.
“¿Tienes ya todas tus cosas? No te olvides de llevar tus pasajes, el pasaporte y lo más importante, cuida mucho tu dinero, guárdalo siempre en un lugar seguro. Yo estoy convencido que vas a encontrar trabajo pronto, tú eres un hombre inteligente. Ten cuidado nomás con las mujeres, amarra ese pájaro, ¿me entiendes?”
“Sí, no te preocupes, que por todo lo que me ha pasado ya no quiero saber nunca más de ellas” le dije, y brindamos juntos, golpeábamos los vasos.
“No digas eso, hombre, ahora no exageres, que de repente te me vuelves maricón y ahí si que te desheredo”, dijo
El taxi tocó el timbre de la casa. Toribia abrió la puerta y exclamó de pena:
“¡Ay, Dios! Ahora se va el joven Félix.”
Comenzó a llorar y le siguió luego Filo, María, la planchadora y el jardinero. Mi padre se aguantaba. A mi madre en cambio le habían dado una pastilla tranquilizante para se quedara dormida, la tensión del momento le podría afectar el corazón que ya bastante delicado lo tenía. Yo mudo de la emoción, se me había ido el habla, pasaba sólo la saliva. Mi padre en un rincón de la sala, todo acurrucado en su silla, me miraba con mucha pena. Sus ojos se le pusieron rojos y dijo:
“Qué tengas un buen viaje y aprende a ser feliz.”

(....)


------------------------------------------------------------





















Carlos Alberto Luján Ramírez ( † 10.06.1921- 30.01.2009), pionero de la aviación civil en el Perú.

























Director y co-fundador de la Compañía Peruana de Aviación Faucett. S.A.















Condecoración recibida por el Minisitro de Aoeronáutica del Perú

























De todos los aviones que mi padre manejó, estos dos habían sido sus engreídos.




Publica Flujanz

Por © Frederic Luján

Wednesday, January 07, 2009

Las heces del ser humano





Antes de pasar a regalarles el interesante artículo que escribió en estos días Jaime Bayly, sobre las toneladas de heces que produce el ser humano (si gustan, podrían leer también la desgracia de Prudencio ) solamente me gustaría recalcar que este producto natural, conocido también en el lenguaje soez como caca para unos o mierda para otros, goza, a pesar de todo y según los sicoanalistas, de un buen cimiento como para presagiar algunos beneficios inesperados. Imagínese, algunos comentan que cuando uno sueña con caca, este perdón, digo sustancia excretada, podría asociarse también con dinero, mucho dinero. ¡Caramba!... Eso quiere decir entonces que yo, que cago como dos veces al día (en mi cumpleaños y navidad hasta tres), debería de ser ya hasta millonario, ¿o no? Por otro lado, si estos sueños van acompañados con asociaciones de perversión, sadismo, o miedo a introducirse en cuevas, cavernas, túneles pedregosos y alcantarillas (tal como nos lo describe el guacha floja de Bayly en su artículo), podría tratarse también de un notorio desarreglo de la personalidad; aunque, claro, creo que para este caso más podría referirse a una metáfora hiperbólica sobre la mierda y basura que es y será siempre el HOMBRE.

Publica Flujanz
Por © Frederic Luján

-----------------------------------------------------------

Aquí va el artículo:

Un final hediondo
Por Jaime Bayly


No me gusta lamer genitales ni que laman los míos. No me gusta si se trata de mujeres o de varones. Me disgusta especialmente lamer genitales de mujeres y en muy raras ocasiones me puede gustar (aunque esto ya no me pasa hace años) que una mujer bese los míos.No me gusta penetrar orificios de mujeres y varones. No me gusta introducirme en cuevas, cavernas, túneles pedregosos, alcantarillas. No me gusta hundir mi fatigado colgajo en la baja policía de los individuos de este mundo. No encuentro placer alguno. Me da miedo, angustia y eso que ahora llamen estrés. Soy un enemigo de toda forma de penetración y, por extensión, de toda forma de pene que intente penetrarme.En efecto, no sólo me disgusta introducir mi desdichada verga comatosa en cualquier orificio humano, seco o lubricado, sino que me disgusta todavía más que alguien, por lo general un varón, intente horadar el reducido y estragado agujero que controlan mis esfínteres para evacuar el vientre, una operación que, con cuarenta y cuatro años ya casi cumplidos, me resulta cada vez más ardua, seguramente por la masiva cantidad de psicotrópicos que están destruyendo mi hígado y mi vida en general, aunque paradójicamente dicha destrucción no parece exenta de placer, reflexión y conocimiento cabal de mis propias miserias.Lo único cierto a estas alturas es que soy un hombre solo, que no me interesa el sexo en ninguna de sus formas y que estoy condenado a vivir a solas el resto de lo que me quede por vivir, que presiento que no será mucho.Y no porque me parezca glamoroso o sexy morir joven sino porque ya no encuentro sentido alguno a la vida y siento que hice todo lo poco que tenía que hacer. Lo que confirma, sin la menor duda, que soy un mediocre, un pusilánime, pero un mediocre feliz, con la sensación del deber cumplido.Lo que me obsesiona últimamente es que lo único seguro en los miles de millones de humanos que poblamos el planeta, en los miles de millones que nos han antecedido y perecido en el caos puro que es la frágil existencia humana, es que el ser humano puede ser bruto o inteligente, emprendedor o haragán, simpático u odioso, puede producir una idea ingeniosa o innovadora o ser un perfecto inútil, puede dejar una contribución valiosa a la humanidad o, lo que es bastante más común, ser una insignificancia ridícula y prescindible en el contexto de la historia de la especie humana, un accidente genético que no sirvió de nada ni mejoró en modo alguno la evolución de los mamíferos parlantes que somos; pero, dentro de esa variedad de monos devenidos hombres que somos, una cosa es segura, irrefutablemente segura: lo que siempre produce el ser humano, no importa su cultura, su religión, su lengua, su sexualidad, es mierda, un montón de mierda, toneladas de mierda. El ser humano es, en efecto, y sin excepción conocida, una máquina de producir mierda. No es muy seguro que sepa producir otras cosas de valor o excelencia, pero sí lo es que a lo largo de su existencia va a producir una masiva, importante cantidad de mierda pestilente, kilos, toneladas de heces y estiércol apestoso. Me pregunto cuánta mierda producirá en promedio un ser humano a lo largo de setenta u ochenta años de vida. Me pregunto cuánto pesará toda esa mierda, en cuántos camiones de remolque cabría. Lo poco que he podido investigar es que un occidental caga en promedio 130 gramos de mierda al día y un africano caga 185 gramos diarios. Calculando la población mundial en unas 6 mil 300 millones de personas cagando sin descanso, podríamos calcular a la ligera (con alto temor a equivocarnos) que los seres humanos producimos alrededor de 950 millones de kilos de mierda cada día. Es mucha mierda. Me pregunto si no sería rigurosamente cierto decir que la mayor parte de los humanos que hemos poblado y poblamos este planeta hemos sido consistentes y porfiados productores de mierda y de nada más que nos sobreviva, salvo aquella mierda que se recicla en el mejor de los casos y contamina, en el peor. Cierto es que hay algunos escritores, pintores, músicos (artistas, como les gusta llamarse a sí mismos), pero la mayor parte de ellos han añadido a su miserable caca humana esa otra forma de mierda procesada y de muy dudoso prestigio intelectual (y cuénteseme por favor entre ellos). Pocos son los que, además de mierda, han dejado a la humanidad algo que posea un cierto valor artístico, una belleza indudable que perdure por siglos y nos conmueva y redima de nuestra condición de productores profesionales de mierda.Lo que me lleva a un par de cuestiones un tanto descorazonadoras. Una, ¿cuánta mierda puede haber producido la humanidad desde que el hombre descargó el primer mojón en cuclillas y sin papel suavizante a mano? ¿Podría medirse toda esa mierda que el mundo ha producido en siglos de guerras, genocidios, barbaries y felonías, que sólo han confirmado que de mierda estamos hechos y pura mierda somos? Y la otra, que creo que la especie humana, siendo como es una fábrica incesante de mierda, y habiéndose multiplicado en proporciones alarmantes desde las cuevas hasta la modernidad superpoblada, lo que desde luego aumenta de modo considerable el volumen de mierda que depositamos discretamente en desagües, silos, albañales, alcantarillas y a veces sobre tierra firme como los perros o los gatos, está condenada a destruirse, no por el calentamiento global o en una guerra nuclear, sino ahogada en su propio mar de mierda. Veo el futuro con pesimismo: habrá tanta gente cagando y tanta mierda en los ríos y los mares y tantos glaciales derretidos y tan poca agua limpia, que no habrá forma de que la especie humana deje de extinguirse y perecer bajo el peso abrumador de las toneladas de mierda que lo envenenarán todo y acabarán con la poca agua limpia que quede y nos infectarán de las peores enfermedades y de las más resistentes bacterias alojadas en las heces humanas. Siglos de homínidos odiándose y entrematándose en nombre de unos dioses asesinos confirman que somos, ante todo, unos cagones, unos grandísimos cagones, y que tal vez habría más justicia en el mundo si todavía gobernasen, a su despótica manera, los dinosaurios y tiranosaurios. Cagones como somos, máquinas de producir caca como somos, será nuestra propia caca la que acabará con la humanidad. Y no habrá Dios ni juicio final ni castigo a los pecadores, que todos cagamos por igual y si Dios existe, seguro que cagará también y a lo mejor hasta con crisis de estreñimiento, viendo el desmadre que ha creado. Lo que habrá es un planeta entero cubierto de mierda, apestado a baño de estadio, y millones de moscas y cucarachas que habrán de sobrevivirnos y a lo mejor crearán formas de gobierno probablemente menos crueles que la democracia capitalista. Sería justo por eso que la mayoría de los avisos de defunción publicados en los diarios del mundo terminasen de esta honesta manera: Ha muerto Fulanito de Tal. Vivió tantos años. Cagó tantos kilos de mierda. Fuera de eso, no hizo nada que valga la pena de mencionarse. Pero la gente, claro, se esconde para cagar, echa aerosoles para disimular el olor hediondo de sus deposiciones esforzadas, procura ocultar lo que es un hecho cierto e irrebatible: que los seres humanos producimos mierda en todos los casos y muy excepcionalmente alguna buena idea.

Tuesday, December 30, 2008

¿Qué tal pasaron la Nochebuena?



Queridos amigos todos, ¿qué tal pasaron la Nochebuena?... ¿Comieron su pavito relleno, o su patito desplumado con salsa de vinagre y orégano nomás?.... Ándele, cuéntenme pues con toda confianza, sobre ese día veinticuatro tan importante, por no decir mistificado, y donde dicen algunos (seguro que también drogados a punta de opio y marihuana), que una mujer que era virgen parió en una choza a un niño, o a quién más tarde sería el Poeta Hippy de las Naciones, perdón, digo el flower power y super dotado Jesus Christ Super Star, y en fin, si quieren, pónganle ustedes también la chapa que quieran. Yo en cambio, ¡Dios me libre!, esa noche me tiré tal empachada de chocolates que al día siguiente tuve que botar como cinco veces todos mis pecados en el excusado. Pero bueno, no se preocupen que mañana treinta y uno de diciembre, el último día del año, les prometo que de todas maneras brindaré por ustedes, siquiera con tecito, que carajo, todavía sigo botando mierda.

Con cariño para todos,

Flujanz



Publica Flujanz

Sunday, December 21, 2008

Mierda, otra Navidad más y siempre lo mismo...


Mis queridos lectores, esta vez tengo que confesarles algo: cuando veo, sobre todo en esta época de Navidad, como mi mujer, familia y amigos se alocan (como todos) para salir a comprar, o mejor dicho a gastar tontamente para regalarme correas, camisas, calzoncillos, ropa interior, medias, corbatas, perfumes, champú y todas esas cojudeces que en verdad no necesito porque me sobran, simplemente inclino la cabeza para reflexionar: “¡Mierda, otra Navidad más y siempre lo mismo!... Es que no entienden que lo que necesito en verdad es que me regalen SALUD y nada más que SALUD.” Pero bueno, como desgraciadamente no me la pueden regalar, tampoco me queda otra que bajarme el pantalón para probarme esos nuevos calzoncillos con elastán, que encima me ajustan tremendamente los testículos.

Feliz Navidad pues, mis queridos tramoyistas glotones, y, ya saben, cuidado con comer mucho panetón que eso atraca también los intestinos. (si quieren abran aquí )

Publica Flujanz
Por © Frederic Luján.

------------------------------------------------------

Como complemento de mi escrito, me gustaría que lean también este controvertido articulo de Gabriel García Márquez que lo escribió en el año 1980, y en el cual yo también concuerdo plenamente:


Estas Navidades siniestras
Por Gabriel García Márquez
(EL PAÍS - Opinión - 24-12-1980)

Ya nadie se acuerda de Dios en Navidad. Hay tantos estruendos de cometas y fuegos de artificio, tantas guirnaldas de focos de colores, tantos pavos inocentes degollados y tantas angustias de dinero para quedar bien por encima de nuestros recursos reales que uno se pregunta si a alguien le queda un instante para darse cuenta de que semejante despelote es para celebrar el cumpleaños de un niño que nació hace 2.000 años en una caballeriza de miseria, a poca distancia de donde había nacido, unos mil años antes, el rey David. 954 millones de cristianos creen que ese niño era Dios encarnado, pero muchos lo celebran como si en realidad no lo creyeran. Lo celebran además muchos millones que no lo han creído nunca, pero les gusta la parranda, y muchos otros que estarían dispuestos a voltear el mundo al revés para que nadie lo siguiera creyendo. Sería interesante averiguar cuántos de ellos creen también en el fondo de su alma que la Navidad de ahora es una fiesta abominable, y no se atreven a decirlo por un prejuicio que ya no es religioso sino social. Lo más grave de todo es el desastre cultural que estas Navidades pervertidas están causando en América Latina. Antes, cuando sólo teníamos costumbres heredadas de España, los pesebres domésticos eran prodigios de imaginación familiar. El niño Dios era más grande que el buey, las casitas encaramadas en las colinas eran más grandes que la virgen, y nadie se fijaba en anacronismos: el paisaje de Belén era completado con un tren de cuerda, con un pato de peluche más grande que Un león que nadaba en el espejo de la sala, o con un agente de tránsito que dirigía un rebaño de corderos en una esquina de Jerusalén. Encima de todo se ponía una estrella de papel dorado con una bombilla en el centro, y un rayo de seda amarilla que había de indicar a los Reyes Magos el camino de la salvación. El resultado era más bien feo, pero se parecía a nosotros, y desde luego era mejor que tantos cuadros primitivos mal copiados del aduanero Rousseau.
La mistificación empezó con la costumbre de que los juguetes no los trajeran los Reyes Magos -como sucede en España con toda razón-, sino el niño Dios. Los niños nos acostábamos más temprano para que los regalos llegaran pronto, y éramos felices oyendo las mentiras poéticas de los adultos. Sin embargo, yo no tenía más de cinco años cuando alguien en mi casa decidió que ya era tiempo de revelarme la verdad. Fue una desilusión no sólo porque yo creía de veras que era el niño Dios quien traía los juguetes, sino también porque hubiera querido seguir creyéndolo. Además, por pura lógica de adulto, pensé entonces que también los otros misterios católicos eran inventados por los padres para entretener a los niños, y me quedé en el limbo. Aquel día como decían los maestros jesuitas en la escuela primaria- perdía la inocencia, pues descubrí que tampoco a los niños los traían las cigüeñas de París, que es algo que todavía me gustaría seguir creyendo para pensar más en el amor y menos en la píldora.
Todo aquello cambió en los últimos treinta años, mediante una operación comercial de proporciones mundiales que es al mismo tiempo una devastadora agresión cultural. El niño Dios fue destronado por el Santa Claus de los gringos y los ingleses, que es el mismo Papa Noél de los franceses, y a quienes todos conocemos demasiado. Nos llegó con todo: el trineo tirado por un alce, y el abeto cargado de juguetes bajo una fantástica tempestad de nieve. En realidad, este usurpador con nariz de cervecero no es otro que el buen san Nicolás, un santo al que yo quiero mucho porque es el de mi abuelo el coronel, pero que no tiene nada que ver con la Navidad, y mucho menos con la Nochebuena tropical de la América Latina. Según la leyenda nórdica, san Nicolás reconstruyó y revivió a varios escolares que un oso había descuartizado en la nieve, y por eso le proclamaron el patrón de los niños. Pero su fiesta se celebra el 6 de diciembre y no el 25. La leyenda se volvió institucional en las provincias germánicas del Norte a fines del siglo XVIII, junto con el árbol de los juguetes. y hace poco más de cien años pasó a Gran Bretaña y Francia. Luego pasó a Estados Unidos, y éstos nos lo mandaron para América Latina, con toda una cultura de contrabando: la nieve artificial, las candilejas de colores, el pavo relleno, y estos quince días de consumismo frenético al que muy pocos nos atrevemos a escapar. Con todo, tal vez lo más siniestro de estas Navidades de consumo sea la estética miserable que trajeron consigo: esas tarjetas postales indigentes, esas ristras de foquitos de colores, esas campanitas de vidrio, esas coronas de muérdago colgadas en el umbral, esas canciones de retrasados mentales que son los villancicos traducidos del inglés; y tantas otras estupideces gloriosas para las cuales ni siquiera valía la pena de haber inventado la electricidad. Todo eso, en torno a la fiesta más espantosa del año. Una noche infernal en que los niños no pueden dormir con la casa llena de borrachos que se equivocan de puerta buscando dónde desaguar, o persiguiendo a la esposa de otro que acaso tuvo la buena suerte de quedarse dormido en la sala. Mentira: no es una noche de paz y de amor, sino todo lo contrario. Es la ocasión solemne de la gente que no se quiere. La oportunidad providencial de salir por fin de los compromisos aplazados por indeseables: la invitación al pobre ciego que nadie invita, a la prima Isabel que se quedó viuda hace quince años, a la abuela paralítica que nadie se atreve a mostrar. Es la alegría por decreto, el cariño por lástima, el momento de regalar porque nos regalan, o para que nos regalen, y de llorar en público sin dar explicaciones. Es la hora feliz de que los invitados se beban todo lo que sobró de la Navidad anterior: la crema de menta, el licor de chocolate, el vino de plátano. No es raro, como sucede a menudo, que la fiesta termine a tiros. Ni es raro tampoco que los niños -viendo tantas cosas atroces- terminen por creer de veras que el niño Jesús no nació en Belén, sino en Estados Unidos.

Tuesday, December 02, 2008

Meme Neguito de Nicomedes de Santa Cruz - versión Flujanz



Publica Flujanz

Por © Frederic Luján

Así se aprende desde niño...



Dos niños juegan con sus patos de plástico en la piscina del club.
“Mi patito es más bonito que el tuyo, ya”, le dice el niño grande y fuerte al otro.
“No, que...”
“Que sí...”
“Que no... ”
El niño grande coge el pato del otro y lo zambulle al fondo de la piscina.
“Caca, malo, ahora ya no tienes patito.”

Publica Flujanz

Saturday, November 08, 2008

El cuestionamiento






Flujanz, esta vez más reflexivo de lo normal, se mira en el espejo de su baño y comienza a cuestionarse:

“¿Será acaso que con los cincuenta plus que acabo de cumplir y enfermo hasta las cangallas me haya vuelto desdichado? ... Porque, claro, aprovechando que la histérica y loca esa de mi mujer se ha ido de viaje, quizás podría ser más feliz si es que dejo de masturbarme siempre como un imbécil en el baño y en lugar de eso me tire de una vez a la cocinera esa que está buenísima; o, qué tal si, ahora que mi colesterol ha bajado siquiera un poco, me devorara yo solito una sabrosa pierna de cerdo a la brasa y refrescarme la garganta con un litro de cerveza al hilo. Pero no, mejor no, Flujancito, tú estás jodido. Piensa: esa felicidad o como mierda quieras llamarlo no existe. Termina en el momento en que empieza a manifestarse. Nunca llega a ser una situación continuada: cuando no tienes nada necesitas, cuando tienes algo, temes. ¡MIERDA, qué tal joda!”

Flujanz se baja el pantalón y comienza, como siempre.


Publica Flujanz
Por © Frederic Luján

Esto pasa cuando se miran en el espejo

Publica Flujanz

Por videosLegais.com.br

Friday, October 10, 2008

La carta




Carlos agonizaba, le quedaban pocas horas de vida. Estaba acompañado por la enfermera de turno en el cuarto de cuidados intensivos de la clínica. Su cuerpo se encontraba conectado a una máquina que controlaba las pulsaciones de su débil corazón. Al fondo en una esquina, la enfermera controlaba atentamente sus signos vitales en un monitor. Su respiración era lenta. Casi no sentía el dolor de su cuerpo –hace media hora le habían inyectado una doble dosis de morfina- pero su mente estaba todavía lucida, podía recordar todo como si fuera ayer. Eran sólo los órganos los que ya no le respondían. Carlos sentía como por sus venas, arterias y vasos capilares fluía esa sangre espesa, infectada con células malignas. Un tumor en el hígado había debilitado todo su sistema inmunológico y un carcinoma se propagaba agresivamente por todo el organismo. Encima del velador en un lugar visible había un sobre cerrado donde decía: Para mí hermano Julián; y junto a él, un número telefónico escrito con letra grande en un papel y pegado a la mesa con una cinta adhesiva. Dentro del sobre se encontraba una carta que él había escrito unos días antes con gran dificultad por los tubos que tenía inyectados en el brazo. En ella decía:


“Querido Hermano:

Quería comenzar esta carta llamándote a ti como lo hacíamos cuando estábamos juntos en el colegio, donde éramos verdaderos amigos o si me permites el denominador hermanos: Te decía Musculín, eso te gustaba... ¿Lo recuerdas? Desde pequeño te agradaba lucir tus músculos, tu fuerza corporal; y yo, cómo te envidiaba por tener esa anatomía, el Sansón, el Hércules de la familia. Yo fui siempre el escuálido, el de la sinusitis crónica, el de las infecciones bronquiales, neumonías y todo lo demás; siempre más enfermo y más débil que tú. ¿Y cómo es la vida, no?... pues parece que así moriré. Creo que el ácido desoxirribonucleico me salió medio defectuoso. A ti te gustaba mucho el deporte. Representabas al colegio en casi todas las disciplinas: natación, carreras de cien metros planos, vallas, salto alto, largo, triple, en triatlón, decatlón y todas las que terminaban en “ón” –es decir, un campeón olímpico nato. Qué tal entusiasmo y capacidad física tenías. Te clasificaste hasta en dos Bolivarianos de natación. Recuerdo que a mis padres también les diste una gran alegría, todos estábamos muy orgullosos de ti. Buena por eso, Musculín. ¿Practicas todavía tu joggen? Siempre te había gustado correr, jugar a la paleta, tenis y todo lo que sirva para mantener tu bello cuerpo de Goliat, bien formado. Dime mejor la verdad y nada más que la verdad, que eso quedará entre nosotros: ¿Te gustaba tu cuerpo, no? ¿Vivías para él, te complacía verte siempre en el espejo y apreciar como se desarrollaban tus fibras musculares, no era así? Y no me niegues porque te he visto; tampoco tiene nada de malo, cuántos quisieran tener esa estructura corpórea: esos paquetes musculares con esa composición de tendones, nervios y fibras. Eras toda una institución atlética, para mí la anatomía perfecta; creo que si hubieras vivido unos 450 años antes de Cristo, Mirón te hubiera contratado de inmediato como modelo para hacer sus esculturas: con esos brazos que parecían piernas y un abdomen más duro que el concreto. Sigue adelante, mi Musculín, y espero de todo corazón que no abandones nunca tus músculos, así te mantendrás siempre fuerte y sano. Cuánto no daría por tener un físico así. Discúlpame el atrevimiento de seguir llamándote Musculín, sé que ya han pasado varios años desde que nos vimos por última vez; me corroe la curiosidad de saber cómo se te ve ahora, pero no importa, así te guardaré siempre en el recuerdo, mi hermano fortachón.
Tú sabes que el deporte nunca me había gustado, prefería los libros: en una noche me podía comer una enciclopedia entera. Nunca olvidaré ese día en la clase de historia universal donde me había aprendido de memoria toda la historia de Sócrates con puntos y comas –tú también te debes de acordar, haz un esfuerzo-, me había identificado de tal manera con su vida que me imaginaba ser él mismo en persona. Los de la clase me miraban con envidia y rabia –igual que tú, mi hermano fortachón, y no lo niegues porque te decían: Oye Julián, ¿tu hermano se reencarnó en Sócrates o qué? ¡Chupa medias de profesores! ¡Saco largo! Al decir verdad y respetando el orden cronológico de la historia, admito que también había algo de cierto, porque claro, que después de Platón y Jenofonte, me hubiera gustado también ser discípulo de ese gran filósofo griego, maestro de todos los maestros. Quizás por eso adopté sin saber el método de la mayéutica cuando dictaba mis clases universitarias: me fascinaba instruir a los demás con preguntas inductivas. ¿Siempre fui así, no?... Gozaba luciéndome en el colegio y eso a ti nunca te gustó –¿Dime la verdad, te hacía sentir incómodo, me detestabas? ¡Confiésalo!; recuerdo que hasta nos pusieron en la misma sección, la “B”; querían hasta sentarnos juntos en la misma carpeta y tú te revelaste, fuiste malo, repulsivo y desconsiderado conmigo. Te juro, Musculín, nunca comprendí esa reacción tuya, ¿por qué tanta perturbación, si yo no mordía? ¿Qué era lo que no te gustaba de mí: mi estatura, cómo me vestía? Si yo –mansa paloma- nunca te había hecho nada, era tranquilo. ¿O será porque sentías envidia, rivalidad? Sí, eso debe haber sido: porque me gustaba el estudio y a ti no, verdad. Pero a pesar de eso tú eras mi brother. Aunque no lo creas, pero te admiraba mucho, muchísimo, claro que a mi manera, y tú no te dabas cuenta. ¿O a lo mejor te incomodaba mi presencia porque al cambiarnos de colegio tuviste que repetir un año y yo no? ¿Tenía razón? ¿Era eso lo que te molestaba?... Júralo, Musculín, que tampoco me voy a resentir. Habías tenido también problemas con tres cursos. Compréndeme por favor, y te lo escribo con toda la autenticidad del caso: quería simplemente demostrarte que yo también podía ser en algo tan bueno como tú, y nada más. Además, admítelo, tú nunca fuiste para el estudio ni menos para la lectura y los libros.
Los del colegio, recuerdas, eran también unos desgraciados, malos amigos, te tildaban de inepto, bruto, te apodaban: Cerebro de pajarito o Turtupilín. Jimmy y Toñín eran los que más te molestaban. Sin embargo, tú no eras el único, a mí también me fastidiaban, les gustaba poner sobrenombres a todos: a mí me decían Platanazo, Sacuara, Maguila el Gorila, Pasmarote –caminaba siempre colgando los brazos y doblando el tronco hacia delante-; y a las mujeres, les decían: Mandril, la Porky; había una que era un poquito sueltita con los hombres y la bautizaron con el nombre de Perra... Tú lo sabes bien, Julián; te la comiste un día en el quiosco durante el recreo largo: cerraste la puerta con candado, le bajaste la falda y... ¡bundungún!, le metiste tu pieza, la machucaste todita, gritaba de placer. La hiciste muy feliz, pendenciero. Todavía tuviste el descaro de contármelo con lujos de detalles en la casa. Eso sí, hay que reconocerlo que con las mujeres del colegio eras experto, vivían enamoradas de ti, se te derretían todas: ¿Te acuerdas de la gorda Magali, cuando te esperaba ansiosa durante los recreos y toda cariñosa te regalaba siempre chocolate el Cuzco –un dulce concentrado que se usaba sólo para la repostería-, hasta con dedicatoria y todo?... Haga usted memoria, hermano: terminabas con una diarrea monstruosa que bajaste de un porrazo cinco kilos. Solamente después de haber salido del colegio y te casaste, te tranquilizaste por completo; diste un vuelco de trescientos sesenta grados, mi hermano. Qué tal cambiazo que habías dado: ¿Cómo lo lograste? ¿Tuviste un encuentro con la Virgen María y te absolvió de todos tus pecados? ¿Visitaste a San Pedro? ¿Te convertiste en el Espíritu Santo? Qué te pasó don Juan, seductor irresistible de colegialas, campeón de tiro al blanco. Si tú habías sido quien me enseñó por primera vez a onanar, o como se dice vulgarmente: a correr la paja. Eso nunca lo olvidaré, y te lo digo con todo la consideración que te tengo: no debiste hacerlo, no debiste instruirme en esos placeres viriles, debiste dejarme así de inocente con la mano tranquila; porque más adelante terminó gustándome de tal manera, que me masturbaba cada hora; la mano se me volvió epiléptica; algunos pensaban que sufría hasta de Parkinson. Lo tengo bien presente como si fuera ayer: un día nos fuimos al baño juntos y yo todo inexperto te pregunté: ¿Cómo se hace el amor?, ¿por qué a veces en la mañana siento cosquillas en los genitales, crece y se me pone duro como palo?, ¿de qué tamaño la tienen los adultos?... etcétera, etcétera. Y tú, hombre viril, me demostraste con lecciones prácticas cómo es que se podía estirar más rápido, y me decías: “Qué cojudo eres, ven bájate el pantalón que te voy a enseñar primero a masturbarte. Mira, se hace así...” Así fue, te lo cuento ahora sin pudor: te bajaste también el pantalón sin vergüenza y le diste rienda suelta a tu mano, ejercitaste tu pieza flácida con movimientos tan sincronizados que se te puso al ratito como tronco y, luego disparaste ese líquido lechoso como metralleta. Así fue, hermano mío, y no me abochorna escribirlo: fuiste tú quien me enseñó por primera vez a copular, a ejercitar la bayoneta para hacer tiros al blanco; a eyacular los espermas y sentir la felicidad en su máximo esplendor. Hacíamos hasta competencia quién la daba más rápido y escupía la lechada más lejos. Esas cosas no se olvidan, hermano: disparábamos a todas las direcciones, y tú, te sorprendías porque a pesar de yo ser más flaco y débil, la tenía grande y gruesa. A partir de allí me tomabas siempre el pelo llamándome Jumbo. ¡Ayayay, qué tiempos aquellos, no!
Cambiando de tema y haciendo un poco de remembranza de cuando éramos aún unos niños que cruzábamos la primaria: Yo siempre quería ser más bajo, aborrecía mi prominente estatura y para aparentar menos, andaba siempre encorvado. Los de la clase me fastidiaban siempre y yo no sabía defenderme. Era tímido, retraído. Tú, en cambio, te mantenías valiente. Sí que te hacías respetar, me sacaba el sombrero ante ti: con tu fuerza granítica, agarrabas a quien te molestaba o te ponía sobrenombres, lo llevabas al baño y lo descuartizabas sin compasión. Por tus condiciones herculianas imponías siempre mucho respeto, cómo te envidiaba. A veces te extralimitabas un poquito, por no decir te pasabas de la raya, no medías tu devastadora fuerza gladiadora. Lo puedo recordar clarito: cada vez que jugabas fulbito con los de cuarto, tirabas tales cañonazos que le rompías los lentes a uno que le decían Huaco... ¡Pobre, Huaco! Con esos pelotazos le desfigurabas la cara y lo volvías más feo de lo que era. Eso no era justo, pues, mi Musculín. ¿Por qué le hacías eso? Si todos sabíamos que tú eras el mejor puntero del colegio, bastaba con sólo mirar tus piernas de rinoceronte. ¿Era necesario demostrar tanta agresividad? Cada semana escogías a una nueva víctima. Un día con tus puños de Trinitrotolueno, reventaste el estomago a Arturito solamente porque no te gustaba su forma amanerada de ser. ¿Qué culpa tenía el pobre de sufrir desequilibrios hormonales?; o a Chicho, con su voz de pito, le arrojabas siempre en plena clase y sin compasión todos los restos de las frutas que comías: cáscaras de plátanos, pepas de mango, medio melón. No, querido hermano, eso no se hace. Espero que te hayas calmado un poco. Te exaltabas con facilidad. Se te hacía difícil controlar tu temperamento volcánico. Más que respeto, te tenían miedo, terror, algunos hasta miccionaban por temor a que les hicieras algo. ¿De dónde sacabas tanta fuerza, si papá y mamá nos alimentaban siempre por igual –con avena Tres Ositos y bastante jugo vitaminizado? Te envidiaba por tener esa fuerza. ¿Dime la verdad, o es que le dabas también a los anabólicos?
Con las palabras eras igual de explosivo que con el cuerpo. Un día en la clase de castellano, después de jugar un disputado partido de fútbol en el recreo, apareciste en clase todo sudoroso, abanicándote de calor con el libro “Claves del Español” –el texto básico de enseñanza-, y la profesora te preguntó muy consternada por qué no prestabas atención, y tú inmediatamente, hombre valiente, temperamental, gladiador indomable, sin importarte nada ni a nadie le contestaste: ¡A usted qué carajo le importa! ¡Mona de mierda! Los cuarenta que estábamos en el salón nos habíamos quedado pasmados, con la boca abierta. Te juro que en ese momento no sabía dónde esconder la cara, sinceramente hubiera preferido no estar allí, me moría de vergüenza. Pero a pesar de ello y muy en el fondo te admiraba, a eso se llama tener cojones, carácter, porque yo nunca me hubiera atrevido a decirle semejante cosa –a pesar de que ganas no me faltaban.¡Bravo, mi Hércules!, te ganaste un nombre, salvaste el honor de nuestra clase, así se hace. La insultaste con tal seguridad y convicción, entonando aguerridamente los vocablos “carajo” y “mierda”, que nos dejó atónitos. Sin embargo, prométeme que para la próxima cuando quieras inferir a una persona no emplees esos vocablos ordinarios, vulgares. ¿Dónde está la educación que nos dieron papá y mamá? Fuiste siempre muy directo y crudo, y me decías: “al buen entendedor pocas palabras”; sólo que a veces escogías cada sustantivo, verbo o adjetivo, que horrorizabas a cualquiera.
Siempre te he tenido mucho respeto, pero, no sé por qué, también miedo, o mejor dicho pavor y todas sus posibles derivados. Eras imprevisible, hermano lindo. En algunas circunstancias también se me hacía muy difícil tratar contigo, tal vez porque nuestros caracteres no armonizaban. Me gustaría darte un consejo aunque venga de un conejo: cuándo sientas que se te suba la mermelada, acuérdate mejor de la Santa Paciencia y verás que te irá mejor. Hablando en serio: ¿No podías acaso controlarte? La verdad, hermano de mi corazón, a veces creo que mejor debiste haber nacido en otra época, luchando junto a Julio César, conquistando el imperio Romano con armadura de hierro y la espada bien desenvainada. En este tercer milenio globalizado, de gente civilizada y tecnócrata, donde más vale la maña que la fuerza, tanto exhibicionismo ya no vale. A veces conviene usar más la tutuma, retroceder un paso para luego avanzar dos. Y por favor, si por si acaso todavía no te has calmado, pues te pediría que te apacigües –controla esos instintos recios y no te exaltes ahora conmigo, reza dos Avemarías y la oración de la Serenidad. Pero es que te lo tengo que decir: ¡Fuiste un desgraciado conmigo! ¡Injusto, abusivo! ¡Un bravucón desalmado!... ¿Recuerdas cuando jugábamos ladrones y celadores en el jardín de la casa? Me ahorcaste sin compasión con tus manos que parecían un par de alicates; creo que ese día tomaste muy en serio el rol del celador en el juego, ¿o qué? ¡Qué barbaridad para triturarme el cogote! ¿Por qué lo hiciste, Musculín, contéstame, qué te tentó? ¿Si era sólo un juego? ¡Carajo!... Me dolió mucho, muchísimo. Pero no le dije nada a mamá, y sabes por qué, porque talvez allí sí hubieras terminado ahorcándome por completo y te hubieras quedado sin tu hermanito querido.
¿A ver, qué habría pasado, cómo habría quedado después tu conciencia, recapacita, ponte la mano en el corazón? Tus dedos se quedaron marcados en mi cuello como tatuajes. Recuerdo que demoré mucho días, semanas, en recuperarme del susto y perdonarte, pero te perdoné de todas maneras, hermano; y mejor no me preguntes por qué, pero lo hice –no soy rencoroso. Pero tú, insensible, seguías tratándome con ojos de celador, frío, sin sentimientos, como si ese juego no hubiera terminado nunca. ¿Por qué pues tanto rencor, tanta agresividad junta? ¡Confiésate! ¿O preferías verme muerto, no era así?
Discúlpame y lamento decírtelo, pero a partir de ahí mi miedo también aumentó, pero no te lo mostraba por temor a que te aprovecharas más de mi debilidad. Pero allí estaba, latente como esperando un día el desenlace final. A pesar de tu agresividad, te admiraba, tenías algo que me llamaba la atención, me gustaba tu forma jovial y abierta de ser, eras sincero, emotivo, dadivoso. Nunca te hacías problemas, vivías sólo el momento y disfrutabas de la vida. Tenías más cualidades positivas que negativas y muchas habilidades. Al pescar por ejemplo, eras todo un campeón sacando cangrejos, zambulléndote casi tres metros al fondo del mar; te introducías valientemente entre las peñas rocosas de las playas San Bartolo, La Tiza y Santa María. Qué agilidad, con qué destreza te trepabas sobre esos pedruscos resbaladizos, tenías tal dominio de tu cuerpo que yo mismo me sorprendía. Un temerario pescador. Hubieras podido ser la inspiración de Ernest Hemingway para su personaje principal en: “el Viejo y el Mar” –talvez le cambiaría el nombre por: “el Musculín y el Mar.” Te podías quedar horas y horas en la misma posición, esperando a que un pez picara tu anzuelo. ¡Carajo, y sí que lo lograbas! Lo que pescabas no eran peces sino cetáceos, esos animales eran gigantescos. Viniste un día a casa todo orgulloso y llenaste la tina de esos cangrejos inmensos. Traías otra veces pulpos y otras especies acuáticas raras. Te despertabas temprano (cinco de la madrugada o algo así), correteabas por toda la orilla y atrapabas los Lenguados con la mano con una presteza soberana. ¡Qué tal rapidez! Por un tiempo tu afición a la pesca fue tan grande que le dijiste a mi mamá un día que querías ser igual que Tumba –un pescador veterano que proveía siempre pescados frescos a los restaurantes más conocidos de la playa-; querías tener un barquito y perderte en el mar hasta que caiga el sol y regresar con todo un cargamento de animales oceánicos. A nosotros nos sorprendiste con tu propuesta, palabra que por un momento me pareció que hablabas en serio: lo dijiste con tal firmeza y convicción, que me dejaste más congelado que el océano Ártico.
Me hubiera gustado tener siquiera la tercera parte de todas tus cualidades. Nadie te podía ganar, para mí eras el mejor, tenías oro en tus manos. Pintabas también muy bonito, hasta ahora guardo los retratos que hiciste de papá y mamá en la casa, son hermosos; además, de todos los otros trabajos manuales que solías hacer, uno más ingenioso que el otro: la lámpara de cartón, esas cometas inmensas que podían volar tan alto, la mesa de madera que la usábamos para las parrillas, y muchas otras cosas más. Ojalá sigas con esas inclinaciones artísticas; uno nunca sabe, a lo mejor un día, a alguien se le ocurra hacer una subasta pública de todos tus trabajos y ahí sí... ¡Agárrate Catalina!, podrían valer mucho más de lo que te imaginas. Así que ya sabes, mi hermano artistón: a guardar bajo llave y con candado todos tus trabajos –¿me lo prometes, que hablo en serio?-; no todos tienen ese don que poseen tus manos.
Yo me incliné por algo más concreto: el estudio, una carrera, seguir una profesión sólida para poder ganar dinero, mucho dinero y ser famoso. Quería demostrarte que yo también sabía hacer algo: y escogí la carrera de Administración de Empresas. Ambicionaba ser jefe, sí, eso quería ser, un gerente inquebrantable, que no se dejara influir por nadie –como dicen los americanos con sus palabritas de moda: un manager, to be the business-; quería tener bajo mi mando a muchas personas. Desde pequeño me gustaba que los otros hicieran los trabajos menores y que trabajaran solamente en pro de mis metas. Disfrutaba más organizando, planificando actividades con otros; los engañaba vilmente, porque les hacía creer que conmigo podrían alcanzar más fácilmente sus objetivos. Fui un falso líder, un reformador egoísta. Me extralimitaba con las órdenes de trabajo, exageraba con las metas –a veces inalcanzables- un soñador de cosas grandes, fama y éxito. Vivía ciego de la realidad, sin disfrutar nunca del momento. Y tú te dabas cuenta y comenzaste a despreciarme, a mirarme con malos ojos –igual que ese día cuando me trituraste el cogote jugando a los ladrones y celadores. Confiésalo, franquéate conmigo hermano, que ya no tengo nada que perder: ¿Era así, no? ¿No me engañes, mira que te escribo con el corazón? Tú habías sido siempre más conformista que yo, más sencillo: vivir la vida era tu lema. Qué curioso, después de todos estos años, y ahora que me encuentro tirado en esta maldita cama, esperando la muerte, puedo comprenderte mejor el verdadero porqué de tu forma de ser. Así es, recién ahora cuando ya no puedo hacer nada, me he dado cuenta de lo verdaderamente valioso en la vida. Ahora te digo con franqueza: ¡Caramba, hermano, tú sí que sabías aprovechar de tu existencia! Ahora te envidio más que nunca. ¡Mierda!... Me he dado cuenta muy tarde. Yo que te advertía todo orgulloso: “Ya verás que un día de éstos...” o “Cuándo logre ésto o lo otro...”; y tú me refutabas moviendo la cabeza: “Tú eres un idiota, no sabes vivir. Ay, Carlitos, ¿cuándo aprenderás?” Ahora aquí, postrado en este lecho de dolor, esperando que el cáncer termine de carcomerme el cuerpo y luego me devoren los gusanos, me pregunto: ¿Qué es lo que en verdad logré en la vida si nunca fui feliz? ¿Hice algo productivo para los demás aparte de sólo trabajar y ganar dinero? ¿Es eso vivir? ¿Es acaso tener éxito demostrar que uno sabe más que el otro sin aplicar a conciencia las cosas que uno divulga? Ahora pongo las cosas en una balanza y reflexiono: ¿De qué me valió el éxito si nunca lo compartí con nadie? ¿Adónde me llevó ese borrascoso camino que yo elegí y que ahora terminará? ¿Fui en verdad sincero conmigo mismo? ¿Escogí la ruta adecuada para ser alguien? ¿Qué ejemplo he dejado a los demás, cuáles han sido mis logros?... Pues me contestaré yo mismo: sólo un poco de dinero que tengo depositado en una cuenta corriente y que nadie lo puede tocar porque es intransferible, la póliza de un seguro de renta y un carro viejo que ahora espera a que un día alguien lo maneje o lo demuela como chatarra, y nada más. Eso es lo que he logrado en la vida, mi apreciado Julián. Si quieres, te puedes también quedar con todo. En pocas palabras, ¡no logré nada en estos puta años de existencia!¡Absolutamente nada! Moriré solo, vacío, solitario en este cuarto, sin amigos ni familia ni nadie quien me quiera. Talvez te reirás de mí e incluso te complacerá –la venganza es dulce-, y lo puedes hacer, que tampoco me molestaré. Yo sé que fui el único culpable de mi desdicha y nadie más. Fui un imbécil, sí, un pobre y triste imbécil, y no me avergüenzo ahora de decírtelo porque nunca viví el momento: esos minutos, horas, días, semanas, meses y años que se iban cada vez más rápidos y que no volverán nunca más. Mi ego cada día se inflaba más y más, parecía un globo aerostático, volaba sobre nubes. Nadie, pero absolutamente nadie podía saber más que yo; me consideraba el Dios de la sapiencia, el Sócrates del siglo veinte, un teórico omnipotente que nada practicaba. Asimilaba conocimientos de otros, aprendía de memoria libros. Ahora me pregunto golpeándome con piedras en el pecho: ¿para qué tanta teoría sino supe nunca aplicarla con sabiduría? Fui sólo un descarriado que andaba por un camino vacío, frío, lleno de vanidad y codicia. ¿Qué diferente éramos, no hermano? Te congratulo y a la vez de envidio porque ahora eres RICO; sí, y no te rías que hablo en serio, hasta te lo marcaría en el frente: posees ese gran tesoro llamado Paz y Alegría que yo nunca tuve. Enhorabuena, mi Musculín, te mereces un nuevo título académico: A nombre de la Nación, el Rector de la “Universidad de la Vida” otorga el título de “Doctor en Paz y Alegría” a don Julián Córdova García. ¿Qué tal? ¿Te gusta? Eres doctor, el Doctor Julián Córdova; te puedes sentir importante, ya que yo me quedé sólo con Licenciado. ¿De qué me valió ese rótulo si por adentro siempre fui vacío?
Me dio mucha pena que después de la muerte de mamá nuestra hermandad se haya resquebrajado por completo. Mamá había sido mi único consuelo y sustento emocional, la quería horrores. No sé por qué, pero tú siempre habías creído que ella me engreía sólo a mí, como si yo fuera su hijo mimado. Pues te equivocas rotundamente hermano, y pongo la mano sobre la sagrada Biblia: por el contrario, ella era capaz de dar su vida por nosotros, nos quería a los dos por igual. No olvides nunca que fue ella quien nos engendró y protegió en su vientre y nos hizo también grandes; sólo que yo desde chico siempre fui algo más débil que tú: el enfermo y raquítico. ¿O es que ya se te olvidó cuando me internaban siempre en la clínica cada vez que me venía la gripe? Podían freírme hasta huevos en la frente por las fiebres que me venían; ni los supositorios de elefante con vaselina que me ponía y que me irritaban el ano la podían bajar. Por eso es que mamá me protegía un poco más a mí. Tú en cambio siempre fuiste el toro de la familia, nunca te enfermabas. No lloré delante de ti cuando ella murió, simplemente para demostrarte que también podía ser tan fuerte como tú; luego en casa y a escondidas no aguanté más y explote en un llanto descontrolado, tenía ganas hasta de quitarme la vida; y tú, hermano aguantador y fuerte, por primera vez mostraste también tu lado débil: inundaste de llanto el velatorio delante de todo el mundo y me dijiste sin medir las consecuencias de tus palabras: que yo era un insensible, frío como el hielo, que ni llorar podía. Te juro que ese día me partiste el alma, me acusaste infundadamente, y yo te contesté con un nudo en la garganta: “Cómo es posible que me digas eso, si fui yo quien la acompañé siempre en su lecho de dolor, ayudándola en todo, en las buenas y en las malas.” Ese día fuiste muy injusto conmigo, te comportaste vilmente como si yo fuese un hombre sin corazón, un mal hijo que no quería a su madre. ¡No, Julián! ¡Eso sí que no! Yo también tengo mi corazoncito, quizás no tan grande como el tuyo, pero lo tengo. Ese día sufrí doblemente: uno por la muerte de mi madre, y otro por ti, porque me decepcionaste profundamente. Te perdoné muchas cosas en la vida pero eso de haberme llamado insensible ante la muerte de mi mamá, creo no te lo perdonaré ni aún después de muerto.
En esa época me esforzaba por querer ser una persona famosa, buscaba las relaciones con gente influyente, importante entre comillas; anhelaba ser como ellos, donde la notoriedad y el materialismo se encontraba en primer plano. Fue así como tú y yo casi ni nos veíamos. Fue el inicio del fin entre nosotros. ¡Lo sé!... y por favor no me digas ahora nada, lo puedo leer en tus pensamientos: eso nunca te había gustado, no comprendías mi forma egoísta y utilitaria de proceder. Y es también cierto que nunca me interesó tu opinión. Perdóname, Julián, lo único que yo quería era alcanzar a como de lugar mis objetivos y nadie, ni tú, podían impedirlo. Si quieres, ahora pégame a puñetazos, ven y mátame de una vez (me harías un gran favor), quítame de una vez la vida. Quería también hacerte de menos. Me deleitaba rebajándote: tú trabajabas en una agencia naviera haciendo trabajos menores, o qué sé yo, y yo, ya era jefe de un laboratorio transnacional y enseñaba en la universidad. Qué bien que me sentía así, viéndote abajo, disminuido, machacándote el orgullo, cómo si todo las cosas que yo hacía, hubieran sido lo más importante en la vida. Tú no me decías nada, más bien me ignorabas de una forma muy astuta, me observabas de lejos, siguiendo cada cosa que hacía y cómo me comportaba. Ignoraste siempre mis logros, y eso, ¡cómo me reventaba! –dime acaso que estoy equivocado-; lo notaba clarito, me amargaba tu indiferencia, menospreciabas mi esfuerzo y eso me dolía. Lo hacías a propósito para que sintiera las punzadas de mi falso orgullo. ¡Sí, eso había sido! Y no me digas ahora que es mentira, Julián. Tú no solamente has sido más fuerte físicamente, sino que además, demostraste ser más sabio, no te dejaste nunca afectar por mis malas intenciones. ¡Carajo!, cómo admiro tu vivacidad y esa forma siempre abierta y franca de ser. Créeme ahora estoy arrepentido. ¡Perdóname, perdóname, hermano de mi corazón! Yo el académico sabelotodo y tú el bruto, el menos capaz e incompetente; yo el jefe todopoderoso y tú el pobrecito empleadito de oficina, subordinado, dependiente. ¡Cómo he podido ser tan desalmado contigo! Sé que pequé y ojalá que el de arriba también me perdone, pero me regocijaba con esas comparaciones pecaminosas, deshonestas, endebles, falsas. Por más que tratabas de disimular se te notaba el malestar en la cara, te acalorabas con facilidad, y yo me divertía de lo lindo. Todo había sido una farsa, hermano, una ficción que ahora quisiera borrar: yo era en verdad el acomplejado; tú valías mucho más de lo que te imaginabas. Y te lo digo no porque ahora me estoy muriendo sino porque siempre lo he pensado así.
Recuerdo un día que me dijiste: Ya para de hacerte siempre el importante que vas a ganar sólo enemigos. A nadie le interesa tus éxitos. Qué sabias palabras, hermano, porque así fue verdaderamente, nunca pude vivir en paz, me gané de muchos enemigos; mi vida fue una constante lucha. Y tú me mirabas con una mezcla de sentimientos, creo que con más pena, que molestia. Te había desilusionando por completo. Estudié otras especialidades, quería hacerme más conocido en el ámbito profesional, buscaba sólo la fama, notoriedad, popularidad, me encantaba tomar la delantera en todo. Vendí mi alma al diablo, lo reconozco, y ahora te doy toda la razón. Tú seguiste trabajando en lo mismo durante un tiempo y te decidiste por algo muy inteligente: casarte para formar una familia. ¡Bravo hermano! Supiste escoger el camino indicado. Conociste a tu mujer en tu trabajo y como era también de esperar, a mí ella nunca me agradó –no nos podíamos ver ni en pintura. ¿De seguro que tu mujer también te hablaba pestes de mí? Claro, cómo no... si eran marido y mujer, vivían el uno para el otro, se amaban, se querían con pasión, como un par de tortolitos. ¡Cuñadita!... A usted sí que no la puedo tutear, si me permite, y con todo el respeto que le tengo, le escribo también estas líneas: Por favor, cuñadita... ¿No se amargue pues conmigo, cámbieme de cara, piense más bien en cosas positivas, en el amor que le tiene a su marido, vuelque toda su energía y conviértala en pasiones de amor, sí? ¿Le sigue preparando su plato preferido con frijoles: y espero que sean los canarios porque los negros, sí que lo hinchan a uno, qué tales flatulencias? ¿Julián ya debe tener barriguita, no? Carambas, cómo le engreía usted siempre con la comida. No tenga temor, métale nomás cuchara en la cocina, que a nuestra edad ya la pinta es lo de menos. Cuñadita, por favor, ya no me odie más, mire que estoy arrepentido de todos mis pecados veniales porque de los mortales, mejor ni le cuento, eso será tarea de San Pedro. Lo único que quisiera decirle es que tenga también misericordia con este pechito que está enfermito. Mire que me estoy muriendo, cuñadita, ¿no me tiene acaso pena?; tenga pues un poquito de compasión que tan malo no soy: quizás un poco mujeriego con inclinaciones algo livianas. ¿Qué? ¿No me cree?... Bueno, pues, o si quiere, llámelo con toda confianza: tendencias libidinosas, que tampoco me avergüenzo. Pero con usted nunca me he metido, ¡ni en pensamieto, por favor! –prefiero la rubias y con minifaldas (por si acaso es broma). ¿No me aborrezca, pues, cuñadita? Piense en los católicos, en Cristo que murió por nosotros los pecadores en la cruz (yo también lo haré, pero echado en esta maldita cama). ¿Quiere que le diga algo?... Usted se ha casado con el mejor marido del mundo: Julián es un esposo abnegado y muy fiel, incapaz de acostarse con mujeres intrusas y putañeras como yo; su corazón late solamente para usted, señora cuñadita, palabra de hermano; pongo hasta mi mano huesuda al fuego por él. Sí, sí, ya sé, usted se preguntará: ¿Y que fue de esa noche cuando llegó tarde oliendo a ese perfume penetrante Chanel Nr.5?... No se preocupe, cuñadita, estése tranquila que yo fui el culpable: lo tenté a que se acostara con Nani; es que la carne es débil, Usted compréndalo por favor, no sea rencorosa que Dios castiga; aprenda a perdonar. Sé que nunca debí hacerlo y Usted disculpe, pero Usted siempre me pareció una mujer muy seria, demasiado formal para mi hermano; quería solamente que se soltara un poquito esa noche. A Nani le gustaba también los tipos musculosos y bien formados: “¡Ayayay, qué guapo, me gané la lotería!”, exclamó ella toda caliente, y... ¡suácate!, se aventó a lenguazos a mi hermano. Felizmente que terminó en besuqueo nomás, yo mismo los separé y le dije a Julián: “Julián, contrólate un poco, la noche también hay que compartirla, ella es para mí. Cálmate que tú ya estás casado, reserva mejor tus municiones para tu mujer.” Eso fue todo, cuñadita. ¿Ya ve que no había pasado nada? Así que le pediría encarecidamente que en este momento, sea buena, acérquese donde su marido y demuéstrele ese gran amor que le tiene: béselo, mímelo, cocine sus frijoles flatulentos y dígale lo mucho que le quiere. ¿Me lo promete? Mire que pronto yo le estaré también vigilando desde arriba o desde el infierno, no importa.
Y tú, mi querido hermano, también no me mires ahora con mala cara, sabes perfectamente que nunca he podido con mi espíritu mujeriego: un día con Pocha y otro con Chichi, etcétera, etcétera; nunca nada fijo; conviviendo sólo con putas refinadas, probando conchas peludas, culos y tetas. No, hermano, tú eras muy diferente: amabas verdaderamente a tu mujer, dabas todo por ella, se te notaba en los ojos. Tus sentimientos eran honrados. Quién como tú porque yo nunca había amado a nadie, más que a mí mismo: prefería los amores de una noche –y mejor ni me preguntes con cuántas porque ni me acuerdo. La única relación que duró un poco más de los nueve meses fue con Karina, pero que luego la mandé al diablo porque me estaba estorbando: Yo viajaba mucho a provincias y eso me estresaba. ¡Ay, hermano, si te contara!... Por esa época yo era un jodido de mierda, un juerguero insoportable, quedó hasta escrito en los anales de la historia del vicio y perdición limeña: mi pinga se revoloteaba como culebra, nadie podía frenarme; me creía un supermacho, hacía lo que me daba la gana.
Sin embargo, hermano, y por más que casi ni nos veíamos, nunca podía olvidarte, te tenía siempre muy presente. Te admiraba no sólo por tú forma de ser, sino porque, además, vivías con una mujer que te amaba, igual que tú a ella; compartían juntos los momentos buenos y malos de la vida. Querías formar un hogar temprano, te gustaba la vida familiar y les dijiste a mis padres que te mudarías a un departamento más grande como para preparar la cría. Tenías otras metas en la vida, querías tener hijos para poder brindarles una adecuada educación, afecto y mucho cariño; formar un hogar con calor humano, transparente. Mi hermano, te trazaste los objetivos más nobles y que darían un verdadero sentido a tu vida: La Familia. No como yo que terminé solo, sin nadie, viviendo del recuerdo, frustrado y enfermo. Recién cuando tus dos hijos se hicieron grandes, pude también comprender por qué es que le habías dado siempre más importancia a la familia: tus hijos Julián Jr. y Enriquito, habían sido tus mejores logros –un par de muchachos fuertes, sanos, bien educados y muy inteligentes. ¡Bravo, hermano, así se hace! Cuánto me gustaría ahora abrazarte y decirte: “Musculín, tú eres un hombre de pundonor, un ejemplo de padre y esposo abnegado.” ¿Por qué no pude ser como tú, si crecimos juntos, bajo las mismas condiciones, con los mejores padres del mundo y que nos querían a los dos por igual? ¿Por qué, por qué, Julián? ¿Por qué malgasté tontamente mi energía en cosas superfluas, sin sentido? Ahora, desgraciadamente ya es tarde, todo se oscurece. ¡Me estoy muriendo, hermano! Sí, ya pronto me iré... ¿De repente cuando termine esta carta, o dentro de una hora, en esta noche, o talvez mañana? Me marcharé para siempre; entregaré mi cuerpo y voluntad al Todopoderoso; porque eso sí Julián, habré sido un mal hermano, desconsiderado, egoísta y putañero, pero la fe en Dios nunca la he perdido, me hicieron católico y moriré como tal. Como último deseo me gustaría que llegado el momento, me bendijera un cura con los santos óleos y me dieran también cristiana sepultura. Eso sería todo. ¿Por qué es que nos separamos y comenzamos a odiarnos, hermano, si en el fondo, en lo más profundo de mi ser quería ser siempre como tú? ¿Por qué es que recién después de cincuenta años me doy cuenta cómo he desperdiciado tontamente mi vida? Si tan sólo te hubiera hecho caso y hubiera aprendido de mis errores, todo habría sido mucho más fácil. ¿Ahora a dónde me iré? ¿Qué vendrá después?... No lo sé, ni tampoco me interesa. Lo único que deseo en este momento es estar bien con mi alma, por eso que te escribo esta carta; y te lo afirmo por última vez, aunque seguro que no me lo creas: tú eres y serás siempre mi ADMIRADO HERMANO.

Cuídate mucho Musculín, y no cambies nunca. Tú hermano que te quiere, Carlos.”

La enfermera vio en la pantalla de control que las pulsaciones de su corazón eran irregulares: sus curvas marcaban picos altos y bajos con gran frecuencia y en intervalos muy cortos. Eran ya los síntomas irremediables de la muerte que se avecinaba. Se paró y atinó a llamar rápido a ese teléfono que Carlos había escrito en el papel.
“Aló... ¿quién habla?”, contestó una voz ronca. Por suerte era Julián.
“¿Es usted pariente del señor Carlos Córdova García?”
Silencio en la línea, se demoró en captar de qué se trataba. Y se acordó que tenía un hermano.
“Sí, soy su hermano”, balbuceó sorprendido. Pasó saliva. Hace como quince años que no habían establecido contacto. Se veían esporádicamente.
“Venga por favor rápido a la Clínica Americana, sala de cuidados intensivos, segundo piso, cuarto número 201 B. Su hermano está muy mal, está agonizando.”
A los veinte minutos apareció Julián solo, muy nervioso, el corazón le latía fuerte. En el cuarto, a pesar de ser más que un lecho de dolor y de espera a la muerte, se percibía paz, tranquilidad. Eran las diez de la mañana, afuera resplandecía el sol.
Julián se acercó a él sin saber que decirle, cómo comportarse. A él le remordía también la conciencia. Revivió por un instante todas las cosas buenas y malas que habían hecho juntos. Carlos se encontraba muy demacrado, el carcinoma le había deformado la cara. Tenía los ojos cerrados, como si estuviera durmiendo. Se sentó junto a su delgado cuerpo, agarró su mano todavía tibia y, vio el sobre que estaba con su nombre encima de la mesita. Lo abrió desesperado. Cuando terminó de leer la última línea de la carta, Carlos inhaló fuerte una bocanada de aire, abrió sus ojos y le sonrió. De pronto el monitor dibujó una línea recta continua con un chillido agudo. Julián lo sacudió, sintió en ese momento una mezcla de emociones que no podía controlar: quería reconciliarse nuevamente con su hermano y decirle lo mucho que también lo quería. Explotó en llanto, lloró, lloró mucho, pero ya era tarde, había muerto.
Música de Alex Campos - Sueño de morir:
Publica Flujanz